Algunos apuntes sobre la situación y evolución de la desigualdad económica en el mundo

(Artículo publicado en la web de CADTM (Comite para la Anulación de la Deuda del Tercer Mundo) www.cadtm.org)

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La crisis iniciada en 2007 ha situado la cuestión de la desigualdad en un primer plano. De una parte, en cuanto a que la concentración de la riqueza socialmente generada haya actuado como uno de los detonantes principales de ésta. Y por otra, la escandalosa falta de relación entre quienes participaron en la gestación del colapso económico y quienes sufren ahora las consecuencias. Este contexto ha recuperado un debate más de fondo, acerca de la propia relación entre crecimiento económico (o más en general de la propia dinámica capitalista) y la desigualdad. ¿Ha permitido el capitalismo reducir las desigualdades entre ricos y pobres o, al contrario, las ha ensanchado? ¿El mundo es menos desigual ahora que hace 200 años?

Al mismo tiempo, y como plantearemos en la parte final del texto, la creciente concentración de renta y riqueza a lo largo de estas últimas décadas se encuentra estrechamente unido con la actual crisis por sobreendeudamiento (principalmente privado) y el consiguiente riesgo de un “estancamiento secular”[1].

No se trata de una discusión solo técnica, sino además profundamente política en la medida en que está en cuestión la legitimidad de un sistema con una capacidad productiva sin parangón, pero también con el resultado de un peor reparto que hace dos siglos (aparte de los perniciosos efectos de ese modo de producción sobre el medio, cuestión que no trataremos aquí).

El debate sobre la distribución está en los orígenes mismos de la economía moderna. David Ricardo, economista clásico y considerado pionero de la macroeconomía moderna comenzaba su libro más importante (Principios de economía política y tributación, publicado en 1817) afirmando que “el principal problema de la economía política es determinar las leyes que regulan la distribución”.

Más cerca en el tiempo, en los años cincuenta del siglo XX surgen los primeros trabajos que plantean la relación entre crecimiento y desigualdad, como el de Lewis (1954) pero sobre todo Kuznets (1955). Este último plantea la posibilidad de una relación entre crecimiento-desigualdad en forma de U invertida. Esto significa que en una primera fase de despegue aumentan las desigualdades para posteriormente revertirse la tendencia. Es decir, según él se haría inevitable una mayor desigualdad inicial que luego disminuiría al asentarse la dinámica de crecimiento. Este “cuento de hadas”, como lo denomina Piketty (2013: p. 30) era en todo caso una deducción especulativa, pues el propio autor advertía de la escasez de datos y donde, según él mismo expresaba, un 5% era empírico y el resto especulativo.

Hoy día los datos disponibles son bastante mejores en comparación, si bien presentan todavía inevitables carencias. Así pues, conviene cierta cautela tanto al observar evoluciones históricas como comparaciones internacionales.

 

Cómo ha evolucionado la distribución global del ingreso

La medida más habitual (aunque no la única) para calcular en grado de desigualdad en la distribución del ingreso es mediante el llamado índice de Gini. Los valores de este índice oscilan entre 0 y 1, siendo 0 máxima igualdad (todos los individuos tienen exactamente el mismo ingreso) y 1 máxima desigualdad (todo el ingreso es acaparado por un solo individuo)[2]. Según se aproxime el índice de un país a uno de los dos extremos diremos que es más o menos igualitario en la distribución de la renta. Por ejemplo, el índice de Gini para un país considerado bastante equitativo en términos relativos como Noruega era en 2012 de 0,226. Mientras, Sudáfrica mostraba en 2009 un índice de 0,630 y se encuentra entre los países más desiguales del mundo. Los años de ambos índices en este ejemplo en uno y otro país no coinciden. Esto se debe a que los datos para elaborar el índice se obtienen a partir de encuestas a hogares y, sobre todo en países del Sur, no se realizan de manera regular. Como veremos más adelante, este será el menor de los problemas que plantea el índice.

Tal y como explica Milanovic (2013) existen tres conceptos de desigualdad internacional.

El Concepto 1 consiste en comparar la desigualdad entre países: calculamos el ingreso promedio de cada país y a partir de ahí el índice de Gini global. El problema es que de esta manera no consideramos sus respectivos tamaños. Es decir, el ingreso promedio en China, pongamos por caso, tiene el mismo peso relativo sobre el total que el de Luxemburgo. Pero obviamente el número de chinos y de luxemburgueses no es el mismo.

Concepto 2. Calculamos como antes el ingreso promedio en cada país, pero ahora, para obtener el índice de desigualdad global ponderamos cada país según el porcentaje de su población con relación al total. Por tanto, aunque igual que el Concepto 1 tomamos como dato el ingreso medio de cada país (es decir, volvemos a considerar como si todos sus habitantes ganasen lo mismo), ahora el dato de China no va tener el mismo peso relativo sobre el total que Luxemburgo.

Concepto 3. En este caso consideramos a todos los individuos como el mundo fuese un solo país. Tomamos datos de individuos y no de naciones. Como método de estimación de la desigualdad total resulta claramente el más adecuado. El problema es que necesitamos encuestas de hogares que cubran a un buen número de países para hacer la muestra representativa. Además, necesitamos que las encuestas de hogares de las que se extraen luego las estimaciones de ingreso tengan una metodología similar con el fin de hacer posible la comparación. Sin embargo, a menudo ni siquiera la metodología es la misma en un mismo país a lo largo del tiempo. De igual modo, en lugares como China o África subsahariana no hay encuestas de hogares previas los años 1980 (aparte de que, en muchos casos luego son muy irregulares en su frecuencia).

Tomando estos tres conceptos Milanovic muestra la evolución de los respectivos índices de Gini en un único gráfico.

Gráfico 1. Evolución índice Gini. Conceptos 1, 2 y 3

1950-2010

graph1Fuente: Milanovic (2013)

Según esas estimaciones y tal como ilustra el Gráfico 1 tendríamos que la diferencia entre países se ha agrandado desde los años cincuenta, si bien ésta fue estable hasta la década de los ochenta. El Concepto 2, no obstante, indicaría que la desigualdad global habría tendido a reducirse, sobre todo a partir de los años noventa. Por último, el Concepto 3 no nos deja adivinar la tendencia histórica en evolución de la desigualdad, pero sí muestra unos niveles brutales, que oscilan en torno a 0,7. Este índice de Gini en alrededor de 0,7 implicaría que [3]:

 – para obtener la mitad de los ingresos mundiales necesitaríamos reunir a casi el 92% de los más pobres o apenas en torno a un 8% de los más ricos del planeta;

 – el 50% inferior de la población obtiene un 6,6% del ingreso total;

 – mientras, el 1% más rico obtiene el 13% del ingreso total: la relación de ingresos entre ambos grupos es de 500 a 1;

 – el porcentaje de población dentro del margen de ingresos entre un 25% por arriba o por debajo del más frecuente, esto es, el ingreso mediano y lo que podríamos entender como “clases media” representa un 14% del total.

En definitiva, sea cual sea la evolución de estas últimas décadas, estos datos indican que ya solo queda todo por hacer.

