Bajo la piel del activista (III): «Yo no soy activista»

Este artículo es la tercera entrega de un texto más extenso, que se ha dividido en tres partes:

Bajo la piel del activista (I): Las tres lealtades
Bajo la piel del activista (II): Sin ilusión no hay compromiso
Bajo la piel del activista (III): «Yo no soy activista»

La noción de activista o militante que se maneja a lo largo de las tres entregas de este artículo hace referencia a su capacidad para actuar sobre la realidad, y por eso es compleja y bastante restrictiva, ya que se basa en esa triple relación con la causa, la organización y la célula. Por eso es posible que bastantes lectores hace tiempo hayan concluido: «yo no soy activista, soy otra cosa. Me muevo, pero no a ese nivel».

El hecho es que basta con perder uno de los tres vínculos para que un activista pase a ser «otra cosa». Desde el punto de vista de nuestro esquema, cuando un activista pierde un vínculo evoluciona hacia otras figuras que se relacionan con el activismo social:

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  • Si el activista se despista con respecto a su causa, pero mantiene sus vínculos con su organización y su célula, aparece la figura del «facilitador», una persona que trabaja desde la célula y cuida de que la organización mantenga su pulso y sirva para cumplir los objetivos que se ha dado. Pero esto último requiere de ella tal esfuerzo que la lleva a no participar activamente en los debates sobre esos objetivos ya que, en medio de tanta actividad y (auto)exigencia, ha perdido perspectiva de la visión del mundo que quiere defender. Es una incansable tomadora de actas y siempre se puede contar con ella, pero pocas veces propone puntos en las asambleas y, aunque está muy ligada a la organización, no se siente capaz de participar en las discusiones sobre el rumbo de la misma.
  • En algunas ocasiones, un activista de una organización grande que se desvincula de su célula se puede refugiar en la estructura de la propia organización para trabajar por la causa que defiende. Este ex-activista, al que llamaremos «político», procura mantener la coherencia entre su trabajo en la organización y sus principios, pero ya no trabaja directamente sobre el terreno. Aunque valorará y procurará apoyar a las células, al haber dejado de formar parte de una habrá perdido su vínculo directo con ese mundo que pretende cambiar.
  • Y si el activista se desencanta con la organización pero mantiene más o menos los otros dos vínculos, se convertirá en una persona que podrá tomar parte activa y comprometida en determinadas acciones y campañas que vea coherentes con sus principios. Pero no se sentirá protagonista directa de ellas, sino más bien «cómplice» en la medida en que esté de acuerdo con ellas. Una vez realizadas, este activista puntual volverá a desmovilizarse al carecer de una organización en la que se encuadren sus esfuerzos.

Destacado31Estas tres figuras no son activistas en sentido estricto, pero toman un papel activo en la organización de las movilizaciones. El «facilitador», el «político» y el «cómplice» conforman el primer cinturón exterior del activismo, y es un espacio de entrada y salida del mismo. Es habitual alternar épocas de activismo con épocas de permanencia en alguna sus figuras.

Pero si son dos vínculos los que se pierden la distancia con el activismo se hace cualitativamente mayor:

  • Un activista que pasa a conservar solamente el vínculo con la causa se convierte en un ciudadano concienciado, alguien que desarrolla una visión alternativa del mundo y, en su vida personal, procura ser coherente con ella, pero no se organiza políticamente. Este lugar es compartido por algunos ex-activistas y por una gran cantidad de personas que podrían convertirse algún día en «activistas por la causa».
  • Cuando un activista pierde sus vínculos con la célula y la causa se verá relegado a un rol que podríamos calificar de «burócrata», una persona atrapada en los entresijos de su organización que pasa a trabajar exclusivamente por y para ella, y ha perdido de vista su vínculo directo con la realidad a transformar y hasta las razones para transformarla (es decir, la causa). La figura de un liberado de un gran sindicato o partido entregado a tareas de gestión del mismo podría responder a este perfil, pero solo a veces es así. Lo que distingue al burócrata es concebir la organización como fin y no como medio. Consume todas sus energías en gestionarla y fortalecerla, y trata de bloquear todas las iniciativas que no sirven directamente a este objetivo, con lo que ha perdido de vista la causa en favor de objetivos tácticos que glorifiquen sus siglas. Así pues, la figura del burócrata también tiene cabida en organizaciones pequeñas y con poca estructura vertical.
  • Por último, una persona que solo conserva el vínculo con la célula pasaría a ser algo así como un amigo politizado, una persona que mantiene vínculos de afinidad personal con activistas, y ello le lleva a tomar parte en sus actividades. Aquí no solo hay antiguos activistas, sino también personas que podrían convertirse en «activistas por la célula».

destacado32El elemento común a estas tres figuras («burócrata», ciudadano concienciado y amigo politizado), que forman el segundo cinturón exterior del activismo, es que participan asiduamente en las movilizaciones, pero no prestan apoyo firme en organizarlas.

