El sentido de la justicia

Junto a la llegada de la grave crisis económica que venimos padeciendo en los últimos años, ahora se hace latente una “crisis de valores” de largo recorrido que vendría desde la llamada época de bonanza económica, así como una “crisis política” que se reflejaría en la desconfianza de la ciudadanía hacia sus representantes. De manera más concreta, últimamente se viene hablando también de una “crisis institucional”, especialmente tras los sonados casos de corrupción y nepotismo que afectan a la Corona, a la Judicatura o a los partidos políticos dominantes.

Estas tres crisis —de valores, política, institucional— están fuertemente imbricadas, como se puede suponer. Para comprenderlas en toda su amplitud, puede ser útil recordar algunos lugares comunes del pensamiento clásico, en los que se abordaron cuestiones parecidas. También debemos prestar atención a las novedades que trae este tiempo nuestro de precariedad capitalista impuesta, o al menos justificada, a golpe de rodillo electoral —la democracia, es bueno recordarlo, no se reduce a elecciones—. Y más importante todavía, hay que dejar de mirar exclusivamente a las altas esferas para observar también a nuestro alrededor y preguntarnos qué sucede con las dominaciones cotidianas.

Entre los clásicos del pensamiento político, Platón suele ser una garantía. En un famoso pasaje de su Protágoras, se cuenta cómo Zeus ordenó a Hermes que repartiera a los humanos aquello que les iba a permitir vivir pacíficamente en ciudades, que les iba a convertir en algo más que animales; en animales de polis (zoon politikon). Se les repartió para ello el respeto (aidós) por sus semejantes, la posibilidad de la amistad (philia), y el sentido de la justicia (diké).

Aquellos hombres y mujeres dejaron al fin de atacarse y recelar, de despedazarse unos a otros, de vivir aislados en el miedo, como fieras asustadas. Se cuenta que se fundaron entonces las ciudades. Se acometieron proyectos en común y se supo convivir en el conflicto. Se empezó a utilizar la palabra para dialogar sobre lo público, para juzgar con garantías, para deliberar desde la diferencia. Aristóteles, discípulo de Platón, escribiría después que fue gracias al logos como dejamos de ser meros animales sociales. Es decir, mediante el pensamiento que expresábamos y compartíamos a través de la palabra dejamos ya atrás el estadio de las hormigas o las abejas, muy eficientes y organizadas ellas, capaces de construir auténticas obras de ingeniería natural… pero incapaces de ser políticas. Ya no solo pacíamos juntos en el mismo prado, como las vacas, sino que aprendíamos a escucharnos, a disentir sin violencia, así como a compartir preocupaciones y esperanzas. Giambattista Vico dijo que estas primeras ciudades fueron fundadas por poetas, y no le faltaba razón, pues la imaginación y la palabra eran los elementos principales que utilizamos para ponerlas en pie.

Por mucho que lo diga el mito, sabemos que aquí y allá jamás ha cesado de darse la guerra, que los conflictos a menudo silencian la palabra bajo el ruido de las balas, que no hemos dejado de presenciar persecuciones, intolerancia, fanatismo. Que siempre, en algún lugar, está el miedo. Es por eso que Sheldon Wolin nos habla de democracia fugitiva, porque la auténtica política es frágil y está amenazada, se la reprime allá donde surge. Teniendo esto en cuenta, el mito del Protágoras nos ofrece un poderoso relato de resistencia. Cada ciudadano cuenta con el inmenso poder de ejercer la política con mayúsculas a partir de sus propias capacidades innatas. Solo tenemos que recordar, allá en los recovecos ignotos de nuestro corazón, lo que Hermes el viajero un día nos dio.

En los tiempos actuales, de las tres ofrendas que Zeus ordenó repartir a los humanos para facilitarnos el paso de la guerra a la política, hoy quiero referirme al abandono generalizado que sufre el sentido de la justicia. Es una de las pérdidas que, a mi entender, conecta de manera crucial la crisis política, institucional y de valores que vivimos.

El mito platónico nos ayuda a comprender que todos somos capaces de sacar a la luz cierto sentido de la justicia; se le puede cultivar, se le puede escuchar, se le puede pensar. Anida en nosotros. Mucho se ha debatido sobre lo que es justo y lo que no lo es, acerca de los absolutos morales de unos o del relativismo de otros. Bastante menos se ha indagado, sin embargo, en la capacidad de juicio de la comunidad y del propio ciudadano. Pero más allá de todas estas importantes discusiones, en lo que casi todos estamos de acuerdo es en que los seres humanos somos capaces de hacernos la pregunta sobre la injusticia.

