Crueldad y xenofobia desde el Gobierno de España

“Es una medida cruel, es una medida xenófoba, y aún peor, es una medida absolutamente ineficiente”.

Alfredo Pérez Rubalcaba (02/09/2012).

Fue en otro septiembre aciago, este de hace ya casi ochenta años, cuando se promulgaron las primeras Leyes de Nuremberg. Las leyes racistas de los nazis no eran un islote de crueldad en el corazón de una Europa humanista. Las firmas gubernamentales que en 1935 convirtieron a los judíos alemanes en ciudadanos de segunda, sin derecho a voto ni posibilidad de casarse o tener relaciones sexuales con alemanes no judíos, entre otras medidas, tan sólo eran la avanzadilla más radical entre las políticas contra inmigrantes, refugiados y minorías nacionales que se estaban llevando en la Europa de la Gran Depresión. Hannah Arendt lo cuenta maravillosamente bien en el último capítulo de su segundo volumen sobre Los orígenes del totalitarismo.

Nada más estallar la II Guerra Mundial, Arendt fue confinada en un campo de internamiento por los franceses, como solía enfatizar ella. Estos campos se habían convertido en la solución rutinaria que los gobiernos europeos encontraban para privar de libertad de movimiento a quienes consideraban “indeseables”. La autora alemana de origen judío había acabado en París como refugiada, huyendo de la persecución nazi. Allí sólo encontró hostilidad por parte del Estado francés, sobreviviendo como inmigrante ilegal junto a amigos, como Walter Benjamin, que se encontraban en parecida situación. Las policías de diversos Estados europeos, es cierto que a veces al margen de sus propios gobiernos, colaboraban entonces con la Gestapo y la GPU soviética a la hora de detener a los perseguidos que cruzaban sus fronteras. El clima era propicio a estas prácticas. Los gobiernos de Francia, Portugal, Bélgica, Italia… habían sido los primeros países en desnacionalizar minorías y opositores. Las repatriaciones forzosas, como las de obreros extranjeros sucedidas en la Francia de 1935 al calor de la crisis económica, fueron el siguiente paso de una Europa que se asomaba a un abismo aún mayor que el de 1914.

Había sido la Sociedad de Naciones (SDN) quien había consagrado la situación por la que los nacionales de un Estado se erigían como los únicos ciudadanos del mismo con derechos plenos; a los no nacionales se les aplicaban leyes de excepción, lo que finalmente redundaba en que no tenían los mismos derechos de los primeros. Se rompía así, ya oficialmente, el sacrosanto principio de la igualdad ilustrada ante la ley que el moderno Estado nación europeo se vanagloriaba de respetar en sus fronteras (que no en sus colonias). Para Arendt, cuando las leyes no son iguales para todos, el Estado nación deja de existir como tal para regresar al estadio feudal que custodia, de la cuna a la tumba, la distinción entre privilegiados y desfavorecidos. Una vez que se aceptó la existencia legal de ciudadanos de primera y de segunda, Nuremberg fue posible. Daba igual que la injusticia de lo promulgado fuera manifiesta para cualquiera. No hay más que recordar el lema de Hitler al respecto: las leyes buenas no son las justas, sino las que son útiles para el pueblo alemán.

Cuando Arendt escribe sobre todo esto, en 1951, le domina la desazón. Muchos pensaron que con la derrota de los nazis en 1945 ya se había resuelto el problema. Pero para nuestra autora no era así. En la construcción de la paz se había negado la responsabilidad del resto de Europa en las políticas llevadas a cabo contra inmigrantes, refugiados y minorías nacionales. Los diseños institucionales de los Estados responsables de todo aquello apenas se tocaron tras 1945: seguían basándose en la tierra y la sangre (ius soli, ius sanguini) para otorgar el privilegio de la ciudadanía a sus nacionales, y seguían sin estar preparados para saber acoger las migraciones por venir de manera acorde a los principios que proclamaban sus grandes textos.

Y aquí estamos, en septiembre de 2012. La crisis económica más grave que ha sufrido Europa desde la Gran Depresión está poniendo a prueba la naturaleza democrática de muchos Estados. El gobierno español presidido por Mariano Rajoy, en su penúltima medida contra quienes más sufren la crisis, ha despojado de la tarjeta sanitaria a los inmigrantes que no tienen sus papeles en regla (se calcula que son alrededor de 150.000 personas afectadas). Se acabó así, de un plumazo burocrático, la universalidad del sistema sanitario en España. El lema parece ser el mismo que entonces popularizara Hitler: es una ley buena, no porque sea justa, que todos sabemos que no lo es, sino porque ahorra al pueblo español unos millones de euros en tiempos de asfixia económica.

