El 5 de octubre comienza un cambio de régimen

Women's_March_on_Versailles01Publicado en Diagonal

El 5 de octubre de 1789 centenares de mujeres encabezaron una marcha que cambió el rumbo de la Revolución Francesa, y quién sabe de cuántas cosas más.

Semanas antes, la Asamblea Nacional Constituyente había aprobado los decretos que ponían las bases para acabar con los privilegios feudales así como, el 26 de agosto, votó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. El Gran Miedo que sobrevino en forma de disturbios por todo el país tras la toma en julio de la Bastilla había conducido a los nobles de la Asamblea a renunciar a sus privilegios. Los decretos y la Declaración, sin embargo, precisaban de la firma del rey Luis XVI para entrar en efecto. Y este no parecía por la labor. Quizá, quién sabe, pensaba como Mariano Rajoy: aguantaré a que pase el temporal.

El caso es que las mujeres de París organizaron un auténtico huracán que trasladaron hasta la misma sede del poder, el Palacio real en Versalles. Protagonistas de sus barrios en una sociedad de puertas abiertas y ayuda mutua cotidiana, las lavanderas del Sena, las trabajadoras de las incipientes fábricas textiles, y especialmente las mujeres de los mercados, dominaban aspectos clave de la vida local. Su autoridad moral servía para hacer frente a los alguaciles que acudían a desahuciar inquilinos agobiados por las deudas. También defendían de la policía a los mendigos, y eran las más habituales mediadoras en cualquier pelea. Su dominio abarcaba todo lo que concernía al pan, alimento principal de las clases populares y cuya carestía o subida de precios causaba auténticos estragos entre la población.

Junto al enroque del rey, que parecía jugar con el tiempo a su favor, el comienzo de octubre había venido marcado por la escasez de pan. Hay testimonios y artículos de prensa que indican que la posibilidad de ir directamente a Versalles se estaba barajando durante los días previos. Los grandes comerciantes de pan estaban directamente relacionados con ministros, miembros de la Corte y con el propio monarca. No es por tanto casualidad que a este se le llamara popularmente “panadero”. En ocasiones precedentes grandes estipendios de los poderosos, o problemas económicos de estos, habían repercutido directamente en alzas de precios. De ahí el runrún sobre Versalles.

Pero la magnitud del levantamiento popular aquel 5 de octubre no se esperaba. Se movilizaron las mujeres del histórico mercado central parisino (les Dames de la Halle) y las mujeres del algo más distante Faubourg Saint-Antoine, algunas de las cuales habían participado en la toma de la Bastilla. Alrededor de 7.000 mujeres se plantaron ese día bajo el sonido de las campanas de varios distritos en el Hôtel de Ville, sede de la Comuna de París, exigiendo a los concejales de la ciudad pan y armas. Pero había algo más.

Desde que un año antes se había anunciado la apertura de los Estados Generales en Francia, el imaginario político de sus habitantes había mudado a velocidad de vértigo. Gracias a los cuadernos de quejas, en cada barrio y pueblo del país se produjeron encuentros y debates vecinales para expresar las demandas más acuciantes de cada cual al gobierno. La sucesión de panfletos y de nuevos periódicos, así como la proliferación de los clubes políticos, habían refinado el lenguaje político. La toma de la Bastilla les había mostrado dónde estaban los centros de poder que importaban para resolver sus problemas más acuciantes.

Las crónicas coinciden en que aquel día llovía en París. A pesar de que enseguida lograron acceso a los almacenes del ayuntamiento, se buscaba resolver el problema del pan de un modo permanente. Ir a Versalles suponía una marcha de varias horas. Pero allá fueron, bajo la lluvia, mientras la gente de los suburbios se les iba uniendo. Iban armadas y por el camino se hicieron también con varios cañones.

