Ni liberales ni conservadores

Nuestros actuales gobernantes dicen ser liberales, aunque también los hay que se declaran conservadores. Se suele afirmar así, desde hace tiempo, que estas son las dos almas que conviven en el Partido Popular español. Pero si nos detenemos a comprobarlo, llegamos a la conclusión de que quienes así se definen no son ni lo uno ni lo otro. Si lo fueran, al menos tendríamos un rico debate de ideas, y seguramente no estaríamos asistiendo a los despropósitos de los últimos meses. Se trata de otra de tantas mentiras instaladas en nuestro sistema político, y que fundamentalmente trata de ofrecer una legitimidad teórica a responsables políticos que, mucho me temo, carecen de ella.

Uno de los grandes teóricos liberales del siglo veinte, Isaiah Berlin (1909-1997), sabía que defender la libertad era algo muy distinto que plegarse a la libertad de mercado. En sus sabias palabras, “la libertad de los lobos frecuentemente ha significado la muerte de las ovejas”. Tanto el exceso en la ausencia de restricciones al obrar humano, como la frecuente transmutación de la libertad en autoritarismo desde los amantes del control y la planificación, constituían los principales temores de un pensador que tuvo que huir de los desmanes de la Revolución Rusa siendo todavía un niño. Pero había otro punto que Berlin aclaró para el liberalismo contemporáneo: tanto los fines políticos como los valores que los sustentan son plurales, están a menudo en conflicto y deben sopesarse con cuidado e inteligencia; unos y otros, vengan de donde vengan. Las decisiones políticas resultan trágicas porque no todo se puede conseguir, y menos aún al mismo tiempo. Pero hay que tratar de tomar el mayor número de posibilidades en seria consideración antes de decidir. Berlin sabía de la profunda satisfacción que producía en los dogmáticos el seguir un único criterio irreflexivamente; y alertaba de continuo sobre ello.

Hoy los mal llamados liberales que dirigen la política española celebran la falta de restricciones económicas: la desregulación de los mercados sigue siendo, con la que está cayendo, su caballo de batalla. A la vez, amparan a los lobos, les proporcionan nuevas víctimas, y atacan de manera autoritaria nuestras libertades básicas. No hay más que informarse en este último caso sobre los detalles de la represión llevada a cabo estos meses sobre diversas manifestaciones pacíficas. Las amenazas que penden sobre derechos esenciales como el de reunión, el del aborto o el del matrimonio homosexual serían otro ejemplo de esta deriva antiliberal. Por no hablar de la retirada de la tarjeta sanitaria a los inmigrantes sin papeles, en un alarde xenófobo que debe estudiarse con más detenimiento del que se está haciendo en nuestros grandes medios y centros intelectuales. Se trata de palabras mayores. Finalmente, en cuestiones económicas, estos mal llamados liberales parecen seguir satisfechos con su dogma ideológico preferido, aquel de la austeridad fiscal como palanca para un crecimiento económico injusto.

El ala mal llamada conservadora del Partido Popular no les va a la zaga. Para esta cuestión me gustaría recordar a otro exquisito pensador del siglo veinte, Michael Oakeshott (1901-1990). Uno de sus trabajos más célebres se titula precisamente “Qué es ser conservador”, y en él encontramos ciertas respuestas que no hallamos en quienes así hoy se denominan dentro de la política española. Oakeshott se ríe de los prejuicios que equiparan al conservador con el arquetipo del vetusto personaje de fuertes convicciones religiosas, monárquico y reaccionario en casi todas las facetas de la vida. Para Oakeshott hay actividades muy determinadas, como la política, en las que resulta preferible ser conservador sin caer necesariamente en lo anterior. Cada elemento que se cambia en el ámbito de la política, cualquier innovación radical, dada la sensibilidad y alcance de lo que está en juego es capaz de provocar graves desajustes. El gobierno mínimo —opción por la que apuesta un autor, como se puede comprobar, sin excesivas preocupaciones sociales— debe limitarse a custodiar unas reglas básicas que garanticen la paz y la libertad a los miembros de la comunidad política.

