Sobre lo político

Publicado en eldiario.es

En la vorágine a la que nos vemos abocados en plena crisis, con la política oficial española en caída libre, se están difundiendo una serie de confusiones básicas que afectan a lo político. Mientras las encuestas constatan la honda desafección ciudadana frente a la clase política, diversas voces —entre las que destacaría el artículo de José María Lasalle en El País hace unas semanas— han alertado de que las protestas ciudadanas en torno al 15M-25S pueden ser el perfecto caldo de cultivo de la antipolítica. Esto ha ido preparando el camino a una escalada represiva que ha culminado el pasado 27-O con la apertura de un expediente, por parte de la Delegación del Gobierno en Madrid, a 300 personas… por manifestarse.

Me gustaría así rebatir, apoyado por algunos avances de la teoría democrática en las últimas décadas, estos argumentos. De hecho, lo que mantendré a continuación es justamente lo contrario: el 15M-25S supone una extraordinaria reivindicación democrática de lo político.

En realidad, la precaución contra los peligros de la libre participación política de los ciudadanos en las calles no es nueva. Esta tesis tuvo un indudable éxito a partir del libro de Joseph A. Schumpeter, Capitalismo, socialismo y democracia (1942). El autor austriaco escribía sobre la irracionalidad política de las multitudes en una época en que los movimientos totalitarios arrastraban a la masa tras de sí, y lo quiso contrarrestar con lo que llamaría el “método democrático”.

La solución de Schumpeter, sin ser tampoco original, estaba formulada de manera directa y cruda. Apostaba por crear una “división del trabajo” en el terreno político, dejando su desempeño a profesionales, mientras la ciudadanía sólo votaría cada largos períodos de tiempo. La gente común podía ejercer perfectamente la medicina, la abogacía o la jardinería, ser buenos amigos, padres, madres o amantes, pero jamás comprenderían las intrincadas complejidades de la política, la economía política o las relaciones internacionales. Cuando querían participar en política, lo estropeaban todo. Literalmente, para Schumpeter en este terreno éramos “infantes” manipulables, “primitivos” sin entendimiento, y en definitiva, seres “de inferior prestación mental”.

La clase política schumpeteriana, mientras, debía dedicarse a un cometido principal: luchar por el poder mediante cualquier medio posible salvo las armas de punta y fuego. La política era una carrera, y era dura. Para ello los políticos se encuadrarían en partidos burocratizados, donde también pugnarían por el poder contra las diversas facciones que lo conformaban.

Es evidente que el modelo triunfó. O fue muy bien descrito por el austriaco.

El caso es que a partir de finales de los años sesenta, al calor de las protestas contra la Guerra de Vietnam, de la defensa de los derechos civiles y desde las reivindicaciones feministas, surgió en Estados Unidos una corriente teórico política que, influida por figuras como Hannah Arendt o Sheldon S. Wolin, apostó por otra manera de comprender la política. Estoy hablando de autoras y autores como Carole Pateman, Peter Bachrach o, ya más adelante, Benjamin Barber.

Para construir lo nuevo, antes se debía criticar lo dominante, es decir, el modelo político schumpeteriano que el pluralismo liberal norteamericano de posguerra había adoptado como punto de partida. Pateman y Bachrach fueron muy claros: participación en la política no es lo mismo que participación democrática en la política. El movimiento totalitario era jerárquico, fanático, con una estética y una organización básicamente militares. Se obligaba a una movilización perpetua de sus integrantes, y se daban diversos dogmas que impedían la entrada a cualquiera que simplemente dudara de ellos. Se glorificaba la violencia, se rendía culto al líder, se machacaba a los diferentes y excluidos. Estaba prohibido pensar, y por supuesto expresarse, en libertad.

Lo político para Arendt y Wolin, como luego fue también recogido por Pateman y compañía, era precisamente lo contrario. En primer lugar, lo político era sinónimo de democracia, es decir, de poder popular. Todo el mundo podía participar en las discusiones sobre lo común, en las decisiones abiertas y plurales sobre lo público. Si nos afecta a todos, ¿cómo no decidir entre todos? El poder sosegado de la palabra en la política se mostraba antitético a los ruidos y alaridos propios de la violencia. La pluralidad de opiniones entre la gente reunida en las asambleas decisorias, donde se cultiva la amistad política de un modo que Carl Schmitt jamás entendería, era la antítesis del grito unánime de los congresos de los movimientos totalitarios, del silencio cobarde de los sometidos por la jerarquía. El reparto equitativo del poder se oponía, de manera rotunda, a las grandes desigualdades y dominaciones; es más, suponía un primer paso para acabar con ellas.

