Democracia o propaganda

“Estrategia de comunicación para el triunfo del Partido Popular en las próximas elecciones generales”.

Julio Somoano, actual director de RTVE.

(Título de su Tesina de fin de Máster, UAB, 2005, descargable aquí).

Si la persuasión política destaca por ser una fina violencia que nos invade en la discusión, casi en el límite de lo aceptable, la propaganda se caracteriza por su tosquedad. Si la primera ya era importante para los antiguos griegos, la segunda logró dar el gran salto con los avances tecnológicos del siglo veinte. En el juego de la actual democracia electoral, ambas han logrado una amplia legitimación.

Recordemos que una de las grandezas de la democracia, teóricamente, reside en que cualquiera puede tomar la palabra para exponer su verdad, aceptando que el resto tenga las suyas. Esta pluralidad nos permite escucharnos, cambiar incluso de posición y acrecentar amistades con quienes expresan de forma honrada, también fundamentada, sus verdades políticas, aunque no coincidan con las nuestras. Todo ello se cortocircuita cuando la persuasión malintencionada o incluso el engaño se abren paso en este sano intercambio. Más aún cuando son poderosas organizaciones las que organizan los implantes y las mentiras a gran escala.

En palabras de George Santayana, la propaganda trata de “controlar, intencionalmente y valiéndose de influencias sociales, el movimiento de las ideas”. A renglón seguido, quien quizá sea el filósofo español más valioso del siglo veinte, establece una distinción fundamental: “la propagación es natural; la propaganda es artificial”. La propagación surge de la armonía entre la semilla y un suelo fértil. Hay que cuidar y animar que este encuentro se produzca, pero se deja actuar a la naturaleza en libertad. Mientras, la propaganda rastrilla suelos, arranca hierbajos y suele plantar productos exóticos a los que jalea a cada instante en su crecimiento. Para Santayana, la moral y los intereses políticos honrados se propagan por sí mismos. Es lo que sucede también con la ciencia y la poesía honrada, dirá: poseen un encanto natural que las hace ser apreciadas y difundidas sin que sus proponentes hagan apenas ningún esfuerzo. Todo ello es precisamente lo contrario que hace el fanático, siempre impaciente por incrustar sus visiones en los otros, por expandir de forma monopólica su gran idea o hallazgo. El fanático, prosigue Santayana en Dominaciones y potestades:

“no permite que los pensamientos que han de ser transmitidos se recomienden a sí mismos por su propia claridad y elocuencia, tampoco pueden las virtudes acreditarse solas por su dignidad y dulzura intrínsecas. Han de emplearse también las voces y las repeticiones, los elogios, la influencia personal, los afectos, los intereses particulares y la difamación de todas las cosas, en espera de que la presión social y una especie de coacción hipnótica consigan desviar y canalizar el curso espontáneo de las ideas”.

Santayana escribe en un tiempo de enconados debates en torno a la propaganda. Desde la ciencia política norteamericana, uno de sus grandes pioneros, Harold Lasswell, había escrito una polémica tesis doctoral durante los felices años veinte: Propaganda Technique in the World War. Lasswell observaba la propaganda como un novedoso instrumento que, con las novedades técnicas, podía alcanzar un gran desarrollo; no lo consideraba como algo en principio moral o inmoral. Por tanto, la democracia podía hacer uso de ella sin ningún reparo para fines benéficos. Además del “rápido advenimiento de los cambios tecnológicos”, Lasswell comprende que sobreviene la época de los votantes y la opinión pública, y en ella los argumentos y la persuasión van a erigirse como los grandes sustitutos de la violencia explícita y la intimidación (este artículo suyo de 1927 compendia algunas de sus tesis).

John Dewey, pragmatista cercano a Santayana, con quien se han establecido interesantes analogías y diferencias, introducirá frente a Lasswell una postura clara en el dilema sobre el uso la propaganda a favor de la democracia: al igual que hará Santayana, Dewey no la admite. La educación cívica en cuestiones como la deliberación o el juicio —que se llevan a cabo en encuentros públicos en libertad—, serán los caminos por los que la democracia podrá derrotar a la oscura manipulación propagandística. Mientras advierte del gran poder moderno de esta, Dewey apuesta por la educación como el mejor antídoto para frenarla.