Como se ve, un activista puede perder el pie, pero ello no significa necesariamente que pierda el camino. Continúa en relación con el activismo, una relación más fuerte cuantos más vínculos conserve con él. Y es posible que vuelva a la brecha del activismo en un futuro, aunque eso no está ni mucho menos garantizado.

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Volver al activismo, recuperar activistas

En el momento actual parece que, tras un boom del activismo a partir del 15M, el número de activistas podría llevar dos años estancado o incluso reduciéndose. Mientras tanto, continúa siendo muy elevado el número de personas que acuden a las movilizaciones, como las pasadas Marchas de la Dignidad del 22M. ¿Qué hacer para que esa gran cantidad de gente, que simpatiza con las causas que defienden los activistas sociales, se convierta en —o vuelva a ser— activista?

Si de algo pretendo que sirvan las reflexiones que llevo vertidas es precisamente para aportar a la discusión acerca de cómo pueden las organizaciones retener y recuperar activistas, ahora que parecen más necesarios que nunca. Pero también para que aquellas personas que han dejado el activismo lo retomen de un modo estable. ¿Qué puede hacer que un antiguo activista vuelva a estar «en activo»? La respuesta no podrá ser única, pero mucho tendrá que ver en ella la recuperación de la ilusión.

Conozco a muchos ex-activistas (con quienes tomé contacto cuando eran militantes en activo) repartidos por diversos lugares de los dos cinturones exteriores que venimos mencionando, aunque la mayoría son «ciudadanos concienciados».

En algunos casos extremos se trata de personas que realizaron sacrificios personales continuos y elevados, o tuvieron que afrontar traumas como detenciones, agresiones o campañas imposibles de realizar. Se vieron compelidas por un imperativo moral a trabajar una vez perdida la ilusión, huérfanas de esperanza. Se les comenzó a notar cada vez más en todo lo que hacían, a medida que se cuarteaban sus vínculos con una célula y una organización que abusaban de su lealtad. Dejaron el activismo, sin perder el norte de su causa, pero desarrollando rencor hacia la organización e incluso hacia la célula, que cometieron con ellas una gran injusticia (al menos bajo su punto de vista). Son vivencias que dejan una herida profunda en el ánimo de la persona que las sufre, y que se manifiesta en actitudes como el descreimiento («nada sirve para nada»), el sarcasmo (se tiende a interpretar cualquier campaña descalificándola, incluso aunque luego se apoye), o un «egoísmo defensivo» (que lleva a la persona a no exponerse a riesgos, a mirar por su bienestar después de tanto tiempo dándose completamente a los demás sin recibir nada a cambio, etc.).

Aunque este es un caso extremo, algo de todo ello hay en la mayoría de las historias que cuentan lo ex-activistas que conozco. Y la mayoría de ellos nada, en alguna medida, en este magma de pensamientos y emociones, desarrollando en alguna medida este tapón de rencor (aunque pocas veces llega a ser tan grande como se acaba de describir). Pero ese tapón dificulta, incluso impide, que renazca la ilusión, y mientras no se diluya imposibilitará la vuelta del «ex» al activismo, o hará que esta sea efímera. Hay quienes recuperan fuerzas y vuelven, guiados de nuevo por ese imperativo moral o por nostalgia, pero sin ilusión, y con ese rencor como freno. Aguantan una temporada y vuelven al punto de partida, a la puerta de salida, y a menudo con más rencor que antes. Si este se hace más grande que ese «imperativo moral» ya no volverán al activismo.

destacado33No viene mal recordar en este punto que el rencor tiene que ver con conflictos —internos o entre personas— que no se han resuelto. No se puede abundar en esto sin ser psicólogo, y quien no se vea capaz de manejar su rencor, de vencerlo y extraer enseñanzas que cierren su herida, hará bien en recurrir a ayuda profesional. Lo que sí puede afirmarse después de vivir muchos casos de abandono y algunas vueltas en falso es que el momento para volver no es cuando se recuperan fuerzas, sino cuando se recupera la capacidad de ilusionarse, cuando se vence el rencor frente al pasado. En otras palabras, si «te quemas» no vuelvas cuando tengas más madera para quemar, sino cuando te hayas hecho más resistente al fuego.