Esta política no era una quimera. Ejemplos como la revolución espartaquista de 1918-19, la rebelión húngara contra el estalisnimo en 1956, o algunos de los episodios de organización estudiantil en la Norteamérica de los sesenta, se cuentan entre los ejemplos mencionados por estos autores. Eso sí, como Wolin reconocería lacónicamente, esta era una democracia “fugitiva”, casi evanescente, que tan pronto sucumbía asesinada en un canal berlinés por la triunfante socialdemocracia alemana, como era arrasada por los tanques soviéticos, o rociada con gases y balas por el entonces gobernador Ronald Reagan en Berkeley. Wolin comprendía que se trataba de una política revolucionaria por su audacia, y por el peligro que suponía tanto para las elites profesionales de la vieja política como para las elites dominantes del capitalismo. De ahí la cruenta persecución sufrida.

Esta política, democrática y fugitiva, es la que ha dominado el 15M y el 25S. Decía Barber a comienzos de los años ochenta que había dos políticas en su país: la procedente de Washington, con la mayoría de sus congresistas y senadores electos negociando entre lobbies alejados de lo público, encuadrados en partidos sectarios, jerárquicos, con deudas bancarias e intereses muy concretos; y otra que cada día se desarrolla en las calles de nuestros barrios, entre la gente que se preocupa por el estado de sus hospitales, que se organiza para defender la enseñanza pública, que resiste contra la contaminación industrial y lo nuclear, contra la corrupción de sus representantes locales, que monta cooperativas de consumo, o que defiende a los inmigrantes de las redadas de la policía. Por supuesto que se pueden encontrar representantes honestos en la primera, o auténticos malvados en la segunda. Pero no estamos hablando de eso, sino de las concepciones de la política que subyacen.

Sin surgir de grupos políticos maduros—sino principalmente de una juventud inexperta en la materia, que quería sencillamente que las palabras sagradas de sus mayores (libertad, democracia, igualdad) fueran reales—, qué duda cabe que es a partir de esta segunda política de Barber desde donde estos últimos meses se ha tratado de avanzar en las plazas de toda España, así como en otros países donde cundió el ejemplo.

Esta es la política también que Hanna Pitkin, considerada hoy día la gran teórica contemporánea de la representación política, indicaba que se debía seguir desarrollando para avanzar en democracia. Para ello, creía Pitkin, era necesario recordar todo lo aprendido sobre participación política democrática. Esto no significaría acabar con la propia representación política. A partir de la experiencia que estamos sufriendo, parece necesario llevar a primer plano el debate sobre qué significa una representación democrática y qué es en cambio simple representación de intereses espurios. Son aspectos sobre los que pensar, discutir y escribir. Sobre los que construir algo real.

La indignación contra la clase económica dominante nos sirve de espuela a la ciudadanía para salir de nuevo a reivindicar lo político como sinónimo de democracia. El propio Wolin, allá por 1960, nos indicaba que el signo de los tiempos lo iba a marcar la sublimación de lo político por la economía. Y ahí seguimos, si cabe de manera más agudizada. Esta sublimación ha sido posible merced a la pleitesía, cuando no connivencia,  que ha mostrado el grueso de la política oficial hacia los grandes intereses del 1%.

Es finalmente denunciando esta gran política, sus grandes fallas, como se construye de manera amplia una política que se quiere democrática y cercana. Esta es la política que va surgiendo de la libre discusión y de las reuniones de más de 20 personas, la que se organiza desde el respeto, la que se manifiesta contra el sinsentido del ataque a lo público, la que resiste la violencia policial, la que le encanta disentir y cuestionarse, la que reclama dialogar sobre lo justo y lo injusto, decidir sobre lo conveniente e inconveniente para la ciudad; es la que se atreve a formular colectivamente nuevos proyectos de ciudad y de país para llevarlos a cabo. Es una política tan antigua, o más, que Aristóteles, quien ya defendía todo esto hace milenios. Porque no somos hormigas ni abejas, con sus obreras, sus zánganos y sus reinas, decía el de Estagira. Porque somos algo más. Somos dignos animales de polis.