Pero no nos engañemos. La radicalidad de esta medida es posible merced a que la Unión Europea ha basado su política migratoria en el modelo fortaleza de Schengen; a que los gobiernos vecinos desalojan impunemente campamentos de gitanos buscando su deportación; a la consolidación electoral de la extrema derecha en gran parte de Europa… y también, es posible gracias a la política de los gobiernos anteriores en esta materia. No es por tanto una decisión aislada, sino que se trata del último paso dado hasta ahora en la política migratoria que ha dominado el panorama europeo y español en los últimos veinte años. Sin ir más lejos el actual líder de la oposición, Alfredo P. Rubalcaba, como Ministro del Interior fue el responsable directo al menos de i) los crueles Centros de Internamiento para Extranjeros (CIEs) -donde se priva de libertad de movimiento a personas cuyo única falta administrativa consiste en no tener los papeles en regla- así como de ii) las xenófobas órdenes para realizar redadas policiales contra estos mismos inmigrantes. Con este triste bagaje a sus espaldas, es normal que a Rubalcaba le parezca “aún peor” la “ineficiencia” que supone quitar la tarjeta sanitaria al colectivo de inmigrantes sin papeles.

Hay además un motivo de preocupación más si echamos la vista atrás a la historia. Los nazis -como estudió de manera pionera la propia Arendt; y que consagró en un excelente libro Zygmunt Bauman- organizaron su sistema de terror a partir de su impoluta burocracia. Adolf Eichmann ejemplificó la banalidad del mal porque no era más que un gris funcionario, eficaz, eficiente y obediente de las leyes del Reich. La Ministra de Sanidad, Ana Mato, con el respaldo del resto del Gobierno, al firmar estas leyes de exclusión sanitaria debe saber que manda directamente al sufrimiento, la agonía e incluso la muerte a decenas de miles de personas. El revestimiento oficial, normalizado y burocrático, de estos actos legales, la distancia con las víctimas que toman los elegantes firmantes frente a las cámaras, incluso la supuesta legitimidad que creen tener para hacer cualquier barbaridad a partir del acto electoral, no les exime de responsabilidad. Y algún día deberán responder ante la justicia por todo esto.

Son ya demasiados los años en que asistimos a la división normalizada entre ciudadanos de primera y de segunda, con vecinos en nuestras ciudades que no tienen plenos derechos y sobre cuyas vidas sobrevuela el temor de la deportación. Demasiados años contemplando estupefactos el drama de miles de muertos en nuestras costas protegidas por guardias militarizados. Los mismos guardias que esta semana, bajo órdenes gubernamentales, incumplieron la ley para expulsar de territorio español -la Isla de Tierra- a decenas de inmigrantes a quienes negaron la posibilidad de solicitar asilo político y que hoy, seguramente, estarán abandonados por el Gobierno de Marruecos en medio del desierto.

Con una dignidad infinita, en algunos barrios de nuestras ciudades los vecinos se defienden conjuntamente del acoso policial a los inmigrantes. Algunos colectivos médicos están ya planteando la posibilidad de objetar y atender inmigrantes sin tarjeta, algo que el gobierno quiere impedir de forma autoritaria. Es hora de ponerse manos a la obra, con los medios pacíficos y democráticos más contundentes que encontremos, para frenar la inquietante escalada de un gobierno cada vez más peligroso. Nuremberg, y lo que siguió, no fue un endemoniado accidente de la historia.

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5 pensamientos en “Crueldad y xenofobia desde el Gobierno de España

  1. Una pregunta: Si crees que la atención médica es una cuestión de voluntades, y no de presupuestos, ¿por qué no empezamos a construir hospitales en Sri Lanka, por ejemplo?

    Francamente, empezar hablando de holocaustos para criticar que un gobierno limite la asistencia sanitaria a un grupo determinado (al que por cierto que de urgencia se sigue atendiendo, por la susodicha universalidad) me parece pelín demagógico.

    • Te planteo otra cuestión que quizá pueda ayudarnos a responder tu pregunta: ¿por qué el país que durante décadas ha sido económicamente el más poderoso del mundo, Estados Unidos, tiene la Sanidad que tiene?
      Por otro lado, yo no planteo en ningún momento que estemos ante ningún Holocausto. Ni siquiera, con todas las críticas que me merece este gobierno, ante una situación totalitaria. Hay que ajustar muy bien los términos, y la crítica, para no confundir.
      Lo que digo es que para que Nuremberg fuera posible, previamente otras leyes se habían encargado de imponer cuotas en colegios y universidades a un colectivo determinado, débil socialmente y minoritario, como era el de los judíos en Alemania. Es más, estas leyes previas a Nuremberg tampoco permitían a los judíos permanecer en la judicatura, la abogacía o el profesorado.
      Pero esto no estaba sucediendo solo en Alemania. En el resto de Europa había desnacionalizaciones y deportaciones en masa de inmigrantes económicos y refugiados políticos, algo que se agudizó con la Gran Depresión.
      Fue este clima el que propició el salto cualitativo que supusieron las Leyes de Nuremberg, que no fueron apenas criticadas ni condenadas por otros gobiernos u organismos internacionales en aquel año de 1935. Y fue Nuremberg un paso impresicindible, sí, hacia el Holocausto.
      En España hay un colectivo débil socialmente (entre otros derechos, recordemos que los inmigrantes sin papeles carecen de la posibilidad de votar), minoritario, y que al igual que los judíos es blanco de la xenofobia y el racismo. Diversas leyes de extranjería han legalizado durante los últimos años la discriminación que supone su situación de ciudadanos de segunda. Gobiernos de distinto signo han sacado pecho por deportar inmigrantes. Durante décadas nos hemos acostumbrado a los muertos del Estrecho, a que gente desarmada que busca una vida mejor se enfrente a guardias armados en vallas militarizadas. Y ahora que corren tiempos de crisis económica, se señala a este “grupo determinado” para despojarle de la tarjeta sanitaria, lo que supone decir adiós a decenas de miles de tratamientos en curso de graves enfermedades.
      Y a la vez, el gobierno “socialista” de François Hollande sigue desalojando campamentos de gitanos, en Atenas se organizan batidas contra inmigrantes, un serio candidato a la Presidencia de Estados Unidos como Mitt Romney aboga por hacer a los inmigrantes la vida tan difícil que se autodeporten, y en Holanda, Finlandia, Hungría, Francia, Grecia… la extrema derecha logra porcentajes de voto peligrosamente altos.
      El caldo de cultivo, hoy como en los años 30, está listo. La disyuntiva reside en si lograremos frenar esta escalada, que ya está causando tanto dolor a tanta gente, o si por contra vamos a colaborar en extender la idea de que “los inmigrantes” tienen todavía el gran privilegio de acudir a las Urgencias de “nuestros” hospitales.
      Os dejo un enlace a una campaña de desobediencia civil “Yo sí, Sanidad Universal”:
      http://yosisanidaduniversal.net/portada.php