Ortiz y Cummins (2011) calcularon la evolución de la desigualdad por quintiles de ingreso. Esa expresión de “por quintiles” quiere decir que tomamos el total de datos observados en las encuestas de hogares y los agrupamos en cinco grupos de renta, desde el quintil 1 (el 20% más pobre) hasta el quintil 5 (20% más rico). Tal como muestra el Cuadro 1, el porcentaje de ingresos para el quintil más alto se había reducido entre 1990 y 2007, mientras que los dos grupos más pobres mejoran. En todo caso, lejos de triunfalismos cabe observar que todavía más del 80% de los ingresos es acaparado por apenas el 20% de la población. Más significativo si cabe es observar la evolución de los más empobrecidos. Al respecto, los citados Ortiz y Cummins señalan que si, como parece por estos cálculos, su participación en el ingreso global ha mejorado, al ritmo observado habría que esperar apenas 855 años para que pudieran alcanzar una modesta participación del 10% en los ingresos totales.

Cuadro 1. Evolución de la distribución global del ingreso por quintiles
1990-2007

Cuadro 1 Fuente: Ortiz y Cummins, 2011

Hechas estas observaciones podríamos pensar que en todo caso vamos por “buen camino” si, como pareciera observarse al menos la desigualdad global tiende a contraerse. Economistas como Sala-i-Martin (2002 y 2005) señalan la existencia de una supuesta mejora en el reparto global de los ingresos, tal como muestra el citado comportamiento del Concepto 2 de desigualdad. La brecha entre ricos y pobres en el mundo se reduce. ¿Seguro?

La explicación está en China e India
En realidad esta reducción de la desigualdad viene explicada en buena medida por China, además de por India. Si miramos los datos excluyendo a China la tendencia no resulta clara, si acaso de un leve crecimiento de la desigualdad, como se ve en el Gráfico 2. Y si excluimos a ambos países para ver cómo ha evolucionado el resto, entonces sí se observa un incremento de la desigualdad global durante el período neoliberal (esto es, desde los años ochenta hasta nuestros días).
Por tanto, la supuesta reducción de la desigualdad durante estas últimas décadas ha de ser seriamente matizada y es por lo que Milanovic suele referirse como “la madre de todas las disputas” respecto a la desigualdad mundial.
Al tratarse de los dos lugares más poblados del planeta (pensemos que uno de cada tres habitantes de la Tierra vive en alguno de estos dos países) su impacto sobre el total resultará más visible. El propio Sala-i-Martin reconoce este hecho, si bien dice señala que en cualquiera de los casos no se aprecia es una explosión de las desigualdades con el proceso de mundialización.

Gráfico 2. Evolución índice de Gini global (Concepto 2) según con/sin China e India
1950-2010graph2Fuente: Novales (2014)

Pero insistimos en recordar que el referido Concepto 2 estima la evolución de la desigualdad mundial a partir de considerar el ingreso promedio de cada país, para luego ponderarlo en función de su población sobre el total. Es decir, al comparar unas economías con otras suponemos en el cálculo que todas las personas de cada país ganan lo mismo, lo que obviamente no es cierto. La cuestión entonces sería conocer qué ha pasado dentro de cada país (Concepto 3 de desigualdad).
Ya para empezar se observa una primera contradicción en China e India, y es la siguiente: ambas explican la aparente contracción en la inequidad global pero, al mismo tiempo, la desigualdad dentro de cada una de ambas economías aumenta. Así, el índice de Gini en China pasa de un 0,310 de 1981 a 0,484 en 2007, mientras que el de India era de 0,31 en 1980 y empeoró hasta 0,339 en 2010 [4]. Los datos de concentración del ingreso muestran también este incremento de la desigualdad: en China el 10% más rico pasó de percibir el 17,4% en 1986 al 27,9% en 2002 [5]. Molero Simarro (2014) observa esta misma tendencia concentradora del ingreso en lo referente al 10% de hogares chinos más ricos. En este caso y según sus cálculos a partir de datos de la Oficina Nacional de Estadísticas de China, ese 10% más favorecido pasó de concentrar el 16,5% de los ingresos totales en 1985 al 25,5% en 2007. Veamos qué ha sucedido en otras grandes áreas de la economía mundial.

El supuesto proceso de convergencia mundial no ha sido tal
Si observamos los datos proporcionados por el Banco Mundial vemos que, entre 1988 y 2008 los principales aumentos de la desigualdad se originaron en África, así como en los países de Europa central y el este anteriormente bajo economías de planificación central. Los Cuadros 2 y 3 muestran algunos de los países seleccionados de ambas zonas. Por lo demás, también se observa un incremento de la desigualdad en la zona de Asia-Pacífico y Oriente Medio.

Cuadro 2. Índice de Gini en países de África
1988-2010

Cuadro 2b

Fuente: Banco Mundial, World Development Indicators
Nota: Los índices se corresponden al dato más reciente en cada horquilla de años

 

Cuadro 3. Índices de Gini en Europa central y del este

Cuadro 3Fuente: Banco Mundial, World Development Indicators
Nota: Los índices se corresponden al dato más reciente en cada horquilla de años

Respecto a África, entre 1990 y 2010 la desigualdad habría aumentado en los países del norte continental mientras que se observa una cierta disminución la región subsahariana. Obviamente hablamos aquí de cierto descenso dentro de unos niveles de inequidad enormes. Pero además, en una cuarta parte de estos países subsaharianos la desigualdad subió en más de tres puntos porcentuales (FMI, 2014: p. 8). Es decir, la mejor evolución de algunos casos compensa para la media el peor desempeño de una parte importante del África subsahariana.
El contraejemplo frente a los aumentos de la desigualdad durante estos últimos años lo ha supuesto América Latina, sobre todo desde el año 2000. Si bien con las lógicas diferencias por países, la tendencia mayoritaria ha sido un relativamente mejor reparto del ingreso (o uno menos malo). En el Cuadro 4 se incluyen algunos de los países de la región y en el Gráfico 3 la tendencia media de la región en materia de desigualdad. Destacan al respecto casos tan favorables como Bolivia o Venezuela. También en otros, como Perú, Argentina o Ecuador (en este caso con datos de la CEPAL a partir del año 2000) y más modestos en Colombia, México o Chile, entre otros. En el caso de Brasil también se ha reducido la desigualdad, si bien el resultado es que ahora sea solo un poco menos colosal la injusticia social, pues por desgracia sus niveles siguen en lo más alto a escala regional.
No toda la región ha seguido esta tendencia hacia una menor desigualdad. Guatemala, por ejemplo, uno de los países más desiguales del área parece mantenerse estancado en el mejor de los casos, si bien no hay datos en la CEPAL posteriores a 2006 y desconocemos la evolución más reciente. El caso más llamativo en lo negativo bien pueda ser el de Costa Rica. Considerado tradicionalmente uno de los ejemplos en cuanto a menor desigualdad en América Latina, ha mantenido sin embargo una firme tendencia a empeorar la distribución de su ingreso durante estas últimas décadas.

Cuadro 4. Índices de Gini en América Latina
1995-2012

Cuadro 4

Fuente: Estadísticas de la CEPAL-Naciones Unidas
*Nota: Los datos para Argentina corresponden a la región urbana al ser los únicos disponibles.

