Verdad y política

El pasado domingo me quedé estupefacto. El presidente del gobierno, Mariano Rajoy, mentía descaradamente en la tardía rueda de prensa sobre aquello que, una y otra vez, calificaba como “lo de ayer” —es decir, el rescate—. Durante esta semana diversas personalidades de la Unión Europea han tenido que desmentir a Rajoy en aspectos tales como el incremento del déficit derivado del pago de intereses, quién presionó a quién o las condiciones aún por negociar para el macropréstamo. Entre las críticas de la prensa internacional, me llamó la atención que un periódico alemán no dudara en calificarlo una vez más de “Pinocho del día”. En nuestro país, partidos como Izquierda Unida o Unión, Progreso y Democracia han denunciado enérgicamente estas mentiras, que generalizadas al gobierno podemos encontrar muy bien resumidas en el blog de Ignacio Escolar, entre otros.

Sabemos que esta no ha sido la primera de las mentiras de este gobierno. Los incumplimientos de lo que se nos dijo en campaña electoral son manifiestos. También la estrategia paralela de ocultamiento que se siguió sobre lo que se iba a hacer. Y en las últimas semanas, en un todos mienten sonrojante, las contradicciones entre diversos miembros del ejecutivo revelan no solo que no hay plan, que también, sino una peligrosa creencia en el todo vale. Esta actitud resulta coherente con el relato que desde el principio se ha querido imprimir a esta crisis, sobre sus responsables y las salidas propuestas (en este sentido, resulta interesante seguir la campaña desmontando mentiras que surge del 15M).

En el año 1967, la pensadora judía Hannah Arendt escribió en las páginas del semanario norteamericano The New Yorker el ensayo titulado “Verdad y política”. Este surgía de la polémica que había causado su libro sobre Adolf Eichmann, hoy ya un clásico del pensamiento político. Arendt había escrito en este libro demasiadas verdades incómodas —principalmente, denunciaba el comportamiento de los consejos de gobierno judíos en los guetos durante el Holocausto— y recibió fuertes ataques por ello. Esto le hizo incidir en una antigua cuestión que también preocupó sobremanera a su contemporáneo Leo Strauss: decir la verdad en la ciudad conlleva riesgos.

Lo primero que hace Arendt en este ensayo es distinguir entre i) las verdades filosóficas o políticas, y ii) las verdades de hecho.

Las primeras son diversas, deben mantenerse plurales frente al dogmatismo de una Verdad suprema. Lo que sí que se les exige es verosimilitud. Es decir, cada uno tiene su verdad política, pero debe defenderla de manera honrada, sin manipular, creyendo en ella y haciéndola verosímil al resto. Pero más importante que todo esto: debe aceptar que el de enfrente tendrá su propia verdad, muy distinta e igualmente respetable si la sostiene honestamente. Así unos podemos ser socialistas y otros liberales, creer en Yahvé, Alá o en la Nada, o pensar que España juega mejor sin delantero, y todo esto sin que lo lapiden. Arendt sabe que al mantener esto se acerca a la denostada doxa, la mera opinión volandera. Para no caer en ella, Arendt insiste una y otra vez que toda verdad política debe justificarse, sostenerse y exponerse con rigor (es decir, lo de España sin delantero podría tacharse fácilmente de error, opinión o ilusión).

Algo muy distinto sucede con las verdades de hecho. Para Arendt los hechos que han sido de una manera, no pueden narrarse de otra. En la I Guerra Mundial, Alemania invadió Bélgica, y nunca nadie podrá decir que fue al contrario. Si alguien sostuviera esto último no estamos ante una opinión, y menos aún ante una verdad política. Estamos frente a una mentira.

La base para que haya libertad de expresión, de intercambio de verdades políticas o filosóficas, también de opiniones, es que se dé una verdad compartida sobre los hechos acaecidos. Mantener la evidencia factual en la ciudad no sólo es peligroso, puede ser difícil: se necesitan testigos, documentos y un sinfín de pruebas si lo que tienes enfrente es la mentira organizada del Estado. Las verdades de hecho pueden así desaparecer, como Trotsky de los libros de historia del estalinismo, pues resultan extremadamente frágiles. Pero a la vez, los hechos son tozudos; “en su obstinación —escribirá Arendt— son superiores al poder…La persuasión y la violencia pueden destruir la verdad, pero no pueden remplazarla”.

