Nuestra interpretación de la crisis de la Eurozona: un primer resumen

SinPermisoPublicado en SinPermiso (extracto del libro Fracturas y crisis en Europa, Ed. Clave Intelectual, de Nacho Alvarez, Fernando Luengo y Jorge Uxó)

Nuestra interpretación de la crisis de la eurozona se basa en la articulación de cuatros planos: una reducción de la participación de los salarios en la renta y una distribución más desigual de los ingresos, la financiarización creciente de las economías, la existencia de importantes diferencias en las especializaciones productivas en el interior de la Unión Europea, y la formación de la unión monetaria. En este artículo ofrecemos una primera visión general de nuestra argumentación que, sin detenerse en los detalles, permita al lector conocer desde el principio sus líneas principales.

Una idea fuerza de esta explicación es que la crisis actual hunde sus raíces en los cambios que se han venido produciendo en las tres últimas décadas, periodo en el que han tenido gran influencia las teorías y políticas inspiradas en el neoliberalismo. Como consecuencia de estos cambios se ha desarrollado un modelo de crecimiento que ha promovido una gran acumulación de deuda (fundamentalmente privada) y, a la vez, ha dependido de este endeudamiento para su continuidad. En este sentido, podríamos decir que las décadas de predominio neoliberal coinciden con la “economía del endeudamiento”. Otra característica importante es que la acumulación de deuda no se ha distribuido de forma simétrica entre países, sino que ha dado lugar también a la aparición de dos bloques, el de los países deudores y acreedores.

Estas características hacen que el modelo tenga una fragilidad creciente, y la crisis actual es el resultado de esta dinámica insostenible. Cuando cualquier cambio hace que los agentes que se encuentran en una situación de sobreendeudamiento no puedan seguir refinanciando su gasto con nuevas deudas, la economía colapsa. En este caso, el factor que precipitó la crisis fue el impago de las hipotecas subprime, pero pudo haber sido otro.

También está claro que, una vez que se precipita, no se trata de una crisis cualquiera, ya que los años transcurridos dejan tras de sí un importante stock de deudas que hay que eliminar. El intento simultáneo de todos los agentes por lograrlo –reduciendo para ello su gasto– se retroalimenta, generando el círculo vicioso de la recesión. La respuesta de las autoridades, y en especial las políticas de recortes de gasto público y de los salarios, agudizan aún más esta situación depresiva, haciendo que ni siquiera sea posible eliminar la deuda.

Para entender mejor la profundidad de los cambios que se desplegaron a partir, fundamentalmente de la década de 1980, es conveniente detenernos brevemente en cuáles eran las características principales del modelo anterior, el que caracterizó a las economías europeas en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial hasta la crisis de la década de 1970. La fortaleza de las organizaciones sindicales y de los movimientos de masas canaliza las importantes demandas sociales durante ese periodo, dando lugar a un patrón de distribución en el que los salarios reales se incrementaban aproximadamente al mismo ritmo (elevado) al que crecía la productividad. Esto suponía que el reparto de la renta entre trabajo y capital se mantenía estable, pero a la vez se aseguraba simultáneamente una mejora de la capacidad adquisitiva de los trabajadores (con lo que la demanda de consumo crecía) y una tasa de beneficios adecuada (con lo que también se garantizaba la demanda de inversión y la acumulación de capital). Esto se complementaba además con el compromiso de las autoridades con el objetivo del pleno empleo, la regulación del mercado –sin cuestionar su papel central– y la garantía de algunos derechos económicos y sociales básicos que se universalizan y, en gran medida, dejan de depender del nivel de ingresos (articulando el llamado Estado del Bienestar). Este modelo aseguraba un ritmo elevado de crecimiento potencial (por la acumulación de capital, que a su vez impulsaba a la productividad) y una demanda suficiente.

Al final del periodo, sin embargo, el crecimiento de la productividad y la rentabilidad del capital empiezan a deteriorarse por diversas razones. Lo que nos interesa destacar aquí es que la respuesta articulada para responder a esta disminución de la rentabilidad del capital es lo que llamamos genéricamente “neoliberalismo”, que cuestiona lo esencial del modelo anterior.