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6 pensamientos en “Sobre lo político

  1. Hace unos días, leyendo “¿Qué es la filosofía política?” -con tus propias anotaciones, además!- me sorprendía, amargamente y en contra de lo que había pensado siempre, estando de acuerdo con Alfarabi en su lectura de Platón: de una manera u otra, en el fondo la realidad política siempre será profundamente tiránica.
    Ello coincide con el incansable bombardeo que se sufre, de parte de algunos profesores, con ese argumento de que la protesta es antipolítica.
    Enhorabuena y gracias por tus textos, ayudan a no perder el norte. El norte y el optimismo.

  2. Víctor,
    soy una antigua alumna tuya. He sentido emoción al leer tus palabras, al revivir los autores a los que nos acercaste, y al verlos esta vez aplicados a una realidad que nos ahoga todos los días, pero que también nos llena de esperanza para seguir reivindicando lo político. Este texto es la mejor clase magistral que he recibido en los últimos tiempos. Me alegro mucho de haber descubierto este blog y este colectivo (lo siguiente que voy a hacer es informarme sobre él), aunque sólo sea por seguir leyéndote. Te echamos de menos en la UAM. Saludos y optimismo para continuar.

  3. Me ha gustado mucho el artículo Victor. Soy Álvaro Monsó, no sé si me recordarás pero fui alumno tuyo y colaboré en tu anuario de teoría política hace dos años con Carlos Fernández. Quería comentar para preguntarte acerca de una duda que me ha surgido desde hace algún tiempo. Estando plenamente de acuerdo con las premisas de esta corriente renovadora de lo político y su confrontación con la concepción schumpeteriana imperante, ¿por qué se ha omitido el hecho de que sus presupuestos son casi totalmente coincidentes con la democracia horizontal propuesta por el anarquismo?
    Entiendo que quizás las connotaciones negativas que conlleva el término ‘anarquía’ hoy en día es una razón para intentar desmarcarse de ella. Pese a que siempre se podrían usar términos algo eufemísticos como ‘comunismo libertario’, en ocasiones tengo la sensación de que es ese miedo al término lo que ha provocado realmente su omisión. En mi opinión, la búsqueda de una política del día a día, fundada en el rechazo a las jerarquías, donde la igualdad democrática tenga una expresión real en la horizontalidad de las asambleas a nivel local, y donde la concepción antropológica sea una postmaterialista, donde las personas son seres humanos y no meros datos macroeconómicos, está muy en sintonía con las reivindicaciones renovadoras del anarquismo. Asimismo, el postmaterialismo, como rechazo a la cultura consumista capitalista, así como la crítica a diversas estructuras de poder (políticas, legales, familiares, patriarcales, sexuales) por ser inherentemente corruptas y producir rígidas dicotomías perpetuadoras del establishment, son también puntos en común. Un artículo muy interesante que habla sobre el tema es ‘The New Anarchists’ de David Graeber en la New Left Review (aunque aborde el tema desde la perspectiva del movimiento alterglobalización, sus argumentos son extrapolables al contexto actual).
    Quizás este rechazo a abrazar el anarquismo se funde más en la aversión de Arendt a la ideología como herramienta constreñidora del pensamiento político libre. Sin embargo, creo que, en última instancia, el anarquismo y la renovación democrática post-schumpeteriana (con sus esporádicos surgimientos mencionados en el artículo) se fundan en la misma base teórica. ¿Qué opinas?

    • Hola Álvaro, interesantísimo tu comentario.

      Me he leído también el texto de Graeber que recomendabas, y coincido con él en que las resistencias actuales deben mucho a las pasadas. Walter Benjamin hablaba de los pasados oprimidos, silenciados, como semillas preñadas de posibilidades. Y Reyes Mate lo explicaba magistralmente al recalcar que la acción política presente es en muchos casos inexplicable sin la tradición del sufrimiento pasado, de la experiencia transmitida generación a generación por los vencidos.

      Qué duda cabe que el anarquismo está en la base de muchas de las luchas actuales por la democracia. Esto sin embargo no quiere decir que la teoría democrática que parte de Arendt o Wolin sea anarquista, pese a los importantes elementos que puedan tener en común.

      La discusión da para mucho más que un comentario, y hay que seguir (al menos por mi parte, que no soy un especialista en el anarquismo) pensándola. Por lo pronto, recomendaría comenzar con un excelente artículo de Joel Olson, “The Revolutionary Spirit: Hannah Arendt and the Anarchists of the Spanish Civil War”.

