Rosa en Sol

“Organizar el pesimismo significa descubrir el espacio imaginario

en el interior de la acción política”.

Walter Benjamin.

Con el inicio del siglo veinte, Rosa Luxemburgo publicaba la que quizá sea su obra más conocida, Reforma o revolución. En ella se oponía a las tesis revisionistas que se habían abierto paso en la socialdemocracia alemana, la más poderosa e influyente de la Europa de entonces. Rosa Luxemburgo inauguraba un debate: aquel mantenido entre quienes creen que al capitalismo se le puede domar, resultando incluso beneficioso para la expansión de las clases medias, y aquellos que piensan que el funcionamiento capitalista sólo puede traer desigualdad e injusticia, y que sería conveniente para todos cambiar de sistema económico.

Eduard Bernstein era el gran abanderado de la postura posibilista que quería situarse, apelando a un supuesto realismo, en el centro de la izquierda política. Para Bernstein la expansión capitalista, junto a la desaparición de las crisis, estaba permitiendo el bienestar de amplias capas de la población; este segundo hecho, que enseguida se mostraría como innegable, iba a marcar el devenir del pensamiento socialdemócrata en el futuro. El crédito privado parecía favorecer el crecimiento económico, así como abría la posibilidad del accionariado a pequeños capitalistas. En tercer lugar, a juicio de Bernstein la fortaleza de los sindicatos permitía defender un nivel de salarios aceptable mientras se luchaba por seguir reduciendo la jornada laboral. Por último, la participación del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) en el Parlamento, tras la consecución del sufragio universal y otras libertades básicas, estaba permitiendo al fin una democracia desde la que poder participar de manera efectiva.

El envite, como se aprecia, era mayúsculo para el socialismo internacional.

Luxemburgo niega en primer lugar la desaparición de las crisis: es más, las considera inseparables del funcionamiento capitalista. Una segunda edición de Reforma o revolución saldría en 1908, dando cuenta de la grave crisis económica desatada precisamente el año anterior. La autora judía de origen polaco, además, insiste en que no se trata de enriquecer a una cantidad determinada de pobres coyunturalmente, sino de cambiar las relaciones de clase desde la raíz. Así, las variaciones particulares de bienestar no pueden ocultar un mecanismo sistémico injusto en el capitalismo, que desde sus propias contradicciones tiende a colapsarse una y otra vez con los mismos perdedores de siempre. Los estudios de Luxemburgo sobre el imperialismo mostrarían además, de manera pionera, a costa de quiénes se iba a construir gran parte del bienestar europeo. Por otro lado, las relaciones que narra la autora en Reforma o revolución entre crédito, sobreproducción, especulación y desaparición del mismo al comienzo de las crisis nos hacen comprobar una y otra vez si, de verdad, estamos ante un texto escrito en 1900.

De más calado político es el rechazo de Luxemburgo hacia lo que denomina “democracia burguesa”: los sindicatos aceptan la ley capitalista del salario, basada en una asignación injusta. Estas organizaciones obreras burocratizadas poco pueden hacer contra el uso capitalista del Ejercito Industrial de Reserva (EIR), es decir, de las personas en paro. Y es que la existencia del EIR también es indispensable para la economía capitalista: la funcionalidad del mismo para mantener los costes laborales bajos no merece mayor explicación en la España de 2012. Por tanto, para Luxemburgo, a lo máximo que aspiran los sindicatos del revisionismo es a “regular la explotación capitalista”, en una posición que sólo busca “defender lo conquistado”. De fondo resuenan sus críticas en Huelga de masas, partido y sindicato, escrito tras la revolución rusa de 1905, donde ya dibujaba unas elites socialdemócratas y sindicales aquejadas por los males de la burocracia.

Finalmente Luxemburgo rechaza el parlamentarismo burgués: esa no es la democracia a la que aspira el socialismo que ella propone. Las reglas del juego del Estado capitalista, infranqueables en su nivel jurídico-económico, exigen que la representación política lo sea en primer lugar de los grandes intereses económicos nacionales. Luxemburgo denuncia que cuando estos intereses están en peligro, los principales sacrificados siempre son las clases populares y las libertades democráticas.