 

En todo caso, la buena noticia de una tendencia a reducir la inequidad, si bien con muchos matices por supuesto, no impide que siga siendo una de las áreas más desiguales del mundo.

 Gráfico 3. Evolución del índice de Gini en América Latina (media simple)
1997-2012

graph3Fuente: Estadísticas de la CEPAL-Naciones Unidas

En Europa y más concretamente en la UE-15 ha mostrado una tendencia hacia una mayor desigualdad regional durante el siglo XXI como muestra el Gráfico 4 a continuación.

 Gráfico 4. Evolución del índice Gini en UE-15
2003-2012

graph4Fuente: Eurostat

La misma tendencia, salvo que si acaso más acentuada, se observa en Estados Unidos, donde la desigualdad asoma cotas alarmantes para la que todavía es la principal economía del planeta.

  Gráfico 5. Evolución del índice Gini Estados Unidos
1990-2010

graph5Fuente: Estadísticas OCDE
Nota: La línea entre 2008 y 2010 aparece punteada porque para 2009 no hay dato disponible.

Vistos los datos sobre desigualdad del ingreso para buena parte del mundo, expresados en el índice de Gini, aprovechamos para insistir en la necesaria cautela a la hora de comparar unos países con otros, puesto que los métodos de estimación en unos y otros casos distan muchas veces de ser parejos. Pero sí parece, de todas formas, evidente que la tendencia predominante a escala mundial habría sido de aumento de la desigualdad mundial.

 

Estados Unidos paradigma en el aumento de la desigualdad
En lo referente al citado caso de Estados Unidos, el Gráfico 6 permite observar ese ascenso de la desigualdad en este país observando ahora el porcentaje del ingreso total que es captado por el decil y el percentil más ricos, es decir, el 10% y 1% más ricos respectivamente.

 

Gráfico 6. Evolución de los ingresos en Estados Unidos para el 10% el 1% más ricos, excluyendo rentas del capital (en porcentajes sobre el ingreso total)
1980-2012

graph6Fuente: World Top Income Database

Los datos de la World Top Incomes Database mostrarían un crecimiento homogéneo de los ingresos entre las diferentes clases sociales en Estados Unidos desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta alcanzar los años setenta. La crisis entonces ralentiza el crecimiento económico, mientras que comienza a aumentar la desigualdad. A partir de los años ochenta este incremento de la desigualdad se dispara y, más concretamente, la distancia entre el 1% más rico con el resto alcanzan niveles no vistos desde los años 1920.
Estos datos son obtenidos a partir de declaraciones de impuestos, sin que aparezcan recogidos los complementos salariales, más frecuentes en rentas medias que en altas, por lo que los datos podrían exagerar esta distancia. Sin embargo, los datos oficiales de la Congressional Budget Office (CBO) de Estados Unidos confirman esta tendencia observada a partir de los datos de Atkinson, Piketty y Saez. Se trata de una serie más completa, si bien carece de la perspectiva histórica que permite la referida World Top Incomes Database, pues la CBO solo tiene datos a partir de 1979. Según la CBO, entre 1979 y 2010, mientras el 20% más pobre aumentó sus ingresos en un 49% acumulado el 1% más rico lo hizo en un 201%, pero si nos fijamos en el período que va entre 1979 y 2007 los ingresos del 1% más rico superaban en más de un 300% los ingresos de 1979. Por tanto, en los prolegómenos de la crisis, el ingreso del 1% más rico había multiplicado sus ingresos por cuatro con respecto los que percibía en 1979 (Stone; Trisi; Sherman y Chen, 2013). Este incremento es explicado principalmente por una elite todavía más reducida, la del 0,5% más rico.

Pero el proceso de captación de ingresos en manos de una pequeña elite no es exclusivo de Estados Unidos, por más que ahí pueda ser más visible. El Cuadro 5 a continuación muestra la evolución desde 1980 para un grupo de economías desarrolladas.

 

Cuadro 5. Participación del 10% más rico sobre el total de ingresos en cada país [6]

Cuadro 5Fuente: World Top Incomes Database

Si en vez del ingreso observamos la riqueza acumulada el aumento de la desigualdad resulta aún mayor. Según Wolff (2010) el 1% más rico de Estados Unidos poseía en 2007 el 34,6% de la riqueza neta en el país, porcentaje que se eleva al 85% si consideramos solo el 20% más rico. Mientras, el 40% más pobre apenas acumulaba el 0,2% de la riqueza total. Por su parte, si consideramos la riqueza sin contar la vivienda, los porcentajes resultan, si cabe, más escandalosos con el 1% más acaudalado concentrando el 42,7% de la riqueza total y el 93% si consideramos el 20% más rico. Al respecto conviene hacer una matización: el 1%, 10%, etc. más ricos en patrimonio no son necesariamente los mismos grupos que los más ricos con relación al ingreso. Son dos cosas distintas, aunque a veces –pero no siempre- puedan coincidir.
El aumento de la riqueza neta entre 1983 y 2007 para el 1% más privilegiado fue del 103% (un 127,2% en lo referente al aumento del ingreso en el citado período). Mientras, para el 40% más pobre no podríamos hablar entre esos años de aumento, sino de reducción de su riqueza neta en un 62,9% (mientras que sus ingresos durante todos esos años apenas aumentaron un 7,1%). En este sentido, las estimaciones de Piketty (2013) no son muy diferentes: el 10% más rico concentra el 70%-75% de la riqueza [7] total en Estados Unidos, que sería de un 60% en Europa.
A escala mundial los cálculos aportados por el informe anual que elabora Crédit Suisse (2013) son incluso más impactantes. Según sus estimaciones solo el 0,7% de la población mundial acapara el 41% de la riqueza total. Mientras, casi el 70% más pobre escasamente reúne un 3% de la riqueza mundial.
El libro de Piketty (2013) ha supuesto todo un acontecimiento, tanto editorial como mediático, especialmente en EE UU entre otras cuestiones por su apabullante acumulación de datos y cómo éstos vienen a confirmar tales advertencias. Igualmente dan la razón al movimiento Occupy Wall Street, cuando afirmaba “we are the 99%” (somos el 99%) frente a la elite del 1% [8] .
En el siguiente gráfico (Piketty, 2013: p. 556) se muestra la evolución histórica del patrimonio del decil y centil más rico (es decir, el 10% y 1% más ricos respectivamente) tanto en Europa como en Estados Unidos. Al respecto, el autor comenta el hecho de que la desigualdad patrimonial europea fue más alta que la estadounidense hasta mediados del siglo XX, cuando la situación se revirtió. De todos modos y como puede verse, la tendencia hacia una mayor concentración de la riqueza sigue una senda similar a la estadounidense.

Gráfico 7. Desigualdad patrimonial: Europa y Estados Unidos
1810-2010

graph7Fuente: Piketty 2013 (Gráfico 10.6. Ver piketty.pse.ens.fr/capital21c)

 

Como apunta Toussaint (2014), al observar estos dos siglos de datos patrimoniales de los más ricos se pueden extraer dos conclusiones: su tendencia hacia la desigualdad y cómo la evolución de ésta obedece al contexto histórico y, con ello, a las luchas sociales en cada momento.