      Si recuerdas, Arendt causó una cierta polémica teórica al proponer en su obra Sobre la revolución que lo político debía resolverse antes que lo social. Con esto quería decir que una vez resuelto el reparto equitativo de poder entre la ciudadanía, esta podía ponerse a resolver las cuestiones que tuvieran que ver con la distribución. Grandes revoluciones habían fallado porque elites revolucionarias, una vez tomado el poder, se habían apropiado de las justas demandas sociales del pueblo para colocarse ellas en primera línea y así controlar, entre otras cosas, la economía. La urgencia frente a la pobreza, o la existencia de un enemigo amenazante, era su excusa; no había tiempo para crear espacios públicos democráticos y libres.

      Por otra parte Arendt ha resultado ambigua a muchos de sus intérpretes al apostar por la república, y al mismo tiempo por los consejos. Para muchos, se trata de un intento de establecer una participación democrática directa, no jerárquica, en un sistema representativo con el que convivir. El gran problema para Arendt consistía en cómo mantener el espíritu de aquellos ciudadanos que anhelan participar en lo público durante una revolución…. una vez esta ha pasado. La constitución de la libertad es a menudo más difícil que la liberación, solía decir. Un sistema meramente representativo suele acabar con este espíritu, y finalmente con la democracia. De ahí su apuesta por impulsar los consejos democráticos de ciudadanos.

      Es más, según algunos autores (que se basan en citas de la propia Arendt), un sistema de consejos organizado federalmente se opondría a un sistema de partidos; el primero podría configurar una nueva política, más democrática que la representativa.

      Olson explica y comprende estos elementos perfectamente. Lo que hace en su artículo es aplicarlo al caso de la Revolución española llevada a cabo por los anarquistas al comienzo de la Guerra Civil. En primer lugar, estos no participaban de la ambigüedad de Arendt: la política representativa era burguesa, y su objetivo era abolir el Estado político y jurídico que le daba base. En segundo lugar, y a pesar de que la CNT fue la única que llevó más lejos el espíritu revolucionario del que habla Arendt a la hora de crear las bases para una participación democrática efectiva, directa, a través de la participación popular en decisiones clave sobre lo público… finalmente dejó en manos de sus comités el poder sobre la distribución en grandes áreas que estaban bajo su control.

      A pesar de crear empresas autogestionadas, democráticas, en grandes zonas industriales, a pesar de impulsar asambleas que llevaran adelante la colectivización agraria; y a pesar de su rechazo a la burocracia y a los representantes, Olson concluye, apoyándose entre otros en Daniel Guérin, que una vez alcanzado el poder en ciertas regiones la CNT no quiso extender el modelo de los consejos o comunas. Fueron sus comités quienes se encargaron de la producción, de la distribución, de la justicia. Antepusieron una vez más lo social (y su control) a lo político (y su democratización).

      Luis Buendía, miembro del Colectivo Novecento y gran estudioso de las experiencias anarquistas en España, me indica que el tema es mucho más complejo. Es decir, fueron distintas las experiencias en el campo que las de la ciudad, o por concretar, no es lo mismo lo que sucedió en Alcoy que lo que sucedía en el campo aragonés.

      Para ir concluyendo, pienso que ambos, Arendt teóricamente, y los anarquistas españoles en el terreno —a pesar de sus errores puntuales—, demuestran que la capacidad popular para organizarse democráticamente, para repartirse el poder a la hora de actuar y decidir sobre lo público, es posible. De ahí que la comparación que haces, Álvaro, es muy pertinente.

      Luego, efectivamente, diría como tú que Arendt o Wolin son muy reacios a encasillarse ideológicamente; prefieren lo que denominan el pensar libremente. También conocen demasiado bien el sectarismo de la política de grupos, por muy abiertos que estos digan ser. Y finalmente, ingenuamente o no, la resistencia de estos autores a crear una concepción de lo político basada en un enemigo a eliminar (o a convencer) les aleja a mi modo de ver de apuestas como el anarquismo. El concepto clave aquí es el arendtiano de pluralidad.

      Como te decía, es un tema que da para mucho. Las actuales resistencias democráticas, y más en España, deben mucho a los anarquistas, de quienes es preciso aprender tantas cosas. Pero no sólo. Y más aún, se deben inventar nuevas posibilidades sobre la experiencia presente, más libres. Arendt se negaba a marcar ninguna hoja de ruta: que decidan los ciudadanos reunidos y organizados en los consejos, decía.

      Eso sí, este tema me lo guardo para seguir pensándolo. Como no me canso de repetir, los grandes estudiantes (como Héctor, Elisa y ahora tú) son los que más nos animan a pensar, estudiar y aprender. Así, cómo no se os va a echar de menos :-).

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