Al llegar a Versalles, la multitud no rodeó la Asamblea Nacional; la ocupó. Allí se escucharon sus demandas y poco después los manifestantes acamparon frente al Palacio Real. Esa noche llegó la Guardia Nacional parisina, cuyos soldados estaban deseosos de unirse a las protestas. Gracias a su apoyo la multitud pudo atravesar, al día siguiente, las puertas de palacio superando la oposición de los guardias reales. Hubo algún episodio de extrema violencia, se llegó entrar en palacio y la vida de María Antonieta corrió serio peligro. Como consecuencia de este episodio las cabezas de algunos guardias reales acabaron clavadas en picas. Pero la situación la calmó el todavía prestigioso La Fayette, al mando de la Guardia Nacional, quien al parecer medió instando al monarca a salir al balcón.

La gente pudo así ver directamente al panadero, al que aún se respetaba pero al que ya no se dudaba en gritar imperativamente: “¡A París!”. El rey estaba recibiendo órdenes del pueblo. Y las tuvo que acatar. Así que a la capital se lo llevaron, junto al resto de la familia real, esa tarde del 6 de octubre de 1789. En la comitiva de vuelta, que ya sumaba 60.000 personas, iban también varios carromatos llenos de grano junto a un pueblo alegre que, quizá, no era todavía del todo consciente de que a partir de ese día una nueva expresión iba a propagarse por el mundo y por la historia: “Antiguo Régimen”.

La noche precedente, rodeado por el pueblo parisino, el rey había accedido a firmar los decretos de agosto y la Declaración de Derechos del Hombre. Pocos días después la Asamblea también se trasladaría a París para instalarse en el entorno del Palacio de las Tullerías. Allí monarca y diputados estarían más controlados por el pueblo, a buen recaudo de las intrigas cortesanas de Versalles. En apenas dos días se había salvado la Revolución, abolido gran parte de los privilegios feudales, firmado la Declaración de Derechos y se había demostrado al rey que no era invencible, ni mucho menos divino, y que a partir de ahora era el pueblo el que mandaba. Un régimen había caído para siempre.

Las jornadas del 5 y 6 de octubre de 1789 muestran que ciertos anhelos revolucionarios permanecen con el paso de los siglos.

*

Al igual que eventos más recientes como el argentinazo de 2001 o las revoluciones de la primavera árabe, para que la chispa prenda debe darse a su alrededor una tormenta perfecta de descontento y despropósitos gubernamentales, junto a una base popular organizada y politizada. Como ya indicara Rosa Luxemburgo en su estudio sobre las huelgas generales e indefinidas que se propagaron por Rusia entre 1902 y 1905, por mucho que sindicatos y líderes de izquierda hubieran tratado previamente de propagar la huelga, esta se desencadenaría de manera espontánea. Y una vez iniciado el proceso revolucionario, los líderes iban a seguir los acontecimientos con la lengua fuera. Algo parecido a lo que varios militantes de movimientos políticos madrileños me contaban que les sucedía durante las jornadas que siguieron al 15 de mayo de 2011 en Madrid. Imagino que algo semejante a lo que está pasando hoy en Baleares.

Qué duda cabe que para que en enero de 1905 cerca de 200.000 obreros se declaren en huelga y marchen ante al palacio del zar, el detonante de los dos trabajadores despedidos en las canteras de Putílov no nos explica ni mucho menos todo. Huelgas por toda Rusia los meses previos –una auténtica “marea”, como relata Luxemburgo– y una politización creciente de la población mediante la propia acción, mostraron que sí se podían rebajar los horarios de trabajo a ocho horas, e incluso lograr en algunos lugares aumentos salariales. A costa de varios muertos, es verdad, entre ellos familias enteras; pero otras ciudades lo habían logrado.

