«Candidaturas unitarias» y movimientos sociales ante las elecciones locales: acercamientos y distancias

Lo que sigue es el relato el primera persona de una experiencia vivenciada a escala reducida (pueblos y ciudades de la Sierra de Madrid), en la que todo parece más evidente, más simple, que en las grandes ciudades. Aun así, algunas de las reflexiones políticas que se suscitan podrían ser válidas a una escala mayor.

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Una experiencia personal

Collado Villalba (Madrid), 10 de mayo de 2015. Bajo un sorprendente calor se desarrollaba un acto electoral conjunto de más de diez denominadas «candidaturas de unidad popular» (en adelante «CU») de la Sierra del Guadarrama, que fue el primer acto electoral en el que participé en toda mi vida. No pude evitar sentirme algo incómodo por estar organizando un evento público para pedir el voto: la política de partidos, o la política institucional, no es mi hábitat natural. El centro de aquella jornada fue una ronda de mítines de cinco minutos en los que hablaron los candidatos de cada pueblo. El mitin es un género que se me hace muy difícil digerir, a medio camino entre la arenga militar y una presentación comercial de producto. Pero para casi todos estos candidatos, que a fecha de hoy son ya concejales, aquel era también su primer mitin, su primera creación en un género que, intuyo, tampoco les gustaba demasiado. Acabaron diciendo sin muchos filtros lo que opinaban, lo que proponían, lo que llevan dentro. Y claro que tenían mucho que decir porque, aunque algunos llevaban muy poco militando en partidos, tenían gran experiencia en política local. Trabajaban o habían trabajado en asambleas locales del 15M, centros sociales, despensas solidarias, plataformas antidesahucios, colectivos ecologistas y otros movimientos sociales de escala local.
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Esquilache y el ébola

Concentración frente al Hospital Carlos III en protesta por la gestión de la crisis del ébola, 8/10/2014. Este centro (curiosa coincidencia del nombre con el tema de este artículo), está especializado en enfermedades tropicales. El proceso de desmantelamiento que sufre simboliza las peores consecuencias que tienen los recortes en sanidad. Foto: Álvaro Minguito.

Concentración frente al Hospital Carlos III en protesta por la gestión de la crisis del ébola, 8/10/2014. Este centro (curiosa coincidencia del nombre con el tema de este artículo), está especializado en enfermedades infecciosas. El proceso de desmantelamiento que sufre simboliza las peores consecuencias que tienen los recortes en sanidad. Foto: Álvaro Minguito.

Hacia 1763, el italiano Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache, se convertía, junto con el marqués de la Ensenada, en el más estrecho colaborador de Carlos III. Tres años más tarde fue desterrado como epílogo de una revuelta popular que pasaría a ser conocida por el nombre de este ministro. El detonante del “motín de Esquilache”, el bando que obligaba a vestir capa corta y sombrero de tres picos. Era una norma de seguridad ciudadana frente a la capa larga y el sombrero de ala ancha, que facilitaban esconder el rostro y ocultar armas largas. Las investigaciones historiográficas han proporcionado amplia evidencia de que este motín en modo alguno podría explicarse por un supuesto «atraso civilizatorio» de un pueblo llano que rechazaba modernas normas de convivencia defendiendo viejas tradiciones en el vestir. Por otro lado, el motín se inscribe en luchas de poder internas de distintas facciones en la corte de Carlos III; se sabe que la insurrección fue instrumentalizada por algunas de ellas, pero tampoco nació en su seno.
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Bajo la piel del activista (III): «Yo no soy activista»

Este artículo es la tercera entrega de un texto más extenso, que se ha dividido en tres partes:

Bajo la piel del activista (I): Las tres lealtades
Bajo la piel del activista (II): Sin ilusión no hay compromiso
Bajo la piel del activista (III): «Yo no soy activista»

La noción de activista o militante que se maneja a lo largo de las tres entregas de este artículo hace referencia a su capacidad para actuar sobre la realidad, y por eso es compleja y bastante restrictiva, ya que se basa en esa triple relación con la causa, la organización y la célula. Por eso es posible que bastantes lectores hace tiempo hayan concluido: «yo no soy activista, soy otra cosa. Me muevo, pero no a ese nivel».
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Bajo la piel del activista (II): Sin ilusión no hay compromiso

Este artículo es la segunda entrega de un texto más extenso, que se ha dividido en tres partes:

Bajo la piel del activista (I): Las tres lealtades
Bajo la piel del activista (II): Sin ilusión no hay compromiso
Bajo la piel del activista (III): «Yo no soy activista»

A quien tenga experiencia como activista social y se haya asomado a esta segunda entrega después de leerse la primera le agradezco su paciencia. Porque hay que tener paciencia para leer sobre ideas que, como ya avisábamos, resultan incómodas a quien lleva tiempo manejándose entre ellas. Una pregunta puede llegar a abrirse paso a través de la maleza de la conciencia: ¿de verdad tiene sentido ser fiel, ser leal, ser comprometido? La respuesta inmediata siempre es que sí, faltaría más… Pero en parte tenemos miedo a considerar la posibilidad de una respuesta negativa. Una pregunta así necesita una respuesta sin ambigüedades, o la ausencia de la misma pondrá al activista en riesgo de descuidar aquello que mantiene sus lazos de fidelidad. ¿De qué se nutre, pues, esa la lealtad? Sea cual sea, esa fuente tiene que ser poderosa, ya que el activista acomete esfuerzos grandes, y con frecuencia asume riesgos incómodos. Y aun así, en efecto, se mantiene en la brecha, en esa relación recíproca de lealtad, de reciprocidad.