 

Los orígenes de la desigualdad: distribución primaria y secundaria
Sin ánimo de ser exhaustivos podemos observar los determinantes de la desigualdad en dos momentos. En primer lugar en la obtención del ingreso en el proceso de producción, tema sobre el que se preocuparon los autores clásicos (Smith y Ricardo) además de Marx. En segundo lugar, una vez obtenidos esos ingresos aparece la actuación redistributiva del Estado mediante la aplicación de tributos (impuestos, tasas y contribuciones especiales), así como la entrega de transferencias. A ello se une como elemento redistributivo el gasto público y más concretamente el gasto público social (educación, sanidad pensiones y servicios sociales. Es decir, los llamados cuatro pilares del Estado de bienestar). En consecuencia, el proceso de reparto del ingreso además de la acumulación de riquezas, lejos de ser un elemento solo técnico se trata de algo marcadamente político.
En una economía capitalista el excedente socialmente generado se reparte entre los factores capital y trabajo. Más concretamente, como explicara Marx, el capital ostenta la propiedad de los medios de producción y compra la fuerza de trabajo necesaria para llevar a cabo el proceso de producción. El pago de esa fuerza de trabajo es el salario, que no es un simple precio de mercado, sino una relación social. En este sentido, la cuantía final de ese salario dependerá en última instancia de la correlación de fuerzas entre capital y trabajo; la “pugna distributiva” a la que hacía referencia el economista polaco Kalecki.
Una manera de observar en las estadísticas oficiales la evolución de esa “pugna distributiva” entre capital y trabajo es mediante lo que se conoce como “distribución funcional de la renta” [9]. Esta consiste en medir en qué porcentaje han sido retribuidos los factores trabajo y capital (además de impuestos y subvenciones) sobre el total de PIB. Pues bien, si miramos la evolución seguida en las principales economías del mundo vemos una tendencia decreciente en la participación de los salarios en la renta, tal como ilustra el gráfico a continuación.

Gráfico 8. Participación (% PIB) de los salarios en Estados Unidos, UE-15 y Japón
1960-2012

graph8Fuente: AMECO

Dicho de otro modo, si imaginamos el ingreso nacional como una tarta, año a año esta ha tendido a ser cada vez más grande pero la porción correspondiente a las rentas del trabajo se ha hecho más y más pequeña con respecto al total a repartir. La crisis sirve de “excusa” ahora para presionar a la baja sobre los salarios al hacerse más reducida la tarta (con la crisis el ingreso nacional ha menguado) pero esa tendencia contra los salarios ya era previa.
Por su parte, dentro de esta categoría “salarios” se ha dado una creciente dispersión a lo largo de todas estas décadas. Piketty (2013: p. 390) ofrece datos al respecto por niveles de ingresos en Europa y Estados Unidos que reproducimos en la Cuadro 6.

 

Cuadro 6. Porcentaje por grupos de ingreso con respecto al total de rentas del trabajo
Europa y Estados Unidos, 2010

Cuadro 6

Fuente: Piketty, 2013

Por consiguiente, un factor explicativo fundamental en la evolución de la desigualdad lo constituye la decreciente participación del salario en la renta generada. Aparte, dentro de las retribuciones al trabajo se da una creciente dispersión salarial. De esta manera el 10% de los salariados más ricos en Estados Unidos concentran más ingresos que el 50% de las personas asalariadas más pobres. Mientras, aunque aún no llega a acaparar más ingresos que la mitad más pobre (si bien poco le falta) concentra una cuarta parte de los salarios totales. Ni qué decir tiene que en los casos de salarios del 1% más rico en realidad no suelen ser exactamente “salarios” en sentido estricto, las nóminas habituales, sino rentas muy elevadas que proceden de actividades profesionales
A esta reducción de los salarios con respecto a la renta total generada hay que sumarle el hecho cualitativo de una mayor precariedad en las condiciones laborales. Esto tiene repercusiones desde el punto de vista del ingreso, no solo porque suele ir aparejado de un menor salario en nómina, sino porque afecta a otros factores como pueda ser el acceso al crédito. Por su parte, la situación de los salarios presenta una situación distinta (para peor) en los países situados económicamente al Sur. En estos casos, aunque varía según cada lugar, el trabajo asalariado se presenta de manera incluso mayoritaria como “empleo informal”. Es decir, son retribuciones al trabajo (o autoempleo sin personal a su cargo) sin ningún tipo de contrato ni derechos laborales reconocidos.
Piketty trata de explicar la tendencia a la desigualdad que delataba el Gráfico 7 diciendo que la tasa de rendimiento del capital (r) es mayor que el crecimiento de los ingresos (g). Así, al ser las rentas del capital más elevadas una proporción reducida de población, los capitalistas o propietarios del capital tienden a acumular mayor patrimonio a lo largo del tiempo. Aparte de los referidos problemas del concepto de “capital” usado por el economista francés, conviene tener presente ese reparto original (y desigual) entre quienes mantienen la propiedad de los medios de producción y quienes venden su fuerza de trabajo. Por tanto, estando de acuerdo en la necesidad de medidas tributarias para contrarrestar la tendencia hacia la desigualdad de las rentas del capital, conviene poner en un primer plano la relación capital-trabajo.
En lo referente a distribución secundaria de la renta, esta sería la actuación de los poderes públicos, tanto por medio del gasto público por una parte, como en la tributación y entrega de transferencias por otra.
En las estadísticas referentes al impacto de los impuestos sobre la distribución del ingreso suelen denominar la situación inicial como “ingresos de mercado” (market incomes). El Gráfico 9 nos muestra la distribución del ingreso mediante el índice de Gini, tanto de los ingresos de mercado como del ingreso disponible (aquel que queda después de impuestos y transferencias) para los países de la OCDE, esto es, el grupo de las principales economías del mundo.

Gráfico 9. Índices de Gini de ingresos de mercado y de ingreso disponible en países OCDE
2006-2009 [10]graph9Fuente: Estadísticas OCDE

En un documento publicado por el FMI en febrero de 2014, sus autores evidencian cómo, por regla general, las economías con una mayor desigualdad primaria o de mercado tienden a compensarla más mediante impuestos y transferencias (Ostry, Berg y Tsangarides, 2014). Sin embargo, como ilustra el Gráfico 9, esto no es así en todos los casos. Fijémonos cómo, por ejemplo, la desigualdad de mercado en España resulta muy similar a la de otros países como Bélgica, Finlandia o Austria. La mayor desigualdad en la distribución del ingreso disponible (es decir, el ingreso después de impuestos y transferencias) en el caso español vendría motivada por la menor incidencia redistributiva de estos impuestos y transferencias en comparación a los otros países referidos. Los países nórdicos son, junto con otros tales como Bélgica y Austria los que muestran una mayor redistribución por impuestos y transferencias. Sin embargo, como advierte la OCDE (2011) el impacto redistributivo de estos impuestos/transferencias se ha vuelto más escaso durante los últimos años. Se tiende por lo general a sustituir estos impuestos/transferencias por subsidios, pero sin que ese incremento de éstos atienda a mayores criterios de progresividad en su concesión.
En el polo opuesto dentro de la OCDE se encontrarían Chile y México. También, aunque sin llegar a tanto, el impacto de los impuestos y transferencias en Estados Unidos resulta pequeño. En el el caso estadounidense, los impuestos federales son progresivos en su conjunto, es decir, están relacionados con la capacidad de pago de los contribuyentes. El problema es que su impacto sobre la concentración del ingreso resulta “modesto” (Stone; Trisi; Sherman y Chen, 2013: p. 10).
Pero al margen de la cuantía de estas transferencias sociales está la cuestión añadida de su progresividad. Es decir, en qué medida éstas van más dirigidas hacia las personas con menores recursos. Lamentablemente, en no pocos casos esa esperada progresividad no es tanta como debiera. El siguiente gráfico muestra el reparto para diferentes países de las transferencias sociales en efectivo entre el 30% de hogares más rico y el del 30% más pobre OCDE (2014, p. 55). Así pues, aunque no abarque a todas las transferencias nos da una idea de su grado de progresividad según los lugares.