Este 5 de octubre de 2013 desde organizaciones ligadas al 15M se llama a la gente a volver a Sol. Bajo el lema Fuera mafia. Hola democracia, se busca que la indignación por la corrupción, hoy todavía recluida en los hogares, salga para expresar que somos un pueblo más digno que nuestros gobernantes. La corrupción destapada a partir de casos como Bárcenas-Gürtel o los ERE en Andalucía muestran que no son casos aislados, sino modos de actuación de un régimen político acostumbrado a las concesiones públicas tramposas, a la financiación irregular de sus principales partidos, a la cooptación en beneficio propio de las principales instituciones del Estado. Un régimen que hoy día no duda en elevar la represión contra las minorías más activas políticamente, así como contra la población más vulnerable económicamente. La detención de defensoras de los derechos humanos por parte de la policía secreta, los dispositivos de hasta cien antidisturbios para echar a familias sin recursos de sus viviendas sociales, el hostigamiento policial contra los inmigrantes, nos están mostrando que podemos estar ante los últimos estertores de un sistema político. Pero también, en pleno cambio brusco de modelo político y económico, podemos estar ante el fortalecimiento de un nuevo régimen menos democrático e igualitario con la complicidad de la famosa mayoría silenciosa.

Por eso es importante salir este sábado a las calles, volver a Sol. Hemos intentado rodear el Congreso y acampar frente al Palacio Real, como en 1789. Pero no ha salido, lo que no significa que no haya servido. Una de las virtudes del actual ciclo de protestas es su rechazo explícito de la violencia. Esto nos hace más fuertes. Pero a la vez nos deja inermes frente a la cada vez más dura represión policial.

Es por ello que necesitamos de todos los que sufren los despidos, los recortes salariales, la privatización de la sanidad, los recortes en Educación, las expulsiones de la Universidad. De todas las que sean capaces de solidarizarse con quienes lo sufren. De quienes amen la libertad. En Argentina las clases medias salieron al fin, corralito mediante, y un presidente tuvo que huir en helicóptero de la Casa Rosada. Precisamos de todas las gentes que encontraron en el 15M un movimiento histórico del que formar parte.

Los cuadernos de quejas que hemos elaborado estos meses de discusiones, lecturas y mareas nos permiten afrontar el reto de saludar una nueva forma política más democrática. Sería deseable que instásemos a los líderes políticos y sindicales a tratar de seguirnos, obligándolos a conformar un frente amplio o unidad popular que coordine luchas electorales y movilizaciones. Respetando, sí, las diferencias y autonomías de cada cual. Pero coordinando, por favor. Sin varias manifestaciones un mismo día, sin disputas ególatras inútiles, con una organización que atempere el cainismo entre facciones, sin burócratas temerosos de perder sus ínfimos privilegios en un momento histórico único, de cambio acelerado de imaginarios y agresiones feroces contra la ciudadanía.

La renuncia a la violencia no debe llevarnos a protestas rutinarias que los gobernantes perciban como “fiestas de cumpleaños”. Se debe ser más incisivo en los objetivos de la protesta. Poner en primer plano las huelgas indefinidas, la desobediencia civil. Alentar el coraje de la rebelión interna en aquellas organizaciones políticas o sindicales inmóviles, cómplices finalmente con el régimen. Pues se antoja que es tiempo de valientes.

Se precisa un proyecto democrático que genere ilusión porque hay base para ello; no más humo. Atreverse a la transformación radical, no conformarse con la gestión amable de la crisis. Pensar si queremos tocar la sede del poder en lugar de desgastarnos en una plaza, y cómo queremos hacerlo sin poner a nadie sobre una pica. Pensar cómo podemos convertir nuestra indignación por el robo de servicios públicos en una marea que despida a la mafia y sus prácticas para instaurar, poco a poco, una democracia digna de tal nombre.

Este es el objetivo del 5 de octubre. Hoy, como ayer, el régimen tan solo puede caer si salimos a la calle y nos ponemos a hacer política con los objetivos más altos en mente.

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2 pensamientos en “El 5 de octubre comienza un cambio de régimen

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