Sin embargo, quienes hoy se consideran a sí mismos conservadores en España son profundamente reaccionarios en temas como la monarquía, los derechos de gays y lesbianas, la igualdad de género, el nacionalismo, o en la cerrada defensa de una jerarquía católica lamentable. Pero no sólo eso; los conservadores españoles no han tenido reparos en liderar la ofensiva actual contra las reglas del juego esenciales del sistema político y económico español. Lo han hecho sin alertar sobre lo que, en principio, resultaría esencial para un conservador. Y es que recortar la inversión pública en elementos tan delicados como la educación y la sanidad, provocar cambios de tal magnitud en la base del tejido social, es algo capaz de traer auténticos cataclismos, no ya en las personas que resulten directamente afectadas mañana mismo, sino en toda la sociedad. Ni un defensor del gobierno mínimo como Oakeshott estaría dispuesto a tales barbaridades para su consecución.

Es preciso aclarar que ninguno de estos dos autores, ni Berlin ni el propio Oakeshott, se encuentran entre aquellos que recomendaría leer de manera específica para salir de la grave crisis que sufren tanto el capitalismo como la democracia representativa en la actualidad. Es un placer leerlos, eso sí. Exponen de manera brillante sus argumentos, se compartan o no, y se agradece el que apelen de una manera tan respetuosa a la inteligencia del lector desde un escepticismo a prueba de dogmas. Pero así como no creo que sea el grueso de sus propuestas lo que hoy precisamos, su lectura, además de aportaciones de interés, provoca la estupefacción de comprobar una vez más que ni siquiera quienes nos gobiernan nos dicen la verdad cuando se denominan a sí mismos liberales o conservadores.

Tal y como afirma David Harvey en su pedagógica Breve historia del neoliberalismo (2005), el prefijo neo parece haber echado sobre el liberalismo no sólo la mayor de las pobrezas teóricas, sino también un peligroso dogmatismo que desemboca en el ataque directo, precisamente, a las libertades ciudadanas más básicas. El mismo prefijo aplicado al conservadurismo confunde la actitud de conservar, cuidar o sustentar lo esencial de un sistema político, con la pura reacción, con la cerrazón y la tradición más ultra. Ambas son confusiones, ciertamente, que no pertenecen únicamente a nuestros tiempos, a pesar de tanto neo que se usa; pero sí que su entronización como pensamiento único desde al menos 1980 ha hecho que flaqueen las críticas, las opciones y las respuestas cívicas o teóricas. Pensemos si no en quién introdujo, a finales de aquella década, las primeras políticas económicas neoliberales en España.

En definitiva, se decía que este del PP era un gobierno competente, y así, enseguida se trataron de enseñar los curriculums de sus ministros y ministras para demostrar que no cabían bachilleres ni advenedizos. Dejando responsables de Lehman Brothers y tiburones de la industria armamentística aparte, parecía que licenciaturas, experiencia, idiomas y doctorados traían al fin la panacea para la difícil tarea de gobernar en tiempos tan convulsos. Para desgracia también de los elitistas, me temo que es otra educación, mucho más honda y mundana, la que precisa la política institucional.