Gráfico 10. Transferencias promedio en efectivo por grupos de ingresos de los hogares.         Porcentajes sobre transferencias medias en 2010 [11]

graph10

Fuente: OCDE, 2014

Tenemos entonces que en Australia, Nueva Zelanda y Dinamarca las transferencias en efectivo para los hogares más pobres fueron casi el doble que para los de rentas altas. También progresivos, aunque menos, son Reino Unido, Bélgica, Estados Unidos o República Checa entre otros. En el caso de Bélgica, por ejemplo, el grupo de hogares con menores ingresos percibió en este tipo de transferencias un 123% con respecto a la media, mientras que el grupo más rico recibió un 83%. Llama pues la atención cómo incluso en estos casos relativamente progresivos en la dotación de transferencias, la parte dedicada a quienes por su nivel de ingreso menos lo necesitan sigue siendo alta, por más que permanezca por debajo del promedio o sea menor que la de los hogares más pobres.
Pero lo verdaderamente chocante son casos como los de países en la periferia de la eurozona, como Portugal, España, Grecia y en menor medida Irlanda. Aquí las transferencias monetarias han beneficiado comparativamente más a los hogares ricos que a los pobres. Y esto en pleno contexto de políticas de austeridad, recortes sociales y desempleo masivo, sobre todo en España y Grecia. En el caso español, el grupo de hogares con menos ingresos recibe como transferencias monetarias un 75% de la media mientras los hogares más acomodados perciben un 15% más que el promedio y casi el doble que los de menos recursos. En similar situación se encuentran, aunque con diferencias más pronunciadas, Italia y Grecia. El drama griego se complementa con el hecho de que sus gastos sociales entre 2007-2008 y 2012-2013 han retrocedido en un 17,6% (OCDE, 2014: p. 37, Gráfico 1.10).
En Portugal, la parte destinada a los hogares más ricos dobla a las transferencias de quienes, se supone, más lo necesitarían. Por último, México y Turquía superan cualquier nivel. Para el país latinoamericano los hogares más ricos perciben en transferencias monetarias un 100% más que la media y tres veces más que los más pobres. En Turquía mientras, este grupo de hogares percibe poco más del 30% de las transferencias medias en efectivo.
En definitiva, no es solo la cuestión que implican programas de ajuste como las políticas de austeridad salvaje exigidas por la “troika”, sino también las políticas de algunos de estos Estados a la hora distribuir ayudas con las que amortiguar los efectos de la crisis.
Visto esto no es de extrañar el desigual e injusto reparto de la carga que ha tenido la crisis en algunos países.
El Gráfico 11 muestra cómo se han repartido los costes de la crisis entre diferentes grupos de ingreso. Hay que decir que los datos se limitan al período 2007-2010, donde para algunas de estas economías, especialmente en la periferia europea, lo peor estaba todavía por llegar.

Gráfico 11. Variaciones anuales en el ingreso medio disponible, por grupos de ingreso
2007-2010

graph11

Fuente: OCDE, 2014

Entre 2007 y 2010 Islandia fue el país de la OCDE donde más cayó el ingreso disponible promedio (recordemos, el ingreso promedio después de pagar impuestos y recibir transferencias): un descenso del 8% durante el período, pero que fue del 13% para el decil con mayores ingresos. Contrastemos esto con el ejemplo contrario a efectos redistributivos que sería España, según se deduce del Gráfico 11. En este caso llama la atención, no tanto por la pérdida media de ingresos (3%), sino por la abismal diferencia entre los efectos para el primer y el último decil. Es decir, el 10% más rico español vio reducir sus ingresos en un 1% de media, mientras que el 10% más pobre perdió como promedio un 14% de sus ingresos. Así pues, los más pobres en España sufrieron una caída en sus ingresos proporcionalmente mayor que los ricos islandeses, atrapados estos últimos en millonarias y ruinosas especulaciones financieras. Más aún, el 10% de españoles con menor renta perdió más ingresos que cualquier otro grupo de cualquier otro país de la OCDE. La explicación más plausible es la intensa destrucción de empleo en España. Especialmente el pinchazo de la burbuja inmobiliaria afectó al sector de la construcción, además de ramas auxiliares a esta actividad. Se trataba en todo caso de empleos de baja cualificación y mayoritariamente ocupados por los grupos de menores ingresos y fueron los primeros en desaparecer. Una parte importante de las personas afectadas eran migrantes.
Al respecto de los datos en España hemos de tener en cuenta que las medidas de ajuste comenzaron en mayo de 2010, año en el que comenzaban evidenciarse los efectos de la recesión. En consecuencia, este sufrimiento tan desequilibrado además se da en los albores de la crisis para la economía española. Queda por ver los efectos una vez su economía se adentró en la depresión.
Por último, con relación a la distribución secundaria de la renta su menor incidencia redistributiva durante estos últimos años está también relacionada con una tendencia generalizada de reducción de impuestos tanto a empresas como a las rentas personales más altas. Tales medidas han jugado a favor de ese incremento de la desigualdad, mientras el Estado perdía recursos necesarios para llevar a cabo políticas sociales. Los Cuadros 7 y 8 muestran esta tendencia en materia impositiva, tanto para empresas como para personas físicas, en algunas de las principales economías del mundo.

En todo caso, nos referimos aquí a los tipos máximos legales y no a los que finalmente se pagan (el tipo efectivo) una vez descontadas deducciones fiscales y diversos tipos de argucias absolutamente legales que permiten eludir pagos sobre todo a grandes empresas y a los más ricos.
Frente al argumento ortodoxo de “no distorsionar” las decisiones individuales como sinónimo inevitable de mayor ineficiencia, se percibe una estrecha relación entre este tipo de decisiones políticas favorables a las elites y el propio proceso concentrador de rentas y riqueza en unas pocas manos. Es decir, es la propia desigualdad la que favorece ese falso discurso de “no distorsionar”, para justificar así medidas que favorecen a esa elite frente a la mayoría social. La verdadera distorsión entonces se debe a esa oligarquía con capacidad para reorientar a su favor el contenido mismo de las políticas públicas.
Frente a ese citado discurso sobre el supuesto efecto “distorsionante” de las políticas redistributivas, en realidad éstas no afectan al desarrollo económico. Incluso sería más bien al contrario. En su estudio publicado por el FMI, Ostry, Berg y Tsangarides (2014) evidencian el vínculo existente entre redistribución y ciclos de crecimiento más intensos, estables y duraderos en el tiempo. Como los autores advierten, la muestra no permite en todo caso ver en qué medida ha podido ser esta la tónica histórica en el pasado. De todas formas sirve al menos para desmentir los argumentos que rechazan tales políticas por ser “distorsionantes” y supuestamente desincentivadoras, así como la falacia del “espíritu emprendedor”.