      • Hola Amigo, en respuesta a tu pregunta: Cualquier Estado maneja presupuestos con un recurrente enorme, con lo que, pese a que admito la no existencia de una voluntad general, por el modo de vida de la sociedad de ese país, aunque la hubiera, no sería viable económicamente a corto o medio plazo. No podrían pagarlo sin renunciar a otras cosas, a las que por supuesto no quieren.

        Con lo que no, el país económicamente más fuerte del mundo no puede hacerlo.

        Los servicios sanitarios son universales, pero no gratuitos, los pagas, y si no los puedes pagar, normalmente por no cotizar, eso no significa que no te envíen una factura, que por supuesto en la inmensa mayoría de los casos, no se cobra.

        Y sí, a mi me parece un privilegio, lo es cuando te das cuenta de que en medio mundo, no lo hay. Debería haberlo, pero no es así, y por tanto soy más partidario de universalizar la sanidad que de universalizar mi sanidad, no sé si me explico…

      • Esto último que comentas es bien interesante. Acabo de leer precisamente una excelente investigación preliminar de Candela Dessal (aún por publicar) donde plantea que, entre otros condicionantes, mantener el Estado de Bienestar de un puñado de países en el capitalismo choca con esta desigualdad a nivel global. También con los límites ecológicos y con la misma esencia del capitalismo financiero. La búsqueda de un bienestar real aquí y a nivel mundial parece que sólo podría hacerse echando abajo el capitalismo. Pero claro, todo esto nos lleva a otra discusión que da para varios libros…

  2. Ese es el fondo del problema. El tema es harto complejo. La postura de que el propio capitalismo genera miseria para unos y exceso de riqueza para otros está claro, pero abordarlo en mi opinión no tiene por qué ser un simple reparto como un San Francisco tirando la casa por la ventana.

    Como individuo que paga sus impuestos, y por tanto contribuye a esta sociedad, tengo presente que con el excedente de mi trabajo (y mi superproductividad de trabajador del primer mundo) tengo que paliar esas diferencias, y que se destine a que el resto del mundo que no ha tenido la suerte que he tenido yo, tenga la OPORTUNIDAD de llegar a mi status.

    Pero darle la oportunidad, en mi honesta opinión, no pasa por “regalar” nada, por muy derecho fundamental que sea, por graves que sean las implicaciones. Porque entre otras cosas, no consigo más que dar soluciones cortoplacistas en detrimento de una más a largo plazo que evite a las generaciones futuras tener este problema.

    Menos aún en una situación de carestía, en un ejemplo teórico: si tenemos que elegir (muy hipotéticamente) entre curar a los que pagan la sanidad y los que no, lo lógico es empezar por los primeros, que garantizan la continuidad de ese servicio. Si lo haces al revés, al final, todos enfermos.

    Hay dos constantes en la historia económica de la humanidad que se requieren para que el ser humano progrese: Una es que el entorno sea favorable y no lo haga casi imposible, la otra es que exista un problema que tenga que solucionar uno mismo.

    En la primera contribuimos nosotros, las personas de países del primer mundo, a hacer imposible el progreso de otras sociedades, y eso tiene que cambiar.

    Pero el otro no es menos importante: Si no hay problema, o el problema es menor, no me esforzaré en buscar una solución. Si para comer lo único que tengo que hacer es ir a un árbol de al lado de mi casa, ¿por qué voy a cultivar el campo?

    Si mi problema se ve paliado simplemente moviéndome de sitio a otro en el que no encajo pero las atenciones vienen “de serie” lo lógico es que me mueva. Algo que muchos españoles están planteándose debido a la ausencia de puestos de trabajo.

    Ojo, no se me interprete como un antiinmigración ni parecido, simplemente creo que hay un equilibrio entre las cosas.

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