El debate de 1900 contra el revisionismo fue el primer acto de una división que se tensaría apenas cinco años después —la pregunta incómoda entonces fue: ¿está el SPD dispuesto a seguir la revolución ahora que está en marcha?—, y que se haría finalmente dramática en el comienzo de la I Guerra Mundial. Luxemburgo sería encarcelada en 1915 por su radical postura antimilitarista; desde la cárcel denunciará, en el panfleto hoy conocido como La crisis de la socialdemocracia (1916), al SPD. Este ya había abrazado el revisionismo, sí, pero ahora trocaba impunemente internacionalismo por nacionalismo, lucha de clases por respaldo al estado de sitio, defensa de la paz entre los pueblos por un firme respaldo al militarismo imperial del káiser.

El último acto de este debate acabaría con el cadáver de Rosa flotando en un canal de Berlín. Era enero de 1919; atrás quedaban también millones de cuerpos en las trincheras. El Partido Comunista Alemán (KPD), recién formado por Luxemburgo y Karl Liebknecht a partir de la Liga Espartaco, se había unido a la revolución popular iniciada en noviembre de 1918. Al frente del gobierno alemán contrarrevolucionario se encontraba el líder socialdemócrata, Friedrich Ebert; y al mando de los freikorps que asesinaron a Rosa y a Liebknecht estaba otro líder socialdemócrata, Gustav Noske. A partir de entonces los caminos de la reforma y de la revolución en Europa se tornarían irreconciliables, si no antagónicos.

Hoy la socialdemocracia europea reconoce estar en crisis una vez más, paralizada en sus laberínticos debates internos. Sus dirigentes no saben cómo construirse de manera verídica como izquierda, y es que no pueden renunciar al núcleo duro del capitalismo y sus reformas. A lo máximo que se atreven es a apostar de manera general por el crecimiento económico capitalista. Carcomida por la burocracia y la jerarquía fraterna, los principales objetivos de sus organizaciones parecen reducirse a la esfera corporativa y electoral. De ahí su defensa de los grandes banqueros y capitales, así como su pensamiento exclusivamente nacional. Su silencio sobre la destrucción ecológica provocada por el capitalismo también resulta clamoroso. Ni siquiera se atreven a acabar, al menos en España, con una institución tan obsoleta como la monarquía. Quizá lo que no se han planteado quienes tratan de pensar la socialdemocracia es que su crisis de identidad viene de muy atrás, de ahí su gravedad.

La revolución, por su parte, también está inserta en una profunda crisis. Parece evidente que la esperanza revolucionaria, al menos entre quienes sufren paro y precariedad en Europa a comienzos del siglo veintiuno, no goza del mismo atractivo que cien años atrás despertaba entre la clase obrera. Pese a que fue una revolución la que repartió la tierra y dio pasos inéditos por la igualdad en parte de la España finalmente derrotada de 1937, aunque fueron revoluciones plenas de coraje cívico las que dieron al traste con los regímenes soviéticos en toda Europa, o con el imperialismo británico en la India, o con los apartheid norteamericano y sudafricano, a pesar del aplauso con el que se recibía recientemente a las revoluciones de la llamada Primavera árabe, la crisis de la idea de revolución es tal que ni siquiera es tomada en serio por gran parte de la población europea. Las razones son variadas, y no tenemos aquí el sitio de desgranarlas todas. Una ya la apuntaba Hannah Arendt: las liberaciones son relativamente sencillas; lo complicado es constituir la libertad, y ahí las grandes revoluciones fallaron estrepitosamente. Pesa así todavía la violencia desatada en 1789 y 1917, quizá las revoluciones modernas por excelencia en Europa. La imposición de las ideas propias, tenidas siempre por verdaderas en su pureza o cientificidad, poco a poco fue dejando sin espacios de libertad a los traidores, a los enemigos del pueblo o a los ignorantes sin conciencia de clase. Estas revoluciones, sin negar su rol crucial a la hora de fomentar ciertos derechos y libertades básicas, ahogaron finalmente sus grandes palabras bajo los intereses particulares de vanguardias y nomenklaturas varias. Como es sabido, la deriva revolucionaria llegaría a convertir en muchos casos a estas elites en organizaciones directamente criminales.