 

Crisis, austeridad y desigualdad de género
No queremos dejar este repaso sintético sobre la desigualdad sin incluir uno de sus aspectos más relevantes, como es la dimensión de género. La breve exposición de hechos a continuación ha sido posible, entre otros, gracias a los trabajos sobre el tema de Christine Vanden Laeden en el CADTM.
Por diversos motivos, ninguno de ellos inevitable ni inherente a la naturaleza humana, el acceso a los recursos, a la obtención de ingresos no es igual entre mujeres y hombres. Estas diferencias en perjuicio de la mujer son variables en unos u otros lugares, pero en todos se da la constante de su existencia. Los países del Norte tienden a verse a sí mismos como los más avanzados en cuestiones de igualdad de género, y ciertamente ha habido conquistas destacables en este sentido. Sin embargo, la crisis ha puesto en evidencia la desigualdad que todavía existe. En consecuencia, las mujeres se han visto por lo general más expuestas tanto a los efectos de la recesión económica como a las políticas de austeridad que le han seguido y que en no pocos casos han ido directamente contra ellas. El mercado laboral es buena muestra de ello. Por desgracia, tampoco la única aunque será ahí donde nos centremos en esta ocasión.
Incluso en tiempos de auge económico las mujeres se ven discriminadas en el acceso a un empleo remunerado. La tasa de participación es menor pero, aun así, mayor la tasa de desempleo que la masculina, mayores niveles de temporalidad y precariedad laboral y menor remuneración. Los salarios más bajos pueden serlo incluso en el desempeño de una misma labor que otro colega varón. Asimismo, con los recortes de gasto tienden a reducirse los recursos destinados precisamente a aminorar estas asimetrías perversas en el mercado de trabajo. Se reduce también el empleo público, donde la contratación femenina es comparativamente más abundante que en el sector privado por regla general. Asimismo, los recortes en materia de gasto social suponen si cabe una mayor presión sobre las mujeres, sobre quienes recae la labor de cuidados en el hogar. Una injusta división sexual del trabajo doméstico pero por desgracia tan arraigada y fácil de ver que pasa desapercibida, sobre todo para los hombres.
El Gráfico 12 muestra la brecha de género en materia salarial, así como su evolución tomando como referencia tres años entre 2000 y 2010. La brecha citada mide en porcentaje la diferencia entre el salario más frecuente (llamado salario mediano [12]) de mujeres y hombres con respecto al salario mediano de los hombres. La comparación se hace sobre empleos a jornada completa.

Gráfico 12. Brecha de género en el salario mediano (en %) en empleos a tiempo completo.

2000 – 2010

graph12

Fuente: Estadísticas de la OCDE (Family Database)
Nota: El dato es para 2005 (en lugar de 2010) para Países Bajos; 2008 para Bélgica e Islandia; y 2009 para República Checa y Francia.

Como puede apreciarse, esa brecha o gap salarial se habría reducido en la mayor parte de casos durante el período seleccionado pero no tanto por una mejor situación relativa de las mujeres sino por una contracción de salarios que ha aminorado distancias.
Algo similar sucede en términos de desempleo. Como decíamos, el desempleo femenino es más alto que el masculino, y ello pese a que la tasa de actividad[13] de las mujeres es más baja que la de los hombres. Durante la crisis, ha tendido a reducirse la distancia entre el paro masculino y femenino. Pero de nuevo el motivo ha sido por la intensa destrucción de empleo que ha alcanzado a sectores mayoritariamente ocupados por hombres, como la industria, construcción o algunos servicios.

Cuadro 9. Tasas de desempleo para hombres y mujeres, 2008-2013

Cuadro 9

Fuente: Eurostat

No obstante, si miramos las cifras de empleo total por hombres y mujeres y las de empleo a jornada completa vemos que estas diferencias no son tan pequeñas como pudiera parecer.
En realidad, las cifras de desempleo ocultan una realidad de trabajos a tiempo parcial mayoritariamente destinados a mujeres. Este hecho evidencia una desigual relación en el hogar que se traslada al ámbito laboral. Así, al recaer sobre las mujeres las labores domésticas y de cuidados, estas optan en mayor medida por empleos a tiempo parcial. En tanto la austeridad reduce el acceso a servicios sociales la situación tenderá a agudizarse, pues la carga extra de cuidados recaerá básicamente sobre las mujeres.

Gráfico 13. Incidencia del empleo a tiempo parcial entre mujeres y hombres, 2011

graph13

Fuente: OCDE (Family Database)

En términos de evolución del empleo a tiempo parcial durante la crisis la tendencia por lo general ha sido de aumento en el porcentaje de mujeres empleadas en esta modalidad, tal como evidencia el Cuadro 10 a continuación.

Cuadro 10. Evolución del empleo a tiempo parcial en mujeres y hombres (% sobre el empleo total)
2007 – 2012

Cuadro 10Fuente: OCDE (Employement and Labour Market Statistics)

Esta situación se ve perpetuada igualmente desde el punto de vista de la oferta de trabajo. El Gráfico 14 ilustra la menor probabilidad de encontrar empleo para mujeres que para los hombres. Al comparar el número de ocupaciones donde al menos la mitad del empleo son hombres o mujeres nos muestra cómo el empleo femenino está concentrado en un limitado número de actividades, lo que reduce sus posibilidades de encontrar trabajo. Es decir, la probabilidad de encontrar un empleo a tiempo parcial o de permanecer en situación de desempleo será mayor para las mujeres en la medida en que el empleo disponible para las mujeres está concentrado en una gama mucho más reducida que la de los hombres.

Gráfico 14. Número de ocupaciones que dan cuenta de la mitad del empleo, 2007

graph14

Fuente: OCDE (Family Database)

 

Muy probablemente las diferencias que muestra este gráfico se vean acrecentadas con la crisis. Todavía más si tenemos en cuenta que las políticas de recortes para priorizar el pago de la deuda incluyen una reducción del empleo público. Esto afecta más a las mujeres por ser el sector donde mayor participación tiene en el total de personas contratadas (69,2% del total[14] y donde menores diferencias salariales se suelen registrar.
En cualquier caso, ante un acceso al empleo más reducido, muchas mujeres dejan de buscar trabajo. No es de extrañar por tanto que, si en vez de las diferencias por desempleo observamos las distancias en el empleo entre hombres y mujeres, el margen entre ambos es mucho más evidente, tal como muestra el gráfico.

Gráfico 15. Diferencias de género en empleos a jornada completa

graph15

Fuente: OCDE (Family Database)

Por otra parte, la prioridad dada al pago de la deuda en detrimento del gasto social incide también en recortes sobre las pensiones. Y si estas ya presentaban una desigualdad de género notable, la situación futura para las mujeres promete ser aún peor porque:

-Sufren más los efectos de la crisis sobre el empleo;
-Reducen o abandonan su vida laboral para atender a labores de cuidados en el entorno familiar [15];
-Las reformas en las pensiones públicas incluyen dificultar su acceso a las personas jubiladas. Esto discrimina a las mujeres al contar con un menor número de años cotizados, así como una menor base de cotización. El Cuadro 11 resume algunas de las reformas implementadas al respecto en diversos países de Europa.