Con el fin de recuperar las tasas de beneficio se llevaron a cabo medidas que contribuían a erosionar la capacidad de negociación de los trabajadores y se impulsó una distribución de la renta en la que el peso de los salarios disminuía y, a cambio, aumentaba el porcentaje obtenido por las rentas del capital. Simultáneamente, los propios capitales buscan obtener mayores tasas de rentabilidad mediante su desvío hacia el ámbito financiero. Y para que ambos desarrollos sean posibles es fundamental el cambio que se produjo en las políticas económicas hacia la desregulación –en los mercados financieros y de trabajo principalmente–, la privatización, la erosión del Estado del Bienestar y en general de las políticas públicas, una menor progresividad fiscal y reducciones en la imposición del capital, la globalización, y el abandono del compromiso con el pleno empleo a favor de la estabilidad de precios y el equilibrio presupuestario.

Como vemos ampliamente en el libro, estos cambios en la distribución refuerzan el propio proceso de financiarización, y viceversa. Además, ambos fenómenos generan una tendencia a medio plazo hacia el estancamiento de la economía. En el caso del menor peso de los salarios, esto se deriva principalmente de su efecto depresivo sobre la demanda de consumo. Se suponía que este efecto de las bajadas salariales debería haberse compensado con  mayores tasas de inversión (por el aumento de la rentabilidad) o con un aumento de la demanda exterior (por un aumento de la competitividad precio). Sin embargo, la realidad es que, en general, estos efectos son demasiado débiles en el caso de las economías europeas para compensar los que se derivan directamente de las menores retribuciones de los trabajadores (por eso se dice que estas economías están “impulsadas por los salarios”, o que son wage-led). En el caso de la financiarización, también disminuye la demanda de inversión, como consecuencia del aumento de los beneficios distribuidos (el poder de los accionistas aumenta, y las empresas pueden retener un porcentaje menor de sus beneficios) y por un desvío creciente de capitales desde las inversiones productivas hacia las inversiones financieras o las actividades puramente especulativas.

Durante algún tiempo esta tendencia estructural hacia el estancamiento no se manifestó, porque las economías encontraron mecanismos para compensarlo; de hecho, el propio modelo produce endógenamente esta salida, pero no puede hacerlo de forma permanente. Aplaza el problema, pero no lo resuelve.

Algunas economías contrarrestaron esta tendencia mediante al recurso a la demanda externa, promoviendo las exportaciones, para lo cual aplicaron deliberadamente políticas aún más intensas de restricción salarial (como dijimos más arriba, en Europa el ejemplo más claro es Alemania). Obsérvese, sin embargo, que esta alternativa depende de que en otras economías la demanda interna (el origen de sus importaciones) sea suficientemente fuerte. Y en estas economías, en un contexto de restricción salarial, esto sólo es posible mediante el recurso a la deuda. Ésta fue la verdadera palanca del crecimiento en el modelo neoliberal… mientras duró.

El proceso de financiarización se relaciona con la creación de deuda en un doble sentido. Por un lado, como hemos visto, contribuye a reforzar la tendencia al estancamiento del sistema, y por tanto la necesidad de la deuda. Por otro lado, su propio desarrollo permite la aparición de instrumentos y mercados que facilitan el acceso al crédito: es parte del negocio. En cierto sentido, por tanto, crea el problema y a la vez genera la solución; pero una solución que sólo puede ser temporal.

También es importante destacar otra idea: la financiarización de la economía incrementa lo que se denomina como “fragilidad sistémica”. Una de las características de este proceso es que es cada vez más frecuente la existencia de agentes que se endeudan para financiar operaciones especulativas: adquisiciones a crédito de activos para revenderlos una vez que su precio se eleve, siendo posible con esta ganancia de capital devolver el crédito y obtener un beneficio. Esto lleva a asumir riesgos crecientes por parte de los agentes endeudados, pero también por parte de las entidades financieras, que obtienen importantes beneficios. Éstas no son en absoluto un agente pasivo del proceso, sino muy activo. Además, las innovaciones financieras y la falta de regulaciones les permitieron generar nuevos mecanismos para difundir ese riesgo por el conjunto del sistema financiero internacional. Riesgo creciente y mayor interrelación entre las distintas partes del sistema financiero suponen que cualquier acontecimiento que, por ejemplo, aumente los impagos o invierta la tendencia alcista del precio de los activos, tenga consecuencias desastrosas y que éstas se extiendan (“contagien”) de forma explosiva.