La obra de Rosa Luxemburgo introduce valiosos elementos que permiten salir del impasse en que hoy hallamos el concepto de revolución. No sólo es que sus propuestas permanecieron inéditas en su momento, sino que Luxemburgo fue prácticamente la primera en observar los trágicos errores de 1917. La revolución que defiende Luxemburgo surge espontáneamente desde abajo, sin elites que la manipulen, tal y como ella experimenta de 1903 a 1906 en el Este europeo. Es una vía, la que propone, que se reconoce plena de incertidumbres en su intento de unir democracia y socialismo, pues parte del compromiso de no dejar espacio para el terror ni la dictadura a la hora de constituir la libertad, de no teorizar sobre ninguna supuesta excepción. Tampoco le gusta el cuanto peor mejor de Lenin. De un modo audaz, la de Luxemburgo es una revolución dispuesta a enfrentarse al desafío irrenunciable de respetar en todo momento la libertad de los otros.

Ante una crisis económica de la magnitud que nos azota hoy, en 2012, quizá es momento de no malgastar más tiempo en el debate sobre la socialdemocracia y volver a discutir sobre la revolución. La socialdemocracia no nos sirve, pues es el anticuado capitalismo —sus intereses, el aparataje político que lo protege— lo que no nos sirve. La expansión del bienestar europeo que observara Bernstein cerrando el siglo diecinueve ha invertido su tendencia, al menos desde 1970, y desde entonces las desigualdades no hacen sino avanzar. Los motivos son variados: políticos, geoestratégicos, pero fundamentalmente económicos. Ante este hecho, quienes se identifican como socialdemócratas merecen un debate de mayor calado que el que les proponen sus elites políticas, culturales y mediáticas.

En España somos casi seis millones de personas sin trabajo, y los sueldos se desmoronan; la sanidad y la educación pública son invadidas por quienes buscan en ellas la ganancia privada; las jerarquías e injusticias impunes en los lugares de trabajo resultan cada vez más insoportables; se inyectan miles de millones de euros procedentes de dinero público a la banca para mantener un sistema irresponsable; y los desahucios hipotecarios, el fomento de la xenofobia, los indultos y amnistías a banqueros o defraudadores fiscales, la represión policial, empiezan a ser signos demasiado evidentes de que las elites están nerviosas.

Si queremos avanzar en el cambio pacífico y democrático, paulatino, de un sistema económico injusto hacia otro de mayor justicia, debemos introducir el debate sobre la revolución política en el siglo veintiuno; afrontando que el concepto de revolución viene de una larga y merecida crisis, sí, pero también releyendo a Rosa Luxemburgo cuando insiste en que socialismo y democracia están indisolublemente unidos. Desquitándonos también de la idolatría con que se aborda el fenómeno del capitalismo, hoy libre mercado, para permitirnos blasfemar y actuar sobre él, impidiendo las devastadoras consecuencias que ejerce sobre nuestras vidas. Nos jugamos mucho en que este debate sobre la revolución se abra paso en nuestra vida política, en nuestras relaciones laborales, y finalmente en la economía en su conjunto. En realidad depende solo de nosotros el que, poco a poco, se vaya plasmando de manera realista y creativa mediante acciones políticas concretas.

Todo lo que está suponiendo el 15M significa en este sentido -y no sólo en España- un paso de gigante en imaginación y audacia política.

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5 pensamientos en “Rosa en Sol

  1. Recordar el espíritu de Rosa Luxemburgo en estos tiempos que corren es de una vital importancia. La bandera de que no hay libertad sin justicia, ni justicia sin libertad, se unen a la cruel sentencia de que no hay socialismo sin democracia que lo haga vivir. Pero si bien Rosa acertó en sus críticas en su obra sbre la Revolución Rusa, la forma que tuvo de acabar aquel 15 de enero de 1919 a manos de las verdaderas traiciones de la socialdemocracia (y no las actuales, que son casi una broma al lado de éstas) destacan también sus errores. La falta de un partido fuerte y organizado, cuestión que su compañero de armas ruso Lenin había sabido también organizar (quizás tanto que hasta la propia maquinaria que él organizó se volvió en su contra y en el de la revolución). Rosa pagó por los errores del espontaneismo, lo que el pueblo ruso pagó por la rigidez férrea de una estructura de partido que se fundió con el Estado, y ambos pagaron por las traiciones de la socialdemocracia alemana a la revolución de 1918, que hubiera servido para sacar a la revolución rusa de la encrucijada en la que quedó, abandonada a su suerte en un país atrasado entre los muros de algo que jamas se podrá llamar socialismo. Quizás, por no extenderme más, la clave está en entender que las clases sociales no son compartimentos estancos, donde no hay pluralidad y diversidad de opiniones, quizás tendríamos que empezar a entender que puede haber diversos partidos y organizaciones, que integren diferentes ámbitos y culturas de una clase social. El movimiento 15M es más espíritu que movimiento, un espíritu que debe introducirse en todos y cada uno de los rincones de esta sociedad, partidos políticos, sindicatos, asociaciones de vecinos, universidades públicas, y un largo etcétera, para dar alas a los que no creen en este sistema senil.