Cuadro 11. Impacto de las reformas en las pensiones sobre las mujeres

Cuadro 11

Fuente: Comisión Europea, “The Gender gap in pensions in the EU”, 2013, p. 34
Nota: Las reformas se refieren hasta diciembre de 2013

Las mujeres trabajadoras en el Sur
Finalmente algunos apuntes sobre la desigualdad laboral de la mujer también en las economías del Sur, sintetizadas en dos gráficos a continuación.

Gráfico 16. Tasa de participación en la fuerza de trabajo (% población entre 15-64 años), trabajadores/as asalariados/as (% total ocupados) y brecha salarial de género (diferencias en la remuneración entre mujeres y hombres).
2008-2012

graph16 Fuente: Banco Mundial, Women at Work (2014)

 

Este gráfico incluye diez economías consideradas “emergentes” y que en conjunto representan una tercera parte de la población mundial. Como puede verse la situación de la mujer es en todos los casos de evidente desigualdad con respecto a sus iguales varones. Tan solo en Brasil y Bangladesh la participación femenina en la fuerza de trabajo supera el 60% del total de mujeres en edad de trabajar. Mientras, el porcentaje de hombres se encuentra en todos los casos en torno al 80%. India, Pakistán e Egipto muestran las tasas de participación más bajas de la muestra.
La precariedad laboral afecta de forma mayor a las mujeres. Acceder a un trabajo asalariado formal resulta complicado en todos los casos pero más aún para las trabajadoras. Sin embargo, Filipinas sí muestra una mayor igualdad en el acceso a empleos remunerados, desapareciendo prácticamente la brecha que había en participación laboral entre mujeres y hombres. Es decir, hay sensiblemente menos mujeres que hombres en el mercado laboral, pero éstas tienden a tener trabajos asalariados y el empleo informal sería entonces mayoritariamente masculino.
Se observa también una relativa igualdad entre hombres y mujeres asalariados en Bangladesh o India pero es en un contexto donde la mayoría de empleos son de tipo informal.
Por último, la brecha salarial, es decir, la diferencia entre los ingresos salariales de mujeres y hombres resulta enorme en todos los casos: por encima del 80% en Indonesia, Brasil, Filipinas y Turquía. Solo en Pakistán esta brecha entre remuneraciones de mujeres y hombres es inferior al 40% (36% en 2012). En Turquía la menor divergencia entre mujeres y hombres asalariados contrasta con la brecha salarial más elevada de estos diez países (un enorme 96% de diferencia entre ingresos de trabajadores varones y trabajadoras).
En Vietnam las disparidades entre hombres y mujeres para participar en la fuerza de trabajo son pequeñas pero las distancias entre ambos se agrandan en los empleos asalariados. La brecha salarial de género es asimismo enorme (79%).

 

Gráfico 17.  Empleados/as a jornada completa (% fuerza de trabajo, 15-64 años de edad)
2012 graph17

 Fuente : Banco Mundial, Women at Work (2014) a partir de la encuesta de Gallup

 

El Gráfico 17 nos permite visualizar una comparación entre grandes áreas mundiales al respecto de las diferencias entre mujeres y hombres a la hora de acceder a un empleo a jornada completa.
Según la encuesta mundial de Gallup, cuyos resultados se recogen en Gender at Work del Banco Mundial, la probabilidad de encontrar trabajo a jornada completa es menor para las mujeres, con la excepción d Europa y Asia Central (64% mujeres frente a 63% hombres). Esto oculta una disparidad importante en un área tan extensa como la citada. La mayor brecha en términos de acceso a empleos a jornada completa entre mujeres y hombres se da en el grupo de países de altos ingresos (69% hombres frente a 53% mujeres). Una situación similar en cuanto a desigualdad en el acceso a este tipo de empleos se observa también en el Asia oriental y Pacífico. Asia del Sur es por el contrario la región con menos diferencias.
Este desigual acceso a empleos a jornada completa es importante en cuanto a que significa generalmente puestos de trabajo de más calidad y con mayores derechos para la persona contratada. De igual modo, el mayor acceso de las mujeres a empleos a tiempo parcial evidencia el rol al que tristemente se sigue relegando a la mujer como segunda perceptora de rentas en el hogar, si acaso accede al mercado de trabajo.

Consideraciones finales: la desigualdad como vía hacia la deuda
Desde el artículo de Kuznets en 1955, las numerosas investigaciones hasta la fecha han mejorado nuestro conocimiento sobre la desigualdad y su evolución histórica. Los datos disponibles continúan siendo en todo caso bastante imperfectos, si bien nos permiten fundamentar una serie de afirmaciones, comenzando con el hecho de que el planteamiento de Kuznets no era cierto. Sus observaciones podrían acercarse a la realidad de aquellos años, pero esas dos décadas tras la II Guerra Mundial suponen una excepción y no la tendencia histórica del capitalismo.
Por su propia dinámica el capitalismo ha tendido históricamente a la desigualdad. El mundo hoy es más desigual que en 1870. En todo caso, la experiencia histórica también nos muestra que la plasmación práctica de dicha tendencia dependerá del contexto social y la denostada correlación de fuerzas. En la era neoliberal, desde finales de los años setenta, se ha recuperado el discurso del laissez faire y con ello las bondades sociales de lucro individual. La desigualdad de ingresos es vista entonces como la consecuencia lógica del premio a quien se esfuerza y triunfa. La acumulación de riqueza permite financiar nuevas inversiones que generen empleo y bienestar social. Pero la práctica de estos años, como la evidencia muestra para el pasado, es que la concentración de renta y riqueza solo sirve para concentrar más renta y riqueza.
El problema de la desigualdad no es solo ético sino también práctico. Así, una inequidad en auge implica una democracia en demolición. El precio de la desigualdad, como reza el título del libro de Stiglitz sobre el tema, no es solo la cantidad de recursos que concentre el 1% más rico, sino que también las propias decisiones para el conjunto tienden a obedecer a los intereses de esa escasa minoría frente al resto. Así lo veíamos por ejemplo en la tendencia a la baja de los impuestos para los más ricos (Cuadros 7 y 8).
Vinculado a esos intereses de una minoría que se hace más poderosa al tiempo que más minoritaria se encuentra otro fenómeno, como es la acumulación a máximos históricos de deuda mayoritariamente privada. El nexo entre desigualdad y deuda ya ha sido planteado y analizado por algunos autores, como Kumhof y Rancière (2010 y 2011).
A grandes rasgos, el nexo que planteamos sería más o menos el siguiente: los sectores más ricos prestan a los más pobres con lo que obtienen por ello unos beneficios. A su vez, las empresas financian sus actividades con crecientes volúmenes de deuda, no tanto para financiar nuevas inversiones productivas a largo plazo, sino para mejorar sus resultados a corto o incluso absorber a compañías de la competencia. Para mejorar su acceso a deuda tratan de mejorar sus resultados más inmediatos, por lo que recurren entre sus prácticas más frecuentes a la presión a la baja sobre los salarios. Los beneficios obtenidos van a parar a los sectores sociales más ricos, accionistas y propietarios de estas empresas, o inversores en los fondos dedicados a financiarlas. Por su parte, el consumo de los hogares se sostiene vía deuda para financiarlo.
Cuando la burbuja de deuda estalla, se exigen entonces “políticas de austeridad”, que en realidad minimizan el coste para las rentas más altas, aquellas que alimentaron y se aprovecharon de la burbuja de deuda, mientras consolidan como “reformas estructurales” el ajuste sobre los sectores más populares.
El proceso también se da entre países. Por ejemplo, la burbuja de deuda en Europa y Estados Unidos permitió financiar la entrada de empresas transnacionales de estos lugares en América Latina, atraídas a su vez por los procesos de privatización exigidos por los acreedores en los programas de ajuste estructural ante la crisis de la deuda externa a partir de 1982. Mientras, el aumento de la desigualdad provocada por esas medidas ahonda en la dependencia externa de las economías del Sur para financiar su desarrollo.
En definitiva, la creciente desigualdad supone un problema muy grave que requiere de medidas urgentes. Asimismo, para atajar el problema consideramos de crucial importancia atender a la relación entre desigualdad y deuda. No es casual que se coincidan en el tiempo la concentración de renta y riqueza por una parte, junto con el elevadísimo nivel de deudas, especialmente privadas.
Escapa a los modestos propósitos de este documento entrar en detalles aquí sobre el carácter concreto de las políticas, pero proponemos incidir ineludiblemente sobre los siguientes ejes:

-Incidir en la distribución primaria de la renta: regulación mercado laboral incluyendo medidas para la equidad de género efectiva; recuperación de objetivo de empleo entre las prioridades de las políticas públicas; acceso al control y gestión de los recursos productivos;
-Fin a las políticas de austeridad y recuperación de la política fiscal: aumentar la presión fiscal mejorando la progresividad y papel del gasto público como redistribuidor de rentas y rector de la inversión productiva;
-Ruptura de la dinámica del sistema deuda. Auditorías con control ciudadano de las deudas públicas y anulación de la parte considerada ilegítima. Romper de esta manera con los efectos heredados de la desigualdad como implica el sistema deuda. La anulación de las deudas ilegítimas no representa solo un alivio para quienes las soportan, sino impedir que se reproduzcan esas malas prácticas pasadas.

Es necesario revertir el proceso de concentración de renta y riqueza. Para ello serán necesarias medidas activas que no solo permitan la redistribución, sino un acceso más equitativo a las propias fuentes de obtención de ingreso. Asimismo, atajar el problema de la desigualdad es un elemento imprescindible para poner fin a la actual espiral de deuda. Ambos fenómenos, desigualdad y sobreendeudamiento no son fenómenos aislados, sino que forman parte de un mismo proceso. Así pues, anular las deudas ilegítimas ha de suponer una definitiva ruptura del sistema deuda. Un proceso por el cual las elites capturan rentas con las que prestan al resto, quienes se ven aún más empobrecidos y sometidos como deudores ante el pago de aquellos préstamos.

 

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Notas

[1] La advertencia la hacía el ex Secretario del Tesoro, Larry Summers en una conferencia del FMI en noviembre de 2013. Summers observaba que en Estados Unidos ni siquiera la burbuja inmobiliaria había servido para aumentar significativamente su demanda interna. La ponencia de Summers puede leerse aquí: http://larrysummers.com/imf-fourteenth-annual-research-conference-in-honor-of-stanley-fischer/

[2] Este índice también puede expresarse en términos porcentuales, en cuyo caso se movería entre 0 y 100.

[3] Milanovic (2011: p. 10).

[4] Los datos para China en Molero Simarro (2014: p. 305) y World Development Indicators del Banco Mundial para India.

[5] Datos del World Top Incomes Database, elaborada por Atkinson, Piketty y Saez: http://topincomes.g-mond.parisschoolofeconomics.eu/ En el caso de India los datos disponibles solo cubren 1980-1999 y para el 1% más rico. En todo caso, durante el citado período este grupo de renta pasó de concentrar 4,8% al 8,9% del ingreso total del país.

[6] Datos para Portugal: 1980-2005; España: 1981-2010; Reino Unido: 1981-2009; Estados Unidos: 1980-2012.

[7] Piketty (p. 82 y siguientes) señala los problemas de traducir la voz inglesa wealth como riqueza (o richese en francés) y generalmente usa de manera indistinta “patrimonio” y “capital”. El uso del término capital siguiendo la conceptualización ortodoxa neoclásica le ha significado algunas críticas como la de Michel Husson
(ver http://www.contretemps.eu/interventions/capital-xxie-si%C3%A8cle-richesse-donn%C3%A9es-pauvret%C3%A9-th%C3%A9orie)
o James K. Galbraith: http://www.dissentmagazine.org/article/kapital-for-the-twenty-first-century).

[8] Al respecto de los datos aportados por Piketty ver análisis de É. Toussaint: http://cadtm.org/Como-podemos-utilizar-lo-que#nb6-6

[9] Al respecto de la relación entre participación de los salarios en la renta y desigualdad véase por ejemplo Glynn (2009).

[10] Los datos están entre ese margen de fechas según cada país. Para Grecia, Hungría, Irlanda, México y Turquía no hay datos disponibles en cuanto a ingresos de mercado.

[11] Los grupos 30% más ricos y 30% más pobres según sus respectivos niveles de ingresos disponibles de los hogares. Todas las cantidades están ajustadas según tamaño de los hogares.
Para Hungría, Japón, Nueva Zelanda, Suiza y Turquía el año de referencia es 2009.

[12] No confundir con el salario medio. El salario mediano se refiere al más repetido en el conjunto. A modo de ejemplo, supongamos que tenemos un total de 10 salarios: 100; 50; 25; 100; 75; 100; 60; 50; 100; 40. El salario mediano es 100, pues es que más veces se repite en la muestra (4 veces de 10 casos). Mientras, el salario medio será 70, resultado de calcular la suma total entre el número de casos: (100 + 50 + 25 + 100 + 75 + 100 + 60 + 50 + 100 + 40) / 10 = 700/10 = 70.

[13] La tasa de actividad mide la relación entre la población activa(es decir, aquella que trabaja o busca empleo) sobre el total de población en edad de trabajar. Por tanto, el porcentaje de mujeres que trabajan o buscan empleo es por lo general menor que el de los hombres. La mayor dificultad en el acceso al empleo y peores condiciones hace que más mujeres que hombres renuncien a buscar trabajo. Igualmente, por prejuicios machistas la mujer queda relegada con más frecuencia a labores de cuidados en el hogar.

[14] Fuente: European’s Women Lobby, « The price of the austerity – The impact on women’s rights and gender equality in Europe », octubre 2012, p. 4.

[15] Por una parte se reproducen estereotipos machistas en los que la mujer ha de ser quien se haga cargo de las labores del hogar y de cuidados. Así, en caso de acceder al mercado de trabajo entra como perceptora complementaria de ingresos en el hogar. Y, en segundo lugar, como mostraba el Gráfico 14, el acceso a un puesto de trabajo es más limitado que para los hombres.

 

 

 

 

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