Este no es un debate periclitado. Ya acercándose el fin del siglo veinte, Umberto Eco defendía en otro artículo la persuasión a la vez que  admitía la propaganda en determinados casos. Para ello se valía del ejemplo de la propaganda antiterrorista impulsada en los ochenta por el Estado italiano a todos los niveles. Esta le parecía digna de defensa. De nuevo, como Lasswell, se admite el uso de la propaganda para fines justos, o democráticos. Dewey y Santayana objetarían frente a la postura de Eco que la propaganda no es democrática: principalmente porque, como la persuasión hace de manera más sutil, accede sin permiso al interior de los ciudadanos para alterar las pautas de su gobierno.

La propaganda no respeta así las ciudadelas internas de los individuos. Acaba con la integridad y libertad del ciudadano. Representa al fin y al cabo una conquista, sea cual sea el motivo que persiga. Busca convertir ciudadanos libres en súbditos de una idea, líder o partido, por muy loables que los principios implantados puedan parecer. Cuando la propaganda obtiene carta blanca para su expansión, se sustituye el debate pacífico y libre de las ideas por las operaciones de sometimiento de ciudadanos. Se toman radios y televisiones públicas al asalto, se distribuyen entre los dirigentes de los partidos argumentarios que se deben repetir machaconamente casi sin pensar, y el Parlamento se convierte en el frontón que ya conocemos.

Otra de las medidas gubernamentales de este septiembre aciago en España ha consistido en presentarnos los cambios realizados en la nueva RTVE. Se han expulsado profesionales imparciales, que no asépticos, sin ningún escrúpulo. En su lugar se han contratado militantes bregados en aparatos de propaganda tan poco refinados como Telemadrid. Esto se ha hecho rápidamente, apenas antes de que se cumpla el primer año de legislatura, y coincide — como seguramente a Dewey no le extrañaría— con el ataque gubernamental a la educación pública en todos los niveles.

En el cálculo del Partido Popular ha podido seguramente la confianza de que la violencia interna y constante que sus conquistas propagandísticas ejercerán sobre los ciudadanos, telediario tras telediario durante más de tres años, podrá compensar de alguna manera el enorme descrédito que ha provocado su entrada como elefante en cacharrería en un modelo de radiotelevisión pública que, sin ser perfecto, estaba logrando altas dosis de calidad informativa. Antes o después, confían, conquistaremos sus ciudadelas para nuestra causa. Saben que cuentan con exitosos ejemplos en otras Comunidades Autónomas.

Los propagandistas del gobierno del PP tienen a su favor que hoy por la mañana voy al quiosco y no encuentro mi diario favorito; que pongo la radio, y varios de mis pasos obligados en RNE ya no están; que ya no pretendo comer antes de las tres de la tarde para ver y escuchar las noticias en TVE; que busco en Internet la entrevista que me destape el verdadero rostro de este o aquella política, y no la encontraré. También cuentan ya en su haber con que en la primera entrevista televisada a Rajoy en estos diez meses no estuvieron decenas de preguntas incómodas (el apartheid sanitario, las renovables y el medio ambiente, los desahucios, EuroVegas, la subida de tasas en la Universidad, los recortes en Educación, el cambio de modelo de RTVE, entre otras), que seguramente hace unas semanas sí hubieran estado; o que la manifestación independentista de la Diada -como ya han puesto de manifiesto periodistas como José María Izquierdo- se ha relegado al minuto 20 del telediario cuando es trending topic mundial.

En su contra tienen, menos mal, que por el momento no pueden controlar la libre comunicación política a través de Internet. Y que mientras las técnicas de propaganda avanzan, también lo hacen los antídotos construidos entre todos a base de educación y libertad. También tienen en contra que, pese a sus cálculos, veo muy difícil que lleguen a durar cuatro años en el gobierno.

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