Pues bien, cada vez me sorprende más que unos y otros, en instituciones públicas y en empresas, aconsejen que se evite esta cuestión. En su lugar, se recomienda ser pragmático, estratégico, prudente, o responsable, en dicotomías que falsean la realidad del asunto —¿qué mayor responsabilidad que tratar de poner coto a la injusticia?—. Se impide así que ni siquiera dé comienzo un juicio que esclarezca la cuestión, extendiéndose un clima de impunidad enfermizo para una comunidad que se quiere democrática, o que al menos así lo expresa en sus grandes papeles.

Demasiado a menudo se da la paradoja de que la injusticia triunfa, pues esta ya se acepta como el estado natural de las cosas, mientras que son los intentos de hacerle frente lo que se recibe con irritación, lo que provoca incluso la exclusión de quien así se significa.

La semana pasada se produjo un acontecimiento importante que apunta en dirección opuesta a lo anterior. Carlos Dívar, presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial (CPGJ) en España, se vio obligado a dimitir. La intensa presión social —entre otras, la de casi 100.000 firmas ciudadanas lo pedían por Internet— parece haber sido el detonante. Todo comenzó a partir de la denuncia de otro vocal del CGPJ, José Manuel Gómez Benítez, que informó a la Fiscalía de los viajes privados que, con dinero público, realizaba el señor Dívar (muy interesante la explicación de cómo empezó todo por parte del propio Benítez). En una insólita reunión convocada al poco de saltar el caso, determinados vocales del CPGJ llegaron a pedir la dimisión, no de Dívar, sino del denunciante. Tras archivarse el caso por la Fiscalía General del Estado, por el momento parece que no se juzgará a Dívar por este asunto. Es decir, a pesar de la dimisión, ahora sabemos que con el dinero de todos se pueden pasar fines de semana de cuatro días en hoteles de lujo de Marbella, pagando con ello también cenas y otros estipendios privados, sin ser no ya condenado, sino simplemente juzgado.

En este sentido, la dimisión final de Dívar no ha estado exenta de importantes voces institucionales que pretendían impedir siquiera que abandonase su puesto, “la cuarta institución del Estado”. Ahí tenemos los editoriales de cierta prensa, en otras ocasiones tan inflexible con la corrupción, o las declaraciones del propio Ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón. Resulta irónico que el representante de un Ministerio como este sea, como en la pesadilla orwelliana, quien más haga para ahogar el sentido de la justicia de una comunidad política.

Pues bien, la resolución final de este caso, aun sin juicio, debe sin embargo animarnos a que sí, a que es posible que no triunfen todas aquellas injusticias que no hacemos frente a diario y a las que dejamos pasar desde la habitual retahíla de razonadas excusas.

Si me echan sin motivo, o lo hacen con un compañero o compañera; si te gritan, o si le gritan; si excluyen, o si hay un mobbing de libro; si se presencia un chantaje; si roban, explotan o  maltratan; si se obtiene un proyecto público de manera fraudulenta, o si todo el mundo sabe en qué se gasta el dinero público; si se soborna… ¿Qué hacemos? ¿Susurramos nuestra indignación en el café?

No se trata de apuntarse al denuncismo anónimo de la triste tradición española de los familiares de la Inquisición, de las plazas vigilantes donde a todos se espía. Y mucho menos de agitar la calumnia, aquello que según Niccolò Machiavelli era capaz de destruir por sí sola una ciudad desde la acusación sin pruebas, propagada a escondidas para destruir una reputación.

Lo que parece precisarse, en cambio, es la creación de condiciones para que la injusticia no se entienda como el estado natural de las cosas. Se requiere volver a fomentar el coraje cívico para hacerle frente. Este coraje consiste en un compromiso con aquello que va más allá de nosotros y de nuestros particulares intereses, con aquello que nos conforma, y que conformamos; es decir, con la ciudad en la que habitamos y habitan nuestras familias, amigos y vecinos. Debemos volver a hacernos responsables de lo público y de la democracia, cada uno desde su situación. También parecen necesarias más protecciones, y no menos, para los trabajadores. El deterioro de las condiciones laborales, el debilitamiento o el mal funcionamiento de los sindicatos, incrementa la impunidad, con la consiguiente expansión de las injusticias en empresas e instituciones.