Los mecanismos que provocaron esta economía del endeudamiento no son exclusivos de la Unión Europea, sino que han afectado con carácter general al conjunto de economías desarrolladas, con las diferencias propias de cada realidad nacional. Sin embargo, en el caso de las economías europeas concurren además otros dos planos que debemos tener en cuenta e incorporar a nuestra explicación.

Como hemos señalado antes, el crecimiento pudo mantenerse dentro de este modelo por el recurso bien a las exportaciones bien a la deuda. La posición que cada economía puede ocupar en esta división entre exportadores-acreedores e importadores-deudores, y en general la evolución de los saldos por cuenta corriente, depende de distintos factores, pero en un porcentaje elevado está condicionado por la estructura productiva de cada economía. Los países que cuentan con un sistema productivo más sofisticado, con mayor peso de los sectores industriales y, específicamente, aquellas más especializadas en la producción de bienes más intensivos en tecnología, podrán desarrollar más fácilmente una estrategia de crecimiento basada en las exportaciones. Por el contrario, las economías cuyo crecimiento es más dependiente de las importaciones por carecer de un desarrollo suficiente del sector industrial, registrarán déficits exteriores estructurales. Si observamos lo ocurrido en estos años en Europa, no todos los países que podríamos considerar centrales han seguido una estrategia basada en las exportaciones (por ejemplo, Francia); en cambio, sí es cierto que todos los que han registrado superávits sistemáticos por cuenta corriente son países del centro, y todos los países de la periferia han crecido –en mayor o menor medida– acumulando déficits por cuenta corriente y deudas.

La constitución de la zona euro ha reforzado, finalmente, todas estas tendencias. En primer lugar, su diseño ha asumido de forma nítida los fundamentos y la agenda neoliberal, que ha contribuido a consolidar e impulsar. Aquí nos limitaremos a citar algunos ejemplos para ilustrar esta idea. Una vez que desaparecen los tipos de cambio dentro de la zona euro, las autoridades europeas identifican la restricción salarial como el instrumento básico para ganar competitividad frente al resto de miembros. A partir de ahí, la reducción en los costes laborales unitarios (CLU) es vista como el mayor éxito de la política económica, sin considerar cómo ésta se alcance o qué consecuencias tiene para el conjunto de la UEM. La disciplina presupuestaria a toda costa se ha situado también entre los objetivos principales de las autoridades, y eso no sólo ha impedido gestionar adecuadamente los problemas de demanda agregada, sino que ha privado a las economías periféricas de los recursos necesarios para aplicar las políticas industriales que requeriría su situación de dependencia de las importaciones. La liberalización financiera y la eliminación de controles en este campo, finalmente, han contribuido decisivamente al proceso de financiarización.

En segundo lugar, el euro también ha favorecido la aparición y ampliación de los desequilibrios por cuenta corriente entre centro y periferia. Lejos de ser un área que favorezca la estabilidad, lo cierto es que, por su diseño, ha sido más bien un potente desestabilizador.

Su propia creación afectó de manera desigual a las economías centrales y a las periféricas. Éstas experimentaban un fuerte impulso en sus demandas internas como consecuencia de una rápida reducción de los tipos de interés, al converger con los tipos más bajos de países como Alemania; al mismo tiempo, las primeras desplegaban una estrategia de fuerte contracción de su demanda interna y potenciación de sus exportaciones. En estas condiciones, la política monetaria única se convierte en un instrumento desestabilizador, porque los tipos de interés nominales resultan ser demasiado bajos para unos y demasiado altos para otros. Y estas disparidades se agravan al tener en cuenta las diferencias de inflación, que reducen el tipo de interés real en los países periféricos aún más que en los países centrales, dando lugar a la formación de burbujas de activos en los primeros.

