Alegría, transformación y República

Puerta del Sol, 2 de junio de 2014. Foto: Álvaro Minguito/DisoPress

Puerta del Sol, 2 de junio de 2014. Foto: Álvaro Minguito/DisoPress

Han sido años muy duros. Aunque ya sabíamos que el 15M se había disgregado en mil y un movimientos que mantenían las resistencias en diversos ámbitos, todo era eso, resistir. La ofensiva ha sido brutal. Se ha podido parar la privatización de los hospitales en Madrid pero el cambio de modelo se ha llevado por delante puestos de trabajo, condiciones laborales y la asistencia sanitaria universal. Se han parado unos mil desahucios, se ha realojado a centenares de familias, pero las cifras de expulsiones se cuentan por decenas de miles. Un drama agudizado por el uso de la violencia policial.

En estos años se resistía, pero las defensas cedían y hacían aguas a cada rato, las fuerzas a menudo fallaban, la unión se resquebrajaba y parecía que enfrente teníamos montañas enormes que superar. Las luchas por la educación pública, por ejemplo, han alcanzado protestas multitudinarias que sin embargo tan solo lograron hundir la imagen del ministro, sin variar apenas un ápice la embestida gubernamental.

Por no hablar de las manifestaciones de este último año, previas a las marchas del 22M. De nuevo parecíamos volver al núcleo activista más movilizado, que aunque ahora contaba con la savia nueva de las gentes enganchadas a los epígonos del 15M, no era suficiente. Menos aún con una represión policial asfixiante donde a veces el número de antidisturbios armados era mayor que el propio número de manifestantes. Recordemos —como indicaba recientemente Sara López, de Legal Sol— que con más de 500 detenidos del entorno del 15M estos últimos años, prácticamente una generación de activistas ha sido tocada. Todo ello mientras el Comisario Europeo, Nils Muižnieks, tenía que señalar que los malos tratos policiales y su impunidad resultaban “inquietantes” y “de larga data” en nuestro país.

Los cambios estaban operando, sin embargo, a un nivel más profundo. Las cosas mudaban en las conciencias de mucha gente, y una muestra fueron las propias marchas del pasado 22 de marzo. De no haber contado con el juego sucio de la policía y de la propaganda, aquel podría haber sido el punto de inflexión para superar la pesada sensación de tristeza y derrota que nos estaba embargando. No pudo ser, y giramos semanas en discusiones bizantinas sobre el tema de una violencia que en realidad no acaba de echar raíces en el movimiento social del país.

Y entonces se abrió el ciclo electoral. La gran sorpresa de Podemos hizo que las matemáticas de la izquierda, por vez primera en años, arrancaran sonrisas al sumar con Izquierda Plural y Primavera Europea en torno al 20% de los sufragios. Y hasta los más escépticos sentimos cómo la ola de ilusión que se percibía desde los días previos a las votaciones se desbordaba al conocer los resultados.

De repente las montañas se han reducido, vuelve a fluir el deseo de participación a pie de calle, y ya no solo para resistir. Ahora hablamos de crear la democracia real que formulamos aquella otra primavera de 2011. Nos sentimos protagonistas de la nueva política que hemos enriquecido de manera no consciente estos años, aquella a la que no se dejó emerger el 22M, pero que se ha manifestado con fuerza en unas elecciones menores que han terminado, nada más y nada menos, con la abdicación de Juan Carlos de Borbón.

Estos días asistimos así al crudo retrato de un Régimen en decadencia, cuyos viejos líderes tratan de impedir por todos los medios dar la palabra al pueblo. En juego está algo tan crucial para una comunidad política como la jefatura del Estado. Pero el ansia de democracia que se le enfrenta trae consigo otro clima político marcado por el sí se puede.

Escribía Carole Pateman hace muchos años, cuando al calor de las luchas de los sesenta teorizaba sobre las virtudes de la democracia participativa, que la falta de implicación directa de los trabajadores en sus empresas causaba tristeza, anomia, depresión. Los individuos sentían la dependencia de factores que no controlaban como una losa a crédito, y convivían mascando la rabia por los silencios impuestos, por las redistribuciones injustas. Frente a esto, la alegría afloraba cuando recuperaban el control político y económico de sus centros de trabajo. Participaban felices en la gestión y eso les impulsaba a participar también así en sus barrios.