    Un saludo Victor, espero que pronto puedas volver a tu casa, muchos estudiantes esperamos volver a tenerte dando clase, y a ver si es posible, vuelvas en un momento en el que una vez conseguida la liberación, estemos constituyendo la libertad, trabajando todos unidos.

    • ¡Gracias Diego!
      Comparto en cierto sentido tus dudas hacia el concepto de movimiento, en este caso aplicado al 15M. Recordemos el Movimiento Nacional franquista, surgido de la idea de movimiento perpetuo que aplicaban los partidos únicos del fascismo. Buscaban convertirse en el motor para la homogeneización y la movilización total. Carl Schmitt, teórico que llegó a militar en el partido Nazi, escribió sobre ello en Estado, movimiento y pueblo (1933): esta era la tríada que conseguiría la unidad política total. Por supuesto, el 15M está en las antípodas de todo ello; de ahí mi reparo al uso del concepto de movimiento, tan cargado aún para muchos de este significado.
      Esta idea la he tratado con más detalle en el siguiente artículo.
      En realidad, y para acabar, me parece algo muy cercano a lo que sucede con la palabra militancia, que tan magistralmente criticara George Santayana en la segunda parte de Dominaciones y Potestades (1951, KRK, Oviedo, 2010).

  2. Fantastico Victor!! A pesar de ser totalmente ignorante en el tema me he enterado de todo. Ahora faltaría explicarme el nuevo sistema economico, o las variaciones aplicables al existente. Un abrazo my friend!

    • Hola Gon, lo que planteas resulta básico, tienes razón: es una de las preguntas fundamentales que creo que hay que hacerse.
      Por un lado te diría, siguiendo de nuevo a Hannah Arendt (Sobre la revolución, 1963, Alianza, Madrid, 2004), que la revolución política hacia una democracia más auténtica es lo primero: es decir, repartir el poder de manera que sea entre todos, de manera real, como se decida hacia dónde seguir. Sería así, en el día a día, como se podría avanzar entre todos creando, pensando, dialogando y decidiendo políticas económicas alternativas.
      Esto no es obstáculo para que, en segundo lugar, se hayan planteado ya sobre el papel otras valiosas opciones a seguir. Estas se encuentran más allá del pensamiento único que nos insiste, una y otra vez, en que las medidas que se toman son las “necesarias”, o que no hay más modo de organizar la economía que el capitalismo.
      En la España actual resultan muy interesantes las iniciativas y publicaciones surgidas de las Jornadas bianuales de Economía Crítica, del Seminario Taifa en Barcelona, o de econoNuestra, por nombrar algunas. Las propuestas abiertas del Grupo de Trabajo en Economía de Acampada Sol-15M hechas el año pasado son también una buena muestra de por dónde se puede avanzar. Además, están los cursos que todavía sobreviven en los planes de estudio sobre otras formas de entender la economía. Por último, entre los libros recientes que han aparecido al respecto en nuestro país, me han parecido interesantes algunas propuestas de Navarro, Torres y Garzón en Hay alternativas, sobre medidas concretas de política económica que se podrían aplicar aquí y ahora.
      En mi opinión, lo interesante de Rosa Luxemburgo es que reconoce que abandonar el capitalismo es un camino difícil, plagado de incertidumbres, sí, pero también de coraje y esperanzas; y en él, ella no renuncia ni a la libertad ni a la democracia.
      Otro abrazo para ti, y muchas gracias por tu comentario.

  3. ¿No es la socialdemocracia una revolución pacífica? Si bien ésta trasformó de raíz el estado liberal decimonónico quizás su éxito inicial hizo que se olvidaran de que su objetivo era reformar un sistema injusto. Y quizás ese olvido haya provocado que los socialdemócratas hayan sido reformados por el sistema.
    No creo que debamos dar por muerta la vía socialdemocrática, pero si deberíamos redefinirla en términos más próximos a la revolución.

    Un artículo interesantísimo que sin duda hace reflexionar. Felicidades Víctor.

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