La impresión general es que todos estos altos cargos están superados por la ansiedad ejecutiva: decidir sin casi pensar, ni parlamentar, ni mucho menos juzgar es lo habitual en agendas cargadas hasta la extenuación, en actitudes de gobierno donde el diálogo y la crítica se perciben continuamente como obstáculos a evitar o destruir. Asistimos al triunfo del más despótico de los tres poderes que sustentan nuestra actual comprensión de la política, el de la voluntad ejecutiva. En el trasiego de cargos, influencias, medios y dinero se percibe que, en los últimos años, los miembros del actual gobierno no se han detenido apenas a pensar a fondo sobre la política, a dialogar con sentido común y apertura con quienes no piensan como ellos, a reflexionar sobre la solidez de la ética necesaria para estar donde están y, finalmente, a estudiar de verdad lo que pueden aportar. Todo ello lo sobrevuela la mezquina cultura política que impone la disciplina de partido tal y como hoy se entiende. El paso de las acciones gubernamentales, así, parece marcado a cada momento por la mala improvisación del angustiado, si no por algo peor: la temida hybris de los antiguos griegos, la desmesura que arrambla sin miramientos con cualquier límite, con lo que la polis ha construido pacientemente con talento y esfuerzo durante años. Estos gobernantes no tienen referentes buenos, y lo que es peor, parecen carecer de cimientos morales ni teóricos. Y todo esto, antes o después, pasa factura.

El problema es que esa factura la estamos pagando todos y, mucho me temo, la seguirán pagando las futuras generaciones si no organizamos, y pronto, una amplia resistencia democrática dirigida a conservar derechos esenciales y a construir con cuidado una libertad a escala humana.

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Un pensamiento en “Ni liberales ni conservadores

  1. En mi correo electrónico he recibido, por parte de un lector, la solicitud de que aclarase cuáles eran “los desmanes” a los que me refería cuando indiqué que Berlin, de niño, tuvo que huir de Rusia a causa de la Revolución. Como se me preguntaba si estos tenían algo que ver con la confiscación de las propiedades comerciales de la familia, tuve a bien responder detalladamente para aclararlo. Y como este lector y amigo me ha sugerido que puede ser de interés para el resto de lectores, aquí publico el comentario que le envié:

    Con casi ocho años, recién comenzada la Revolución y cuando parte de su familia se entusiasmaba con la caída del zarismo (sus padres, discretos en su actividad política, simpatizaban con los liberales; sus tíos eran socialistas revolucionarios), Isaiah Berlin estaba con su institutriz comprando un libro de Julio Verne cuando vio cómo unos quince hombres se llevaban a un hombre para matarlo. Le acusaban de ser un policía municipal del zarismo. Berlin al parecer nunca olvidó la cara de terror de aquel hombre mientras era arrastrado hacia la muerte. El primer escrito que se conserva suyo es un relato sobre este episodio, ya con doce años y en Londres —¡y cómo escribía con doce años!—. Más tarde siempre diría que le asustaban las revoluciones porque se mataba a la gente, y que a menudo esto sucedía sin juicio previo, incluso en las calles. Lo había vivido.

    Su familia parece que tenía bastante dinero (véase que iba con institutriz), dedicándose su padre al comercio de maderas. Michael Ignatieff cuenta en su biografía cómo los Berlin escondían las joyas familiares en el alfeizar de la ventana, bajo la nieve, cuando había algún registro. En el verano de 1919 una Cheka, de nuevo en busca de joyas, arrasó el chalé de la pensión en la que se alojaban en Pávlosk, a las afueras de Petrogrado (hoy San Petersburgo). Su padre explicó años después que la decisión de irse de Petrogrado venía de las detenciones repentinas, de la sensación continua de ser espiado, del miedo de toda la familia a la violencia, de los registros continuos y del vandalismo de algunos de los nuevos “jefes” de barrio bolcheviques. Eran desmanes (“excesos, desorden, tropelía”, dice la RAE), porque una Revolución no se hace contra tu propia población espiándola o deteniéndola arbitrariamente. Tampoco ejecutándola.

    Los Berlin fueron a Riga, entonces república independiente, y redescubrieron el fuerte antisemitismo de los letones: por defender en público que al menos la Revolución no era antisemita, confundieron a su madre con una espía soviética. Gracias a un soborno la liberaron. Es por ello que decidieron irse a Inglaterra.