Hacía falta ya. Desde finales de los años ochenta, una vez demostrado el engaño felipista, se había ido perdiendo la alegría política de todo un pueblo. El espejismo del nuevo rico de los noventa finalizó en la pegajosa depresión que conocemos. Y estaba durando demasiado, agotándonos, expulsándonos del país.

Aún no hemos conseguido nada decisivo. Ahí siguen los seis millones de parados, los trabajos precarios, el desguace de lo público, las fuerzas represivas, las derrotas cotidianas en los centros de trabajo. Pero algo fundamental ha cambiado. Ha vuelto la alegría a la política, y ya no solo para resistir. Hablamos de gobernar, de traer la III República, de cómo organizar un proceso constituyente desde abajo. Y aunque las ráfagas de realismo nos alcanzan a cada rato desde un Régimen pleno de rigideces, de automatismos defensivos de vieja política, ya se habla de volver un día tras otro a las calles, de quedar en alguna de las cientos de reuniones que se multiplican con nuevos aires por toda la geografía española.

Retorna la alegría política. Se acerca una era de refundación y, aunque sabemos que lo pondrán no ya difícil, sino lo siguiente, esta vez no vamos a dejar que lo comanden las élites. Los clásicos de la teoría política han escrito mucho sobre las fundaciones, acerca de cómo poner los cimientos de una comunidad política para evitar la guerra de todos contra todos. Precisamente esa lucha descarnada era la que teníamos instalada con la rebelión de nuestros gobernantes contra la ciudadanía, merced principalmente al pacto oligárquico. De ahí que cuando ahora hablemos de refundación lo hagamos para crear ciudad entre todos y todas, pues una vez más nos la habían convertido en selva.

Pero no solo esto. Se suele decir que los protagonistas de las grandes fundaciones son los poetas. Es así que necesitamos mitos, epopeyas tanto como etopeyas. Las resistencias de estos años han ido creando una pléyade de héroes y heroínas discretos, auténticos, conocidos solo por los más cercanos. Han sido aquellos personajes ejemplares que hoy también nos empujan al resto a seguir, reconociendo aprendizajes, relatando sus historias a nuestros pequeños para decirles que en España hubo una vez un rey que creía tener todo atado y bien atado, como le había prometido al viejo tirano, pero que sin embargo desde abajo y a la izquierda un buen puñado de gentes agrupadas en sus mareas de colores, en sus organizaciones antirrepresivas, en sus plataformas antidesahucios, en sus militancias y nuevos círculos —esperemos que de poder popular—, le dijeron que no, para desatarlo todo, para de nuevo empezar a tirar la estaca, esta vez de verdad.

Es entonces que la alegría volvió a las calles. Como este pasado 2 de junio en las plazas de toda España, reagrupando viejas luchas y acogiendo las del futuro. Sonrisas enormes como hacía meses, qué digo meses, años que no se veían. Banderas, música, cánticos y silbidos por la República. Por la ilusión de decidir, de transformar, de quitarnos dependencias respecto a los grandes poderes y sus secuaces, de aquellos que pretenden arruinar la vida de generaciones por un puñado de euros. Sin iras ni rencores, pero con firmeza y algunas cicatrices, retorna la alegría política. Y con ella unas ganas infinitas de construir un nuevo país, al fin democrático.

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Un pensamiento en “Alegría, transformación y República

  1. Bravo compañeros, la lucha no es fácil pero significa que estamos vivos, esa maravillosa reacción de dignidad es lo que el régimen no tolera, y también será por lo que caerá.
    Desde acá les envío una poesía escrita hace muchos años pero que, sin embargo, aún tiene vigencia:

    “no te des por vencido ni aun vencido
    no te sientas esclavo ni aun siendo esclavo
    trémulo de pavor piensate bravo
    y arremete feroz ya malherido
    ten el tesón del clavo enmohecido
    que ya viejo y ruin vuelve a ser clavo
    y no la intrépida altivez del pavo
    que amaina su plumaje al primer ruido
    sé como dios que nunca llora
    o como lucifer que nunca reza
    o como el robledal cuya grandeza
    necesita del agua mas no la implora
    que grite y vocifere vengadora
    ya rodando por el suelo tu cabeza

    Pedro B. Palacios, alias Almafuerte, un Maestro con mayúscula que hizo de ese sentir su forma de vida.
    Les dejo un fraternal saludo y el recuerdo de alguien que dijo “adelante, siempre adelante”.

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