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Bajo la piel del activista (I): Las tres lealtades

Este artículo es la primera entrega de un texto más extenso, que se ha dividido en tres partes:

No hace mucho, mientras colaboraba con varios compañeros en la apresurada preparación de algo de material gráfico para difundir las Marchas de la Dignidad del 22M me vi buceando en mis archivos en busca de referentes para octavillas y carteles. Lo más antiguo que encontré era del año 2000. ¡De hace ya catorce años! Así que hace catorce años que me inicié en el camino de la militancia activa. Ya llevaba algunos años moviéndome, fundamentalmente en el ámbito del asociacionismo universitario. Pero aquella debió de ser la primera vez que realmente asumí el compromiso de realizar y difundir unos carteles y octavillas para que un acto pudiera salir adelante. Ahí crucé la frontera entre el simpatizante y activista. Y no han sido catorce años cualesquiera: al principio del recorrido, Aznar estrenaba mayoría absoluta, y los pocos que no nos creíamos aquello de que España iba bien intentábamos organizarnos sin sentirnos cómodos en las instituciones que nos ofrecía el «posfranquismo» (como lo llamaba la prensa extranjera). El gran episodio más reciente de este recorrido ha sido la cooperación en unas marchas que resultaron ser masivas, organizadas al margen de la arquitectura institucional oficial cuya decrepitud denunciaban a cada paso.

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La respuesta de las élites: del «giro keynesiano» al volantazo neoliberal

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Capítulo 2 del libro Lo llamaban democracia. De la crisis económica al cuestionamiento de un régimen político (Colectivo Novecento)

Aunque la crisis tardaría oficialmente un año en llegar a la economía española, muchos analistas entendieron que el desplome inmobiliario de septiembre de 2007 en Estados Unidos tendría consecuencias especialmente duras en España, donde el mercado inmobiliario llevaba desde abril dando signos de una burbuja a punto de estallar.

Desde sus inicios, la crisis ofrecía parecidos con la Gran Depresión a ojos de los economistas: la capacidad de compra de una clase trabajadora cada vez más empobrecida se había sostenido artificialmente mediante una expansión especulativa del crédito, y al cataclismo financiero que implicaba su inevitable pinchazo seguiría el colapso del crédito, el derrumbe de la capacidad de compra y una crisis de sobreproducción o «de demanda», como dirían los keynesianos. Porque, de hecho, la crisis fue interpretada y gestionada en un principio bajo postulados que recordaban al viejo keynesianismo, y urgía resolverla mediante más regulación de los mercados financieros y «estímulos a la demanda agregada» a través de una expansión del gasto público.

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La estrecha mirada económica de las tijeras: desempleo, vivienda y falacias de los analistas oficiales

Artículo publicado en econoNuestra

Hace pocos días, nos hemos desayunado con dos noticias que han provocado en nuestra mentalidad de economistas un violento choque lógico, parecido al de una tostada de ajo y una galleta de chocolate mojadas a un tiempo en nuestro primer café del día.

Por un lado, El País afirmaba el 28 de octubre pasado que desde la SAREB (el «banco malo») se está comenzando a instar la demolición de viviendas que no se están vendiendo. Según «los expertos consultados» por este medio, esto ayudaría a lograr que el mercado se equilibrase «vía cantidades», lo cual es, según ellos, preferible al ajuste «vía precios» (es decir, a una caída del precio de la vivienda hasta que no queden casas sin vender).

Casi al mismo tiempo, el 21 de octubre, el Círculo de Empresarios cargaba las tintas contra los Presupuestos Generales del Estado de 2014, los del recorte sobre recorte, por ser demasiado suaves en el uso de la tijera en el sentido de ofrecer espacios de interés social a la lógica de la rentabilidad (privatización de servicios públicos). Y aprovechaba para reivindicar la bajada del Salario Mínimo Interprofesional, ya que, según ellos, es la principal causa del desempleo juvenil. Puede tener algún sentido hablar de privatizaciones en la valoración de unos presupuestos, pero ¿de bajar el SMI? Se trata de una repetición de la reivindicación ya formulada en septiembre por ellos mismos, y en mayo por el Banco de España. Esta campaña contra el SMI se basa en que esta norma estaría introduciendo «rigideces» en el mercado de trabajo, lo cual vendría a provocar un indeseable ajuste «vía cantidades», en lugar del deseable ajuste vía precios.

Pero el ajuste vía precios, ¿no era indeseable? Sigue leyendo