¿De verdad los jóvenes españoles son prosistema y liberales?

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John Locke

Publicado en eldiario.es

La última encuesta publicada por El País indicaba que un 17% de los menores de 35 años en España se declaran liberales. Esta opción ideológica encabeza un listado en el que por detrás irían quienes se consideran socialistas, centristas o socialdemócratas entre otros. Un porcentaje mayor, un 59%, asegura confiar en que a pesar de los defectos del “sistema económico actual” esto tiene remedio. Enfrente, un 38% afirma que el modelo está agotado y no da más de sí.

A primera vista sorprende. Y es que en nuestro país no tenemos un partido liberal de envergadura. Tampoco hemos gozado de grandes referentes teóricos. La tradición liberal española del siglo XX ha sido muy débil. Como consecuencia, salvo Convergència Democrática de Catalunya, ninguno de los principales partidos forma parte de la Internacional Liberal. El gran referente de la derecha española, el Partido Popular, es heredero directo del franquismo reaccionario y en los últimos decenios si algo ha abrazado ha sido la fe neoliberal.

Para explicarnos por qué los jóvenes liberales encabezan la encuesta, podemos aducir que nuestro sistema político suele calificarse de democracia liberal. Esto se basa en la combinación de representación política, sufragio universal, Estado de derecho, libertades básicas, propiedad privada y libre mercado capitalista. Son cuestiones ya ambientales, dadas por hecho para muchos europeos, pero que aquí disfrutamos plenamente tan solo desde 1975.

Sabemos además que la palabra “libertad”, a la que asociamos enseguida el término “liberal”, nos resulta con razón atractiva. Más en nuestro contexto histórico. Y aunque el concepto resulta en realidad complejo y polisémico, se trata de un señuelo efectivo.

El que casi un 60% de ellos confíe en el “sistema económico actual” –los encuestadores parecen temer la palabra capitalismo–, concuerda con lo anterior. La base del sistema es liberal. A pesar de la crisis, del incremento de la desigualdad y la pobreza. A pesar de que más de la mitad de los jóvenes esté en paro. A pesar de la emigración económica forzosa. A pesar de que se reprima duramente la protesta.

Según los datos, los prosistema confían en que esto se arregle sin cambiar de modelo. Sin embargo el propio liberalismo nos muestra en sus textos y en su práctica histórica que no cambia. Hay una paradoja en él, desde su misma formación, que permanece.

Su lado oscuro está en los últimos decenios desatado, sin riendas, como diría David Harvey. Esto explica también la dureza de ciertas respuestas gubernamentales a día de hoy. Pues ideológicamente ha triunfado una mutación básicamente economicista, capaz de adaptarse a reaccionarios y social-liberales, y que curiosamente no se ofrecía como opción en la citada encuesta: el neoliberalismo.

Si leemos a los grandes pioneros del liberalismo encontraremos en sus textos la paradoja comentada más arriba. En John Locke veremos lo que la práctica política certificaba en las primeras naciones liberales: Países Bajos, Reino Unido, Estados Unidos, Francia, España.

Así en el Segundo ensayo sobre el gobierno civil este autor nos trae, al hilo de la Gloriosa Revolución inglesa de 1688, una justificación para separar ejecutivo y legislativo, una defensa del imperio de la ley, de las elecciones periódicas de representantes y, en unos pasajes para enmarcar, de la resistencia popular contra los gobernantes rebeldes que se corrompen, se someten a poderes extranjeros o incumplen sus promesas.

Y sin embargo Locke deja también muy claro que el elemento central de su comprensión de la libertad es la propiedad privada. De ahí que justifique detalladamente la pena capital para los ladrones. Asimismo, accionista como era de la Royal African Company e implicado entre otros asuntos coloniales en la redacción de la Constitución Fundamental de Carolina, defenderá el poder despótico y arbitrario que un amo pueda ejercer sobre su esclavo.

En otros textos suyos encontramos una defensa del trabajo infantil desde los tres años, brutales propuestas contra los mendigos, una dura intolerancia hacia católicos y ateos, y en definitiva, una firme creencia en que hay distintas especies de hombres a juzgar por su entendimiento y grado “civilizatorio”.

Las primeras naciones europeas liberales dominaban el comercio mundial de esclavos. Los Padres Fundadores norteamericanos eran propietarios de esclavos. Afirma Domenico Losurdo que no era casual. La expansión de la nueva clase capitalista se apoyaba en una expansión colonial donde la trata y el trabajo esclavo resultaban fundamentales.

Como indica Noelia Adánez, quizá el origen de todo ello resida en que el liberalismo no supo abordar la diferencia desde un comienzo. De ahí las grandes exclusiones: mujeres, pobres, pueblos enteros, infantes y enfermos. Todos fueron víctimas reales más allá de la pluma de autores como Locke.