    Berlin es quizá de las primeras personas en haber leído el manuscrito de El Doctor Zhivago, de Boris Pasternak. Cuando trabajaba, ya a finales de los años cuarenta, para la embajada británica en Moscú, se hizo íntimo de Pasternak y de Anna Ajmátova (quizá la gran poetisa rusa del siglo veinte). En 1921 el primer marido de Ajmátova había sido ejecutado por la falsa acusación de espiar contra Lenin. A su hijo le detuvieron en varias ocasiones, pasando varios años en el gulag siberiano, solo por ser hijo de Ajmátova.

    El relato de ambos, Ajmátova y Pasternak, sobre qué fue de toda la generación perdida (esta sí literalmente) de Rusia a partir de los años veinte es estremecedor. Sobre todo, es verdad, pero no siempre, según se acerca Stalin y el final de la década: muerte, delaciones, torturas, Siberia, desapariciones, suicidios, prohibiciones de escribir, filmar, publicar, pintar… Lo típico. Lo paradójico es que la mayoría de ellos simpatizaban, al comienzo, con la Revolución. Pero se atrevieron a ser demasiado libres, poco sectarios e indisciplinados. O pasaban por allí.

    Es en este sentido que me gusta recordar la célebre frase de Emma Goldman tal y como me la contaron recientemente: “si en esta revolución no se puede bailar, no es la mía”; pues algo así sobre 1917. Por eso, creo yo, la necesidad hoy día de reivindicar figuras como Rosa Luxemburgo que, desde el comienzo de la Revolución Rusa, fueron críticas con la dictadura y el estado de excepción, así como se posicionaron en contra de las ejecuciones y los trabajos forzados de quienes eran identificados como enemigos (ver mi última entrada al respecto, pero casi mejor, leer directamente el análisis de Luxemburgo).

    Y dicho esto, es verdad que quizá “desmanes” hace volar la imaginación del lector hacia cosas terribles que Berlin pudo sufrir en carne propia de manera mucho más directa. Espero que este comentario lo aclare. Considero además que todas las célebres cuestiones de la libertad negativa y positiva de Isaiah Berlin se entienden (y se critican) mejor conociendo su vivencia de lo que él consideraba (y yo no puedo dejar de estar de acuerdo) desmanes de la Revolución rusa y, posteriormente, del estalinismo.

    Aclarar también que Berlin, de quien me atrevo a decir que hoy está entre los dos o tres grandes referentes teóricos del liberalismo contemporáneo, se definía a veces incluso como un liberal socialdemócrata, pero en realidad como más a gusto se sentía era con los conservadores. Elitista, “Sir”, amante del sistema político representativo, defensor en última instancia del capitalismo, enamorado de las altas esferas (admirado y reclamado por Winston Churchill o John F. Kennedy), defendió en 1936 ayudar militarmente a la España republicana pero en los sesenta creyó que retirarse de Vietnam supondría abandonar a los vietnamitas del sur a una segura masacre. Un asunto siempre complejo para él fue la relación entre su identidad judía, su intermitente sionismo y su británica patria de adopción. A mí, personalmente, de su obra me encanta su reivindicación del humanista Giambattista Vico o su crítica del Romanticismo. Sus reflexiones sobre la libertad, como él mismo admitía, deben mucho a los clásicos; pero no por ello dejan de ser de extraordinaria lucidez.

    Por tanto y como decía en el post, su escritura teórica, más allá de sus opiniones coyunturales, apela a la inteligencia y sensibilidad del lector; es pacífico y sensato, te hace pensar cuestiones importantes, y ojalá la derecha le siguiera y leyera de verdad.

    La fuente de lo que cuento más arriba es, principalmente, la mencionada biografía de Berlin escrita por Ignatieff (Taurus, Madrid, 1998), y diversos escritos del propio Berlin (quizá el más básico, el libro Sobre la libertad, Alianza, Madrid, 2009; y para lo que aquí cuento, también sus “Conversaciones con Ajmátova y Pasternak”, en El estudio adecuado de la humanidad, FCE, México DF, 2009).

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