En última instancia se debe apostar por reabrir la posibilidad del juicio democrático, con garantías, abierto a lo público y sin miedo, porque una comunidad política debe ser capaz de escuchar y proteger. Es necesario que podamos volver a preguntarnos, sin peligro ni excusas, por la injusticia. Y que le paremos los pies de manera adecuada. Es difícil, resulta cada vez más arriesgado. Se trata de una labor cívica, pero también política y legislativa. Por eso, construirlo poco a poco, diaria y ejemplarmente, en cada barrio y lugar de trabajo, resulta básico para el conjunto de la ciudad.

Finalmente la recuperación del perdido sentido de la justicia resulta esencial a la hora de no perder el alma, es decir, en esa operación tan especial que resulta mirarse cada mañana al espejo. De esto se habla también en otro clásico platónico, el Gorgias: mantener la amistad con uno mismo y no perderse el respeto es lo que nos lleva en muchas ocasiones a no cometer una injusticia. Está en juego nuestro propio equilibrio mental.

Y esto me lleva a la última referencia clásica, esta casi abriendo el reciente novecento. En sus tempranos Estudios sobre la histeria (1895), Sigmund Freud contaba el caso de un empleado al que su jefe literalmente apaleó. El trabajador logró superar su miedo para denunciarlo, y se celebró el juicio. La sentencia final, sin embargo, “le negó satisfacciones por los malos tratos recibidos”. Freud tuvo que tratar al empleado poco después. Estas sesiones ayudaron al médico vienés a comprender mejor en qué consistía un trauma, esa herida interna que tarda a veces tanto en cicatrizar. El empleado —cuenta Freud— revivía la humillación, agitado y bajo “furiosas convulsiones”, cuando recordaba no sólo el momento de la agresión, sino también el día de la sentencia. La conclusión de Freud parecía rotunda: no solo las agresiones, sino que la injusticia en sí nos puede llevar a la locura.

Es verdad, por tanto, que estamos en una honda crisis institucional, política y de valores, y se puede decir de un modo no metafórico que afecta de manera intensa a la salud de la comunidad política y de sus integrantes. Es una triple crisis que interpela a la clase política y judicial, pero también a las clases dominantes de las empresas, a las jerarquías feudales de lo público. Es hora de que empecemos a enfrentarnos a lo que late en el fondo de todo esto, y en este escrito me he querido referir a las impunidades que hemos ido permitiendo estos años. Como bien sabemos si recordamos la ofrenda de Hermes, recuperar el sentido de la justicia resulta fundamental para ser capaces de crear otra vez aquello tan maravilloso llamado política, y desde ahí, con coraje, construir más democracia.

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4 pensamientos en “El sentido de la justicia

  1. Una entrada maravillosa y llena de referencias apropiadas de los clásicos…que nos hacen entender mejor este presente tan desgobernado y delirante. Muchas gracias al autor.

  2. Muy buen artículo Víctor.
    La injusticia y la impunidad, desgraciadamente, se han convertido en características de nuestros sistemas democráticos actuales y aunque se intente maquillar de forma generalizada desde los medios de comunicación, siempre habrá alguien que venga a recordárnoslo.

  3. Aceptar lo que vemos, de brazos cruzados, porque “es lo que hay”, es un triunfo para esa clase política, judicial, empresarial, que ha alimentado la instauración de la precariedad como forma de vida, y con ella el pensamiento a muy corto plazo. ¿Qué mejor, para esas clases, que fomentar el olvido del espacio público como lugar de convivencia, y de la necesidad de cultivarlo a lo largo del tiempo?
    Nuestros gestos día a día en nuestro entorno familiar, amistoso, de trabajo, etc., son fundamentales, en efecto; y en esa cotidianidad, para combatir la injusticia, para “crear otra vez” la política, y para defender nuestros pensamientos frente a los que los denigran por su utopismo, tenemos que defender que el corto plazo se inscriba en el largo, porque a veces seguimos muy limitados, creo, por una estrecha concepción del tiempo. Es bueno tener cerca a clásicos y no tan clásicos, y recordar que las crisis que vivimos hoy son de largo recorrido.

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