Hasta bien entrado el siglo XX la representación política estaba reservada a propietarios varones cristianos y blancos. El voto público, plural, minoritario y corrompido fue la norma del siglo XIX.

Es cierto que se abolió la esclavitud, que se extendió y mejoró el sufragio, que surgieron autores preocupados por la protección de las minorías, que apareció un liberalismo social. Pero proseguía la paradoja, pues entre otros asuntos proseguía el capitalismo. Rosa Luxemburg supo plasmarlo cien años atrás, de manera por cierto muy actual, en Reforma o Revolución. Resurgía el imperialismo, se mantenían las colonias, arreciaban las desigualdades, el militarismo. Y con todo, el Estado liberal se extendía como modelo por el globo.

Desde que en la década de 1970 comenzó la grave crisis de acumulación capitalista que llega a nuestros días, se empezaron a retirar las bridas acá y allá. Para esta empresa nada mejor que la pobreza teórica de Friedrich Hayek y sus amigos de la Mont Pelerin Society, quienes redujeron mejor que nadie la idea de libertad al mercado y la competencia. Grandes dogmas de nuestro tiempo como los recortes de gasto público, las privatizaciones, la alfombra roja tributaria a la inversión extranjera directa o la desregulación de ámbitos clave como el trabajo, encontraron en ellos un indispensable apoyo teórico.

Ni rastro de un Constant, un Russell o un Berlin. Ni defensa amplia y a ultranza de todas las libertades políticas de los modernos, ni respeto hacia las libertades de los antiguos. Cualquier atisbo de lo público era socialismo, palabra maldita que conducía a política totalitaria.

Hayek habría escrito en 1944 que se fetichizaba la democracia. Esta no era más que un medio para la libertad —la del mercado, se entiende—. Por eso las autocracias sabían, a menudo, cuidar mejor de la libertad que las democracias. Camino de servidumbre, tituló la obra.

Y les dieron el Nobel. Y experimentaron en el Chile de Pinochet, libres, gracias a que el dictador hizo desaparecer literalmente a la oposición. Destruyeron en 1975, como hoy aquí, gran parte de lo público de la ciudad de Nueva York gracias a una crisis fiscal donde los acreedores mandaron. Thatcher llegó con sus antidisturbios, y le siguió Reagan. Y la crisis de la deuda, en 1982, que grabó sus dogmas a fuego en las cláusulas de condicionalidad de los créditos a los países más pobres del planeta.

La historia de este saqueo es conocida. En España el neoliberalismo no encontró apenas resistencias. Su economicismo tecnocrático, el adagio del TINA (“no hay alternativa” en sus siglas inglesas) y el llamado directo que hacía a los apetitos más destructivos del ser humano —la ambición, la competencia, la desmesura de la expansión por la expansión—, hicieron que unos y otros cayeran rendidos a los pies del neoliberalismo. Así no sorprende que fuera el PSOE de Felipe González quien aplicara la trinidad de privatizaciones, desregulación laboral y apertura externa con inusitada intensidad.

Harvey se pregunta cómo dimos el consentimiento. Cómo se instaló entre nosotros el sentido común no ya liberal, sino también neoliberal. Conquistaron departamentos universitarios en las Facultades de Economía, erigieron think tanks, utilizaron sus grandes medios de comunicación, nos inocularon de individualismo, consumismo, guerra interna en trabajos y vidas. Y trataron de que normalizáramos la exclusión, la desigualdad, la injusticia. Los CIE. Los miles de muertos del Mediterráneo. Y las burbujas.

La paradoja liberal puso una base de siglos. El neoliberalismo se quitó las vergüenzas.

Una última consideración. Ya sabemos desde que se pusieron de moda las encuestas que éstas responden a un modo de concebir lo político y la ciudadanía. La pluralidad se transmuta en opinión pública. Sirven para que medios como El País extraigan de un porcentaje la conclusión de que tenemos una  “juventud reformista”. Las preguntas no son inocentes, por eso no aparecen los neoliberales como opción —y sí el “radical de izquierdas” y el “radical de derechas”; ya saben, los extremos—. Por eso también el sistema tiene “defectos importantes”, pero es “remediable”.

David Easton introdujo este concepto de sistema en la Ciencia Política en pleno auge del pluralismo liberal norteamericano. La idea procedía de los sistemas biológicos, como el marino, donde en un aparente caos todo se mantiene en equilibrio —te asomas al mar y grandes peces se alimentan de pequeños entre algas, tortugas y cetáceos que van a lo suyo—. Aunque suponga la estabilidad de un orden injusto.

Mientras, las encuestas nos tranquilizan, nos guían, reflejan bien las posibilidades de un ciudadano ya reducido a votante. Todo en orden. Los jóvenes son liberales y reformistas. Larga vida al sistema.

 

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