Más aún, podríamos decir que el euro creó las condiciones ideales para la aplicación de las estrategias mercantilistas de países como Alemania; recordemos, no obstante, que la otra cara del “éxito” alemán (sus superávits por cuenta corriente) son precisamente los déficits del resto de países. Esto es así por varias razones, que explicaremos detenidamente en el capítulo 5 y que aquí nos limitamos a mencionar de manera sucinta: al desaparecer los tipos de cambio nominales, los demás países no pueden utilizar las devaluaciones para compensar los efectos de las políticas mercantilistas; el superávit de Alemania propicia la apreciación del euro hasta que se recupera el equilibrio de la zona euro con el resto del mundo, pero este ajuste no afecta tanto a las exportaciones alemanas como a las de otros países pertenecientes a la unión monetaria, que son más elásticas al precio; la integración financiera permite que se puedan financiar durante más tiempo déficits crecientes en la periferia, cebando las burbujas; la UEM no cuenta con ningún mecanismo institucional que impida la acumulación de desequilibrios por cuenta corriente o que favorezca el “reciclaje” de los superávits en forma de mayor gasto.

Resumiendo lo que hemos señalado hasta aquí, tenemos que los cuatro factores que hemos ido articulando crearon las condiciones, reforzándose unos con otros, para que se desarrollara en estos años un modelo de crecimiento que había cambiado los salarios por la deuda como motor fundamental de su desarrollo. Obviamente, este modelo es muy frágil, y tarde o temprano los efectos recesivos de una acumulación excesiva de deuda lo hacen insostenible. Esto ocurrió en 2007, y el resultado es el periodo que se conoce como la Gran Recesión, en el que aún nos encontramos cuando escribimos estas líneas.

Esta crisis se manifiesta a su vez en distintas formas, que han ido presentándose con intensidad variable a lo largo del tiempo. La primera manifestación fue la “crisis financiera”, o los problemas de importantes instituciones financieras de Estados Unidos y de Europa que se derivaron del pinchazo de las burbujas de activos. Rápidamente, estos problemas se tradujeron en dificultades de acceso al crédito para familias y empresas. Al haber sido la deuda el motor principal de las economías durante estos años, globalmente consideradas, apareció una “crisis de crecimiento y empleo”. La caída de la actividad, y por tanto de los ingresos fiscales, y las transferencias de recursos hacia las instituciones financieras, dio lugar finalmente –después de la crisis, no antes– a la aparición de abultados déficits presupuestarios y al crecimiento de la deuda pública. Las características del marco institucional del euro, y particularmente la falta de respaldo del Banco Central Europeo (BCE) o la inexistencia de un presupuesto global o de algún mecanismo de transferencia de renta, acabaron provocando entonces la “crisis de deudas soberanas”; es decir, la dificultad de algunas economías para obtener financiación en los mercados internacionales, medida normalmente por las primas de riesgo.

Concluimos este apartado con dos breves observaciones finales. El análisis convencional de la crisis de la zona euro suele identificar ésta como una crisis de competitividad de los países periféricos y una crisis de deuda soberana, recomendándose como terapia la devaluación salarial y los recortes fiscales. La exposición que hemos hecho hasta aquí muestra claramente: que no compartimos en absoluto ese diagnóstico. Centrar la atención en la crisis de deuda soberana nos parece completamente inadecuado, al ser una consecuencia de la propia crisis estructural. En consecuencia, las políticas que se recomiendan nos parecen desacertadas. De hecho, podríamos decir que estas políticas son hoy uno de los factores principales para la prolongación de la crisis.

Una segunda observación es que la crisis ha puesto en cuestión no sólo el modelo de crecimiento de la periferia –basado en la deuda– sino también el modelo basado en las exportaciones, que sorprendentemente se pone como ejemplo a imitar por parte de los países periféricos, como si fuera posible su generalización. En realidad, este modelo sólo puede funcionar si la demanda crece rápidamente en otros países. Por ello, los efectos de la recesión están afectando también, aunque con algún retardo, a los países del centro de la zona euro. Siendo esto cierto, sin embargo, también lo es que hay una asimetría en los efectos que la crisis tiene en el centro (acreedores) y en la periferia (deudores), no siendo la menos importante la que se produce en términos del poder de una y otra parte para forzar una solución más favorable a sus intereses.

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