 Durante siglos se ha discutido sobre si los Estados podían mentir u ocultar por el bien de todos; los secretos de la diplomacia o las nobles mentiras han sido objeto de toneladas de escritos y de polémicas. Arendt insiste en que no es su intención entrar en esa discusión, pues la mentira moderna no tiene nada que ver con esto. Junto a los grandes secretos de Estado, que siguen muy activos, la falsedad y la opacidad masiva se organizan ahora deliberadamente de forma cotidiana. La clave es que se usa la manipulación de la propaganda contra la propia población a fin de obtener réditos políticos inmediatos, o para beneficiar determinados intereses privados. Por supuesto, sus ejecutantes deben autoengañarse concienzudamente para resultar más eficaces en su objetivo; ¡y vaya si lo consiguen!

Los tribunales, las universidades, la prensa, si consiguen cierta independencia, son para Arendt los grandes cortafuegos al incendio de la mentira organizada. Recuerda así que a menudo los falsarios esgrimen que están opinando o interpretando, apelando incluso a sus derechos constitucionales, para salir impunes de sus manipulaciones una vez son descubiertos. Esta estrategia, para la autora judía, suele funcionar en públicos “políticamente inmaduros”, por lo que hay que estar muy atentos a esta confusión interesada. No es lo mismo la verdad de hecho que la verdad política. Para que asistamos a la democrática convivencia plural de las segundas, insiste, debemos contar con un reconocimiento compartido de los hechos de base.

Al minuto siguiente de su alocución del pasado domingo, ya se estaba demostrando que Rajoy manipulaba la verdad factual sobre un rescate que, a la vez, trataba de ocultar. Los medios de comunicación más afines se escudaban en la libertad de prensa y opinión para propagar organizadamente la mentira (La Razón decía que “se despejaba el rescate”; ABC trataba de confundir al decir en portada que el FROB no es gobierno, ocultando que lo importante es que sí es Estado…). Pero la tozudez de los hechos les pone, y les seguirá poniendo, en evidencia.

No sé si se trata del comienzo de la revolución, pero estos meses estamos viviendo en España el pliegue histórico que puede ser el comienzo de un cambio trascendental. Poco a poco, el decir la verdad sobre la corrupción, el clientelismo y la irresponsabilidad que han dominado durante estos años las instituciones públicas y privadas de este país —y de la que muchos hemos sido testigos— ya no conlleva los extraordinarios riesgos de antaño. Todavía hay quienes, temerosos de que se descubran también sus responsabilidades, hablan de ser prudentes. Y sin embargo muchas voces se alzan pidiendo saber la verdad, y es que el hartazgo generalizado ya no permite más mentiras, precisamente, en aras de la prudencia. Necesitamos que los pirómanos que han incendiado el país estos últimos años abandonen los puestos de mando inmediatamente, y que sean juzgados con todas las garantías.

Quizá, por tanto, lo mejor de todo esto sea que la irreversible madurez política de la ciudadanía no se va a conformar con destapar las falsedades y tiranías de esta etapa. El saber traerá consecuencias. Es imprescindible que sea así. Y si finalmente se consigue, la democracia por venir, si quiere ser democracia, deberá ofrecer mucho mejor acomodo a la siempre difícil relación entre verdad y política.

Anuncios

3 pensamientos en “Verdad y política

  1. Aunque algunos confundan mayoría absoluta con absolutismo, al final la verdad siempre prevalece. Muy interesante. Sólo me gustaría precisar unos hechos: Prácticamente la oposición en bloque ha denunciado públicamente las mentiras u omisiones sobre el rescate, a excepción de colegas ideológicos o partidos mellizos como CiU o UPN

    • Querido Sergio, gracias por tu comentario y tu precisión, que la encuentro correcta.

      En realidad al comienzo de mi entrada, lo que indico es que: “En nuestro país, partidos como Izquierda Unida o Unión, Progreso y Democracia han denunciado enérgicamente estas mentiras”. De los 16 partidos con representación parlamentaria, son los que más me llamaron la atención en su denuncia: fue contundente, rápida y estuvo a cargo de sus líderes.

      El PSOE, por ejemplo, por medio de su secretario general Alfredo Pérez Rubalcaba, también me dejó estupefacto este domingo cuando afirmó que no iba a echar más gasolina al incendio, y que en lugar de buscar ahora culpables, optaba por la prudencia. La declaración oficial del propio Rubalcaba el domingo, tan sólo expresa al final una duda muy leve sobre la condicionalidad del rescate. No es hasta ayer 12 de junio cuando Soraya Rodríguez, portavoz parlamentaria del PSOE, expresa con más rotundidad lo que todo el mundo ya sabía y expresaba abiertamente: “Rajoy no ha dicho la verdad”.

  2. Me ha recordado un libro muy recomendable en estos tiempos en los que la realidad supera a la ficción, y además es del actual premio Príncipe de Asturias de las Letras, Philip Roth: “Our Gang”.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s