La organización puede hacer mucho por evitar estos daños y por repararlos, desde plantear objetivos ilusionantes (realizables y gratificantes) hasta mantener viva su propia memoria con sentido crítico, sin autocomplacencias, reconociendo los esfuerzos de quienes ya no forman parte de ella, pero sin vampirizarlos. Son formas de mantener las puertas abiertas a quienes, por las razones que sean (aquí no pueden recogerse todas las posibles), no están activos en ella. Pero el trato directo y personal con el ex-activista solo puede tenerse desde la célula. A veces puede reducirse a saber tratar como amigo a quien antes fue compañero.

Y por supuesto, si el activista ha pasado a dejar de serlo por un conflicto con la organización o con la célula, ellas pueden dar el primer paso para tratar de resolverlo.

El esquema de las tres lealtades nos puede ayudar a apuntar algunos caminos de vuelta al activismo. Por ejemplo, un antiguo activista convertido en «ciudadano concienciado» o en «amigo politizado» (y que está situado en lo que hemos llamado segundo cinturón exterior del activismo) es probable que comience a involucrarse poco a poco en actividades como «cómplice» en algunas actividades, y tal vez vuelva al núcleo del activismo algo después, si lo que hace le motiva.

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A menudo quienes dejan el activismo consiguen retomar la ilusión y vuelven a movilizarse, ya sea en otra organización y célula o en las mismas de antes. Pero siempre con un nuevo punto de vista, que hace de ellos personas más resilientes y sabias, aunque tal vez menos apasionadas. Es una cicatriz que queda.

 

Conclusiones, propuestas

El objetivo de este extenso recorrido por diversas experiencias propias y ajenas de activismo era abordar esta colección de vivencias desde de una forma analítica que nos permitiese extraer alguna idea útil para el debate. De hecho, todo este razonamiento expuesto a partir de experiencias permite extraer algunas conclusiones, que pueden formularse como propuestas.

destacado341. Antes de nada, quería hacer notar una cosa, por si nadie se había dado cuenta a estas alturas: frente a palabras tan manidas como «compromiso», «lealtad», «activista» o «militante», escribir sobre ilusión es mucho menos frecuente cuando abordamos estos temas. Es curioso, ya que esa aleación de esperanza y satisfacción podría ser la clave para mantenerse en el activismo. La lealtad, la fidelidad, es lo que define al activista. El desarrollo de ese sentido de la lealtad es lo que hace al activista, pero es la ilusión la única fuerza que puede mantenerlo en el activismo a largo plazo.

2. Si la lealtad es constancia, el activista no debería tender lazos de lealtad hacia objetivos, que son circunstancias temporales y supeditadas. Incluso aunque la organización plantee objetivos legítimos, perfectamente coherentes con la causa que defiende, los objetivos no pueden ser irrenunciables en el sentido en que lo puede ser la causa. Un activista que sustituye con objetivos el lugar que ocupaba su causa se convierte en un mecanismo de la organización.

3. Este escrito está plagado de pasajes que nos llevarían a ponernos extremar precauciones contra las organizaciones en general: parecen espacios difíciles en los que suelen nacer los grandes conflictos, errores y desencuentros. Sin embargo, las organizaciones son imprescindibles para coordinar los esfuerzos de las personas, y para que estos dejen un poso que sirva de base para que nuevos esfuerzos sigan conquistando y consiguiendo nuevas metas (y no solo reconquistando, recuperando). Algunas ideas-fuerza que podrían ayudar al activista social a que su organización siga sirviendo a estos objetivos podrían ser:

  • La organización es un medio, no un fin. Conviene dedicarle mucho cerebro, pero nada de corazón. Incluso si nuestra organización es «unicelular». Es mejor reservar el corazón para la causa, que es lo que nos da un motivo para actuar, y la célula, que es la gente con la que se trabaja desdibujando la frontera entre lo político y lo personal.
  • La organización hay que pelearla. Puede ser la culpable de la mayoría de los sinsabores del activista. La palabra «militante» ha sido corrompida por ella, a fuerza de investirla de una solemnidad que oculta el vaciamiento del contenido que tenía (si vacías de contenido una palabra la puedes agitar más fácilmente). Puede convertir a los activistas en burócratas si la presión de los objetivos ahoga los principios. Pero todo ello es razón de más para cuidar su funcionamiento.
  • Porque la organización es necesaria como palanca de movilización y crisol de conocimiento colectivo. Y lo mismo que puede desilusionar a los activistas puede lograr lo contrario. Si perdemos la herramienta de interacción con la sociedad que supone la organización, el activismo se vuelve una sucesión inconexa de acciones independientes sin apenas efecto acumulativo, sin dejar poso.
  • Una organización sin causas es una fábrica de desilusión. Si la organización pierde de vista las causas a las que se debía acaba por apagar la ilusión de quienes la integran. Comienza a aislarse de la realidad sobre la que pretendía intervenir y sus miembros quedan abandonados a la inercia de la reciprocidad, o incluso al culto a la identidad. Se convierte en un circuito cerrado que no se renueva, y por fin, en un desguace de activistas.
  • Las organizaciones democráticas ilusionan más. Cuanto más democrática es una organización más estrechos son los tres vínculos de fidelidad del activista, y más posibilidades tienen de reforzarse mutuamente. Exigir a la organización una democracia radical (y no solo formal) es una buena receta para evitar las derivas negativas que estamos apuntando.

4. Pero las organizaciones democráticas necesitan buenos mecanismos para coordinar el trabajo y gestionar los conflictos que surgen por la diversidad de visiones y opiniones que surgen en ellas. Entre otras ideas, los conflictos pueden reducirse si en la organización nacen procesos que animan a sus militantes a abandonar la «zona de comodidad» de sus habilidades e intereses habituales, y a participar de los de sus compañeros. Más arriba comentábamos que los activistas por la causa a menudo se sienten más cómodos que los activistas por la célula discutiendo sobre objetivos de la organización, mientras que estos últimos suelen tener mayores habilidades sociales. Esto puede crear una tácita división del trabajo en las organizaciones y en las células que es negativa para la motivación de los activistas. Puede ocurrir que quienes tienen más voz proponiendo objetivos y pautas sean los que tienen menos habilidades sociales. Esa dinámica debe evitarse y romperse en cuanto se detecta. No solo representa un problema de roles no deseados: puede inducir a fijar mal los objetivos y a desilusionar a los activistas. Y no es necesariamente sencillo romper esta dinámica: muchos conflictos en asambleas tienen que ver con estas diferencias en los puntos de vista entra ambos tipos de activista. Que se planteen esos conflictos es positivo, significa que no se viven soterradamente esas tensiones, pero deben resolverse en positivo, de modo que ambos puntos de vista se concilien y se refuercen mutuamente.

destacado355. Y por último, con respecto a la célula, aquí más que en ningún espacio, lo personal es político, y lo político es personal. La necesidad de resolver conflictos personales en el interior de una célula es un objetivo político de primera magnitud. Me gustaría llamar la atención sobre la magnitud y la gravedad de este problema. La mayoría de los activistas milita en organizaciones «unicelulares», en las que abandonar la célula implica dejar la organización. Muchos activistas pasan a ser meros ciudadanos concienciados por razones personales que deben trabajarse a nivel político. Porque de todos los rincones por donde pueda fluir la ilusión, la célula es el escalón por excelencia en el que esta se vive y se comparte. Y es una reserva de motivación inestimable en aquellos momentos en los que el resto de ámbitos parecen fallar. Las organizaciones pueden funcionar mal hasta cierto punto sin que el activista se sienta expulsado de ellas, pero las células no pueden permitírselo.

Honrar la causa, trabajar la organización y mimar la célula. Estos son los pilares de la constancia del activista, ya que esta parece ser la combinación capaz de mantener su ilusión, que le permiten interactuar en colectivo sobre la realidad para transformarla de acuerdo con un ideal de justicia. Su particular visión del mundo o la reciprocidad con sus iguales lo pueden identificar como activista, pero solo lo mantendrá como tal la ilusión que genere su metabolismo con el mundo que pretende cambiar.

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